Sarcasmo y fanfarria

Conforme todo avanza, todo se vuelve más complejo. Y así, lo que antes era un espiral sugerente y graciosa, acaba convirtiéndose en un pozo del que ya no se sale. Las caras se confunden, los deseos se entremezclan unos con otros y el hombre va dando izquierdazos a diestro y siniestro mientras se tambalea y escucha ruidos a su alrededor. Touché. Al cabo de un rato, en la cima de su letargo, lo que encuentra a su alrededor es un mundo divertido de formas inverosímiles. Él lo sabe. Se ha puesto la máscara del desánimo, y ha empezado a reírse de sí mismo, en una solemne escena tragicómica. «Respira, maldito tunante», dice una voz, y ya no pasa nada y todo acaba olvidándose. Ya no recalcas las frases, ni pisas fuerte sobre la tierra, y empiezas a hacer comentarios chistosos o a bailar claqué. Sucede otra vez: Diógenes de Sinope ante el gran Alejandro. «Quítese usted de en medio, señor como se llame», o como lo dijera. La cosa se ha vuelto terrible y no hay salida: salvo jugar. Pero ese devenir patético, esa senda fácil hacia la degradación se antoja miserable, inhumana y más propia de los salvajes que de las gentes de bien. La razón impera, la pregunta permanece y la respuesta se hace indispensable. Ríase usted de todo esto si quiere, pero que sea al fin una pose artística, para que si vienen a usted a buscarlo lo encuentren en una postura ingeniosa y usted y su espectador puedan echar unas carcajadas.

La base del sarcasmo ha sido siempre, como es sabido, la tristeza. Ser inteligente consiste tan sólo en echarse a un lado mientras los otros, ingenuos, mascullan sus argumentos hasta desgastarse los dientes, escuchan al otro hacer comentarios y ensayar juegos de palabras, emponzoñándolo todo, sacándolo todo de quicio. A veces, ese triste irónico se vuelve un personaje admirable y hace gala de su histrionismo y ocurrencias en los salones del mundo y la gente lo aplaude por lo que tiene de trágico y de ridículo y porque, en el fondo, nos gusta reírnos de nosotros mismos. Cierto es que la tristeza, si a veces tonifica, acaba volviéndose delirante y letal para quien, en su seno interno, todavía conserva ese infantil y trágico deseo de vivir. Gajes del gran teatro del mundo. Podemos reírnos de todo durante algún tiempo. Podemos incluso reírnos siempre de algo. Pero no podemos reírnos siempre de todo.

Hay quien no sabe reírse de las cosas. Cuando intenta reírse de alguien, su ironía acaba tornándose una vulgar manifestación de su extravagancia, y después de abrir su enorme y poderosa boca con predisposición de decir algo muy grandioso y supremo acaba al fin revelándose dueño de una risotada neófita, en pantalones cortos, colérica, neurótica. No, no son bromas, ni burla, ni escarnio; son, como los chistes verdes, bromas verdes, burlas verdes, ¡escarnio verde! Intenta imitar aquello que abomina y, en su incursión sarcástica, recurso en el que además no anda muy fuerte, acaba descubriendo sus vergüenzas; incluso para hacer mofa del otro antes hay que ponerse en su lugar. El resultado no es hiriente sarcasmo intelectual, sino la patética interpretación de un mal payaso, una singular patada en el estómago al buen gusto; uno de esos guiñoles baladíes que en su ramplonería intentan pasar por graciosos.

Sólo la melancolía, hija de la tragedia, se transforma en cómic y caricatura canalla. Lo demás son bagatelas, dibujos enfermizos trazados por una mano impulsiva que siempre escribe lo que piensa, pero nunca piensa lo que escribe. Son bravatas, sentimientos putrefactos, reflejo de una ofuscación barroca que nos gustaría fuese al menos esperpéntica. Prosa y prosa y siempre prosa. Y prosa patibularia. Lo que hay dentro del hombre, a la postre. Nada elevado, nada que valga la pena, nada que sea digno de elogio aunque no se esté de acuerdo. Mediocridad.

Las plumas satíricas, al menos, hacen gracia cuando su tristeza, injustificada, viciosa, es pura pose. Eso -y más cosas- es el periodismo: gente con alma diciendo lo que ha visto y que, por las legítimas dudas, además te aclara las circunstancias. Si no, la verdad, tantas veces manoseada y baboseada por los mismos señorones de corsé, acaba tornándose de nuevo ese tedioso estereotipo conservado desde hace siglos en naftalina. Palabras, palabras, palabras. Palabras y más palabras. Hay gente que ha nacido para escribir editoriales; hay gente que sabe hacer noticias; hay gente que hace grandes reportajes o crónicas despampanantes; hay columnistas que denotan prudencia y clase; hay expertos que conocen detalladamente los entresijos de su tema. Y, por último, no nos engañemos, hay quien, esclavo de sus circunspectos ideales, convierte su estilo en una soflama panfletaria y manipuladora, eterna manifestación de una constante insuficiencia espiritual.

Un hombre que no se ríe de sí mismo es un hombre muerto. Y los hombres muertos mienten, lector. Mienten como bellacos.
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