Tengo una bomba

Cuando abrí los ojos, tenía una bomba de relojería entre las manos. Aunque su forma era la de esas redondas y negras con una pequeña mecha de las que salen en los cómics, extrañamente tenía un temporizador. Una luz roja parpadeaba en la parte superior y un leve zumbido me indicaba que aquel artefacto de un momento a otro acabaría estallándome en la cara. De pronto comprendí que me encontraba en una entidad bancaria y que la gente, ajena al juguete que sujetaban mis desafortunados dedos, hacía cola en la ventanilla de ingresos como si tal cosa y mañana fuesen a encontrarse otra vez allí sus ahorros, merced a la magia del sistema fiduiciario. Dos viejos barrigudos, al final de la cola, hablaban del tiempo, la vejez y el número que les había tocado; delante, una señora mayor, agarrada a su bastón, esperaba impaciente su turno; delante, una mujer joven, sudamericana, discutía con la contable, mientras al otro lado, donde el mostrador, un señor de corbata conversaba con un joven matrimonio de apariencia optimista. Cuando vi todo aquello, enseguida entendí que debía deshacerme de aquella bomba. ¿Pero dónde depositarla? Me moví desesperado de un lado a otro, con aquel explosivo negro entre las manos, sin saber dónde ponerlo. ¿En el asiento? ¡No! Señores, señores, por favor, tengo-una-bomba-y-va-a-ex-plo-tar. ¡Tienen que marcharse de aquí! Sudoroso, con el rostro desencajado, me paseé por la sucursal como un estúpido camarero que se estuviera quemando los dedos. Con todo, la gente me observaba, curiosa, cuchicheaba, y sólo el señor de corbata, que se había fijado en que escandalizaba, se había puesto de pie con cara de pocos amigos y había dicho al matrimonio que aguardase.
-¿Quiere hacer el favor de callarse, caballero? Este no es lugar para juegos.
-Señor, señor, debe hacer desalojar la sucursal ahora mismo. Esto que tengo en mis manos es una bomba y puede estallar al menor golpecito. ¿Lo ve? Quedan sólo tres minutos.
-¿Una bomba?
-¡Una bomba, señor, como lo oye, de las que explotan! ¡No perdamos más tiempo con sandeces!
-¿Ah, sí? ¿Y qué diablos quiere, volar la banca, hacer saltar por los aires todos los ahorros de miles de personas? ¡Dígame, dígame!
-No, si yo no quiero nada. No le pido nada, no he venido aquí a robar. Uno es honrado, y leal, y patriota, faltaría más. Óigame, mande desalojar el banco, ¿vale? Creo que esto está a punto de estallar.
-¿Eh? ¿Que no ha venido usted a robar? ¿Le importaría usted explicarme qué hace entonces con una bomba entre las manos?
-Pues eso mismo quisiera saber. Verá usted, yo he abierto los ojos y aquí estaba, con esta bomba entre las manos. No me pregunte cómo ni por qué. En fin, ahora no hay tiempo para eso. ¡Tenemos que irnos de aquí!
-¿Quiere decir que ha aparecido por aquí por arte de magia, precisamente aquí, y usted espera que me lo crea?
-Señor, no hay tiempo para explicaciones. Sólo quedan dos minutos y la bomba va a estallar. ¡Mande desalojar el banco!
-¿Desalojar el banco? ¡Eso nunca!
-¡Señores, señores, por favor, tengo una bomba entre las manos! ¡Hagan el favor de salir!
Y los dos viejos ni se inmutaron, dijeron entre dientes que yo estaba loco, y la señora sudamericana miró hacia atrás estupefacta y siguió hablando con la contable, y la mujer del bastón se quedó observando el reloj como si llevara prisa. Y yo me acerqué a todos ellos, uno por uno, estirándoles del abrigo, obligándoles a moverse a empujones, pero ninguno me hacía caso. La señora mayor empezó a llorar, los viejos se sulfuraron y me trataron de chiflado, y el gerente de la sucursal corrió detrás de mí intentando arrebatarme la bomba.
-¡Óigame! Usted no tiene derecho a armar ese jaleo aquí. Haga el favor de salir. ¡Si no sale cuanto antes, llamaré a la policía! ¡Vuelva usted aquí y traiga esa maldita bomba!
