Tardes levantinas

Amo esas tardes de pueblo en las que el sol penetra por un balcón. Uno de esos balcones esquinales desde los que se observa la insignificante calle solitaria, soñolienta, ensimismada. Se diría que sube como una nube de polvo desde el asfalto achicharrado. Entre el clamor de las cigarras, no es difícil quedarse contemplando un momento esos pinos cadavéricos que se inclinan con el paso de los años o perseguir con la mirada a esos gorriones peregrinos que vuelan de sombra en sombra, mientras ensayan el canto de la tarde. Apoyado en la barandilla, casi puede percibirse lo que sucede tras la roja fachada de enfrente. Apolillados pueblerinos en camisa de tirantes que miran la televisión, mientras sus sudorosas señoras van de aquí para allá con la cesta de la ropa sucia, repitiendo su particular monólogo de ama de casa sola ante el peligro.

Los tejados son achatados, apenas hay chimeneas; yo creo que la infinita claridad ha barrido con todo lo que encontraba a su paso. De cuando en cuando, se ven gatos provincianos que aparecen y desaparecen detrás del contenedor de la basura o que corren a esconderse debajo de un coche. En el descampado, donde termina el pueblo, hierbas silvestres y objetos inservibles nos recuerdan la sencillez de nuestro entorno. Al otro lado, uno de esos bares que han sacado a la acera un par de mesas para que los ancianos jueguen al dominó. Adentro, por lo visto, todos miran la Fórmula 1. Se escuchan voces, comentarios, refranes que pronto se pierden en el silencio de la tarde, cuando cada cual se vuelve a su choza por el camino melancólico.

Siento la brisa del mar, el Mediterráneo, en mi cara. Es el ancestral recuerdo de las naves romanas, griegas y fenicias que atracaron por aquí. Esa brisa que sube atravesando las callejuelas solitarias, arrastrando el polvo, sacudiendo las banderas, sorprendiendo a los lugareños que acuden a la playa con la sombrilla en una mano y la toalla en la otra. Abajo, más allá de las casitas tristes, los hombres caminan bajo sus sombreros de paja por el paseo de la playa. La arena está enfurecida; el mar tiene un color azul oscuro; las palmeras atribuladas, que forman pequeños círculos en la arena, cobijan la conversación de reducidas familias. Los bañistas están sentados en la barandilla del paseo, sacudiéndose la arena de los pies. Chiringuitos por doquier, música que sale de las heladerías como una fragancia veraniega, gafas de sol y bikinis, bicicletas intempestivas, niños diminutos embadurnados de arena y azotados por sus enojadas madres. Las olas que rompen en las rocas; la línea del agua marina que se precipita debajo de aquellas nubes lejanas.

A este otro lado, las urbanizaciones de El Campello, que parecen haber emergido del mismísimo desierto. Sierras baldías por las que los pueblerinos sacan a pasear a sus perros. Baldosas, bordillos, máquinas de coca-cola y otros refrescos, el tranvía que llega desde Benidorm escupiendo a su parada otra remesa de turistas. Allá, lector, la soledad; montañas macilentas que se alzan hasta raspar las nubes monstruosas con el pico, una brisa entrañable y fría que acaso nace de los tragaluces del cielo. Junto a ellas, pasa la carretera infinita transportando descapotables y utilitarios.

De nuevo, la brisa marina. En la obertura de esta alcoba pueblerina, una perrita negra toma el sol. Dos canarios pasan la tarde en su jaula, cantando. Adentro, el calor veraniego, la cama estrecha de las siestas vespertinas, la luz que levanta el polvo y hace brillar los muebles de madera. Fuera se aprecia todavía la soledad de una calle por la que, de cuando en cuando, atraviesa algún vecino camino de la playa. En el cuchitril, silencio. Contemplamos respetuosamente un cuadro español mientras se nos cierran los ojos. Oigo hasta que me duermo el murmullo incesante de las cigarras.
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