Esto es Madrid

Llega un momento en la vida de todo escritor en que ha de abrir una maleta sobre la cama, llenarla con su ropa de invierno, ponerse el abrigo verde gris y dirigirse a su familia con semblante circunspecto: “tengo que irme”. Yo lo hice hace algunas semanas, pues como todo señor que se precie tenía una misión que cumplir, amén de que la atmósfera alicantina y su inefable invariabilidad empezaban a cansarme. Demasiados recuerdos; demasiada miseria. Lo tenía todo pensado y calculado desde tiempo atrás, y es cosa de tener mucha mano izquierda y algo de estrella saber irse por la puerta grande, con una pizca de teatralidad e incluso cierto soplo de tragedia. ¡Adiós, adiós! El cuerpo humano es el último en dar el gran paso, y a veces debe uno inducirse, constreñirse, maltratarse si es preciso hasta que se muevan los pesarosos pies, tan habituados al sedentarismo de nuestra malograda especie.
El día estaba señalado en el calendario: domingo, 24 de septiembre. Un sol asquerosamente tardío, un extraño color pajizo en el ambiente provinciano; adioses en las miradas, en los edificios, en los árboles, en las hojas que comenzaban a caerse a mi paso por Óscar Esplá. El tren de las once menos cuarto me dejaría puntualmente en Atocha a la hora de la comida; un taxi me llevaría a la casa donde yo vivo. Durante el viaje, sentado junto a la ventanilla, vi pasar las imágenes de España a mi derecha mientras escuchaba tonadillas andaluzas y flamencas; nunca pensé que, en lugar de acompañarme ese grato sentimiento de melancolía que siempre me invade cuando atravieso los campos manchegos con sus molinillos aberrantes, habría de sentir tal sensación heroica de liberación: “¡por fin!”. Sensaciones... ¿a quién diablos le importan? Dirán que soy malo, muy malo, un hombre terrible y desagradecido y casi metálico aunque tímido y silencioso. Ni una palabra de recuerdo para sus amigos, ni el menor atisbo de apego por la patria chica; ninguna pena, Señor, por alejarse de su amante familia. Imperturbable el pillín en su lectura del viejo Hemingway. Mirada serena; corazón, como casi siempre, bombeando mucho más rápido que los acontecimientos. Qué quieren que les diga. El coraje de vencer el tedio supera a veces hasta las más hondas raíces del cariño.
Lector, esto es Madrid. No sé como un periodista provinciano como yo puede describirlo sin que los madrileños se enfaden, digan que esto no es así, que ellos no sienten ni patata cuando miran la puerta de Alcalá, (¿sabes?), que aquí se ha equivocado de línea de metro (joven), etcétera, etcétera. Gente, mucha gente, y coches por doquier, rugiendo suspicaces todos a la vez. Mapas en las esquinas, bocas de metro, pordioseros vendiendo periódicos, perros, gatos, ardillas en los parques (¡parques!), semáforos que suenan como pajaritos, niñitas pijas que entran y salen de las tiendas de fama y pedigrí. Grandiosa escena. Veamos que hay, pues, en las profundidades. El metro de Madrid es un hormiguero, una galería más o menos laberíntica en la que diminutos hommo sapiens de muy distintos atuendos bajan por infinitas escaleras mecánicas hasta los andenes infernales, donde un gusano escandaloso y oblongo pasa como cada cinco minutos engullendo y defecando transeúntes por sus agujeros impúdicos. ¡Pin, pin, pin, pin! Aquí me bajo.
Llevo como unas semanas por aquí reconociendo el terreno, husmeando sigiloso en las librerías, echando el ojo en los rincones, preguntando, pensando, paseando, conociendo gente, entrometiéndome, en suma, en la vida de los madrileños, que se preguntan -y si no se lo preguntan es porque no tienen tiempo- de dónde diablos ha salido este sujeto. Sujeto, al fin, que hace su entrada en el teatro mundo, y por más sujeto que sea se confundiría rápidamente con esa masa anónima, impersonal, que constituyen esos tres millones de individuos particulares y de la que tanto han hablado nuestros contemporáneos. Au diable! El hombre, entre la masa, inmerso en su colmena, es libre, desesperadamente libre. Acá el Retiro, allá Cibeles, por allí Gran Vía, por allá la Mayor, por acá, entre las sombras tenebrosas de la carrera de San Jerónimo, el Congreso de los Diputados y sus silenciosos leones. El Prado, su Museo y la iglesia de San Jerónimo el Real están por ahí; Recoletos, donde los libros, a ese lado; más allá, el imponente Colón y el edificio de la Mutua; después, la Castellana, esa cosa vasta y atestada de semáforos que uno nunca termina de cruzar de un lado a otro. McDonalds, Rodilla, Vips, Pan’s & Companys, más Vips, Starbucks (¡Starbucks!), la luna indecorosa sobre el Madrid de los Austrias, edificios, árboles parlanchines que han visto y oído muchas cosas; ese fantasma pensativo y oscuro que deambula entre el gentío, aparece y desaparece, pasa y se va, brilla un momento y se sumerge de nuevo en la penumbra. Va mirando.
Lector, esto es sólo un ripio, una primera impresión de un cúmulo de primeras experiencias. Pero es a partir de hoy el lugar de referencia de La Gacetilla Literaria, que hasta ahora tuvo su inspiración y asiento en mi Alicante natal. Empezamos nueva época en este periódico; tomen nota los señores académicos y doctorandos cuando tracen sus demarcaciones biográfico-literarias. Mudado el que suscribe, y como La Gacetilla siempre va donde voy yo, entiendo que ésta ha de subir necesariamente de categoría, si es que admitimos que Madrid, amén de ser el escenario por excelencia y contingencia donde ocurren la mayor parte de las peripecias vitales de España, es una ciudad con mayor historia y lance. Sé que nunca me lo perdonarán. ¡Bonita está España con tanta movilidad interprovincial!
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1 comentarios:

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22:40 ×

Madrid, siempre Madrid, quizá no tenga un símbolo que la represente, que la haga única como el Skyline de Nueva York o la torre Eiffel de París, pero toda ella es un monumento, un crisol. Quizá su destino no es "epatar" sino perdurar.

Yo también soy "de provincias"

Un saludo paisano

Congrats bro Jose - chocolate you got PERTAMAX...! hehehehe...
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