¡Ya soy licenciado!

Se acumulan los acontecimientos, lector. Que sepa usted que un servidor ya es licenciado, lo que quiere decir que puede ir por ahí alquilando a unos y a otros su ilustre pluma, que por ahora descansa afilada en su adminículo dispuesta a dejar constancia de contadas pero poderosas verdades. Son tiempos estos algo antipáticos, ya que salgo con mi título y ando por unas calles que parece que se derrumban a mi paso, si no literalmente, sí al menos de un modo más o menos espiritual. Señoras y señores, estas son las noticias: España está en crisis. La prensa de papel está en crisis. La humanidad está en crisis. Yo estoy en crisis. Usted está en crisis. Todos (casi todos) estamos en crisis. No es para menos. En este inmarcesible caos, sin embargo, la vida sigue facilitándonos un continuo e irreversible cambio. Fuimos nosotros, los blogueros, los culpables de esa sutil transformación de tendencias en las costumbres del grueso de la opinión pública, allá por el año 2004 o 2005. No La Gacetilla, que es cosa inocente y nació de forma medio guasona, casi traspapelada entre los otros muchos panfletos que se publicaban. Me refiero más bien a los blogs de esos gurúes de lo digital que tanto han aportado a la historia de la humanidad con sus vídeos, sus anécdotas, sus hiperenlaces y demás ciberobsesiones tecnológicas. Ahora, que nosotros nos creíamos los reyes del Mambo, sale ese señor Zuckerberg con su despampanante cuadernillo de intimidades y se hace el puñetero amo, el rey de la selva, y casi sin querer empieza a enlazarlo todo, a archivarlo todo y a publicarlo todo llevando la globalización a su expresión más sublime y perfecta: millones de caras con sus nombres e información sobre sus vidas unidas entre sí y a la vista de todo quisqui. Luego, claro está, lo que empieza de modo tan explosivo acaba convirtiéndose en divertida tendencia, en cambios de actitudes; ya hay quien dice, que el pez gordo Facebook se comerá a los pececillos flacos de la blogosfera, o dicho sea en cristiano, que las octavillas y los telegramas sustituirán la loable labor del apolillado periodismo amateur. Nadie se cree semejante barbaridad, pero es tan divertido imaginarlo que no nos lo perderíamos; la misma rivalidad de siempre, aunque esta vez los peces nadan en la misma pecera.

Lo único que sucede es que nos hemos dado cuenta de que mantener un espacio propio es una misión laboriosa para quien simplemente desea contarle su opinión a sus amigotes de forma rápida, sin compromisos ni ataduras. El vicio de la tertulia o el mentidero internetero, unido además al morbo de hablar de nuestra vida personal, acaba desarticulando la formalidad de querer convertirlo todo en publicación seria, en artículos de fondo llenos de argumentaciones, antecedentes, palabrería. En el fondo, no hemos descubierto nada nuevo: a la gran mayoría de la gente, desde mucho antes de las sociedades industriales, le gusta hablar y que todos sus conocidos se enteren de lo que acaba de enterarse. En nuestro país, para colmo, hay una larga tradición de porteras y correveidiles. Eso, claro está, no es periodismo, sino la natural tendencia del público a las hablillas y al comadreo, sólo que ahora hemos aprendido, casi de forma inconsciente, un comportamiento más o menos periodístico, plagado no obstante de errores mucho más sonoros y abultados. Gracias a Google, el que más y el que menos sabe que nuestras afirmaciones no valen nada sin un enlace que las corrobore, una fuente periodística, aunque el enlace conduzca al mismísimo maletín de la señorita Pepis.

Hay en el periodismo cierta tendencia a pensar que sólo la profesión periodística está comprometida con la verdad y con la ética, excluyendo todos los demás oficios que no sean de la gente común, sometidas siempre a intereses de clase. No que las empresas periodísticas no estén prisioneras de esos mismos intereses, sino que el periodista individual es una suerte de héroe solitario que se enfrenta a todos los poderes fácticos del universo con la sola fuerza de la palabra escrita y su capacidad para meter las narices en donde no le importa. El periodista viene a ser algo así como un caballero jeddy luchando contra el Emperador, cuyos servidores, los que una vez fueron atraídos por el reverso tenebroso de la fuerza –la política– son los empleados de los gabinetes de prensa. Aunque pueda parecernos una idea divertida, esta visión idílica no está tan lejos de la verdad. Salvo en el aspecto de que el periodista sea, por lo general, un ser profundamente ético y humano, ajeno a todo tipo de intereses y como si dijéramos una especie de don Quijote que va por ahí y por allá desfaciendo entuertos. El hombre, incluso cuando se adscribe al noble oficio del periodismo, sigue estando sujeto a las tentaciones humanas de todas las profesiones y puede llegar a convertirse, sin más, en otro engranaje del sistema o un mero fantoche del poder que no hace sino ofrecerle a la opinión pública una ilusión de verdad. Y ya que hablamos de esencialismos, estar contra el sistema tampoco es garantía de ser un buen periodista, al menos en el buen sentido del término.

En este mundillo de la información, se aprende enseguida a poner una pose; no está bien oponerse a todo, pues parece que uno sólo sea un cascarrabias, un aguafiestas, alguien que se opone por definición a los cambios; así, claro está, se consigue lo que se quiere. Mire usted: díganos alguna vez que tenemos razón y que todo es muy bonito, aunque en el fondo no esté de acuerdo y todo lo hagamos mal, para que parezca usted un hombre íntegro y no le colguemos el sambenito de desleal. Que arrime el hombro, puñetas. Una trampa dialéctica que a menudo los medios acaban aceptando y, gracias a la cual, gozamos de tanto desprestigio, particularmente entre los periodistas que consideran internet el último reducto de la libertad. Permítanme que un humilde servidor les dé la razón en esto, si bien la prensa tradicional, eje natural del periodismo, sigue siendo la más poderosa y por tanto la que en verdad tiene más influencia en las altas esferas, aunque cada vez sea menos leída.

Lector, le decía que se acumulan los acontecimientos. Hace algún tiempo le comenté que había hecho un viaje relámpago a Madrid y aún me queda pendiente explicarle en qué quedará mi situación; no me olvido. Por el momento, sin embargo, le anuncio que acabo de hacer una maleta y los próximos días los pasaré en Münich y sus alrededores, donde pienso descansar ligeramente y hacer alguna que otra escapada por sus bávaras tierras. Es cosa de la vida, lector, pasar algún tiempo correteando por el extranjero hasta que la cabeza se despeje. Llevaré como siempre mi Moleskine en el bolsillo.
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