¡Tronad!

Ya podéis tronar, cielos imposibles. Y vosotras, poderosas nubes, desatad de una vez vuestras lágrimas. Y abrid las compuertas de vuestro arcano pecho, y que sintamos en nuestras mejillas el aire frío que asciende de la oscura caverna donde duermen, en alguna parte, los pensamientos del hombre. ¡Silencio, señores! ¡Apagad los cigarrillos! ¡Que cese la charla! Y escuchad esos poderosos golpes, esos estallidos de sangre, esas espadas transparentes del alma que parece que salen y se esconden, esos alaridos de fiera enfurecida que se despierta, que camina, que mira de frente. ¿Lo escucháis?
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