-¡No, no se la doy, es mía! –dije de pronto, encariñado con aquella pelotita de color negro que amenazaba con quitarnos a todos la vida- ¡Deben salir todos cuanto antes! ¡Un minuto y medio!
Y me subí por encima del mostrador, con la bomba escondida dentro de la chaqueta, haciéndome parecer un poco más gordo. Todos se quedaron inmóviles y observándome, como si fuera un temerario acróbata, y el señor de la corbata, descompuesto y nervioso, me tiraba de los camales de los pantalones gritándome que bajara y diciéndome que le diera esa maldita bomba.
-¡Florentina, llame usted a la policía! –gritó de pronto el señor de corbata- Dígale que tenemos aquí un loco que tiene una bomba.
-¡La bomba va a estallar! ¡Morirán ustedes! ¡Morirá la policía si viene! ¡Moriremos todos! ¡Estallará la banca! ¡La bolsa se vendrá abajo! ¡Viva, viva! ¡Un minuto, un minuto!
-¡Florentina!
-Cincuenta y nueve segundos.
-¡Señores, salgan enseguida!
-¡Cincuenta y ocho! ¡Mi bomba! ¡Mi bomba!
-¡Deme esa maldita bomba!
-¡Jamás!
-¡Démela!
-¡Tendrá usted que subir aquí a quitármela!
-¿Dé donde diablos sacó esa bomba, loco? ¿Cómo entró usted aquí?
-¡Jajajá! Yo nunca entré aquí, señor, abrí los ojos y tenía esta bomba entre las manos. ¡Eso es todo! ¿No es algo estúpido?
-¡Deberá entregármela o se morirá!
-¡Moriremos todos, señor de corbata! ¡Y hundiremos el país!
-No se hundirá la economía porque explote una sucursal. ¡Deme esa dichosa bomba, por Dios!
-¿Entonces qué le importa? ¡Cuarenta segundos!
-¡Señor, está usted loco!
-¡Ustedes son los que están locos! ¿Quién les mandaba aparecer aquí cuando yo abrí los ojos? ¡Yo no elegí morir de esta forma! Dios mío, ¿por qué, por qué yo, por qué tengo esta bomba entre las manos?
-¡Ni nosotros tenemos culpa de que esté usted aquí, deme esa maldita bomba de una vez!
-Ummm... ¿y qué hará usted con ella?
-¡Desactivarla!
-¡No, no la desactivará, usted no sabe desactivar bombas!
-¡Por supuesto que sí sé!
-¡Veinte segundos, veinte segundos! ¡Y yo habré desaparecido, y todos ustedes! ¡Y nos despertaremos en otra parte, y tendremos otra bomba entre las manos, mucho más grande y persuasiva!
-Señores, les ruego que salgan todos de aquí. Este tío está como una cabra. ¡La bomba va a estallar!
Y los dos ancianos, a regañadientes, y la señora con el bastón, y la mujer sudamericana, indignada, y la contable, muerta de miedo,, y el matrimonio, sorprendido, y el señor de la corbata, desencajado, salieron educadamente por la puerta, mientras yo allí, arrodillado sobre el mostrador, abrazaba la bomba que había de quitarme la vida. Se hizo un silencio casi sepulcral. Ya sólo sonaba el zumbido imperturbable de la bomba. Mi corazón latía muy fuerte. Yo tenía los ojos cerrados. Y sentía sobre mi pecho las vibraciones de aquel artilugio que de pronto esparciría mis miembros por la sucursal. Abrí los ojos. Diez segundos. Nueve. Ocho. Debí haber tirado la bomba por el retrete. Siete. Seis segundos. Cinco. La vida es triste. Cuatro. La vida se pasa. Tres. Yo no sé por qué tengo una bomba entre las manos. Dos. “¡Socorro!”, grité. Y arrojé la bomba, que como una pelota de bolos rodó en línea recta hasta los pies del policía que acababa de entrar, y permanecí allí inmóvil, cuerpo a tierra, con la cabeza escondida entre las manos, como si tratara de resguardarme de un bombardeo. Silencio. El zumbido ya no se escuchaba. El sistema bancario había sobrevivido a aquel envite. El policía me observó con rostro serio, jesuítico. En aquel absurdo instante, sumido en el más estruendoso silencio y rodeado de aquella atmósfera administrativo-numérica, me pareció que valía la pena vivir la vida.
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