La ciudad del cielo

En todos nuestros sueños brilla de cuando en cuando una ciudad que sube hasta el cielo. Para llegar a ella, antes ha de subir infinitas escaleras, coronar montes intempestivos, sortear aquí y allá los reptiles y amigos de la infancia que se cruzan a su paso. Entre las ruinas del camino, se escuchan sigilosos moribundos que caminan por detrás de las columnas haciéndose preguntas, mientras nosotros seguimos la senda de la estrella blanca hasta el lago de los amores imposibles. Allí, entre los espejos jubilosos de las aguas, brilla un fuego que sólo unas cuantas veces al año se ha despertado. Cuando sale, los poetas que duermen junto a las aguas, ya sea entre las malezas tristes o con la cabeza apoyada en un tronco seco, se ponen de pie para contemplarlo. En sus fauces, reviven cada uno los recuerdos monstruosos que les llevaron a escribir su vida en pequeñas hojas de papel. Al fenecer, sólo un momento, la ciudad dormida de las gigantescas columnas y los templos en tres dimensiones aparece allá en lo alto, entre las nubes inalcanzables.
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