Un viaje a Munich

Llegué al aeropuerto de Memmingen-Algäu el martes 20 de septiembre en el vuelo FR 2408 de Ryanair procedente de Alicante. El viaje fue corto, previsible, casi perfecto, con la salvedad de que antes de subir al avión hube de someterme, casi como de costumbre, al cacheo insidioso de los guardias de seguridad en la puerta de embarque al salir desde El Altet. Iba sólo con una maleta, que llevé en el portaequipajes del aeroplano, y como aquella noche apenas había dormido, apenas me hice con un asiento, entorné los ojos paulatinamente mientras las azafatas (y azafatos) de Ryanair se esforzaban en mantener a los niños quietos, vender colonias a los padres, ejemplares del As a los solteros y no sé qué otras golosinas y ñoñerías, supongo que con la intención de hacernos más agradable el viaje. Pobres diablos. Yo, en cambio, aquí, en la ventana, dormía. Apenas alcancé a ver, a través de algunos claros, los brillos puntiagudos que salpican el Mediterráneo, y un poco más adelante, entre cabezada y cabezada, los picos de los Alpes que asomaban por algunos claros en medio de duras turbulencias. Cuando el avión aterrizó, me puse el abrigo gris-verde en vista de un ligero cambio de temperatura y la nubosidad que cobijaba aquel paraje verde en tierras alemanas. Tomé el autobús que conduce a los viajeros hasta la mismísima Hauptbahnhoff de Munich y llegué una hora más tarde envuelto en una nube de somnolencia, atisbando de vez en vez por la ventana el infinito verdor que casi engulle sus modernas carreteras.

No traía pretensiones muy ambiciosas para este viaje, salvo vagar solitariamente por las calles de Münich, que es una ciudad de edificios nuevos y como tantas otras bombardeada durante la II Guerra Mundial. Sí que me atraía, sin embargo, adentrarme en los alrededores del Bayern, de una belleza paisajística incomparable, y conocer de cerca algunos de los lugares más señalados como el castillo de Neuschwanstein, una fortaleza medieval con aspecto de cuento y construida en mitad de los Alpes. En esta edificación, según dicen, se inspiró Disney para imaginar el castillo de sus parques y figura como logotipo de la empresa. Tras la vista del castillo, que casi es más bella por fuera que por dentro, es fácil entender que este espejo romántico posea cierto aroma infantil y que, a pesar de su fama, haya ido convirtiéndose en un reclamo turístico más, ideal acaso para quinceañeras y demás gente pija, si bien no fuera esa la intención original de su creador y además habitante en épocas de retiro, Luis II de Baviera, el rey loco. Debemos esta magnífica construcción a sus exquisitas manías, pero quizás para el visitante común quede un poco olvidada esa obsesión suya por el cisne, su venerado Wagner, Sigfrido y la mitología alemana, que le conducirían a llenar su mansión de frescos y decoraciones. Lo realmente asombroso, sin embargo, es el lago Alpsee, que se abre al pie de la cuesta que conduce al castillo. Allí, en la paz casi enfermiza de aquellas aguas, pasean algunos cisnes curiosos, solitarios viajeros emprenden el sendero de las montañas alpinas, y algunos pocos, fascinados por la calma del lago mientras atardece, nos sentamos en un tronco quemado en una cala oculta a escuchar, mudos, el silencio.
Tras la obligada visita a Neuschwanstein, al día siguiente fui a Salzburgo, que queda en Austria, como a dos horas de Munich, y cuando al día siguiente tomé el Regional Express para ir allí una vez más pude apreciar cómo la belleza del paisaje, aquellos montes bucólicos por los que brincaba Julie Andrews en Sonrisas y lágrimas (horrorosa película), superaban con creces a los infinitos reclamos turísticos que bajo la etiqueta de Mozart, nacido allí, avasallan al turista ingenuo. Vale la pena la subida y la visita del llamado HohenSalzburg, que permite una panorámica privilegiada de los tejados verde marino de la catedral y del río Salzach, y si es posible, subir hasta la torre del castillo para disfrutar de una agradable vista de las montañas que rodean esta pequeña ciudad de 150.000 habitantes.


El último día de viaje, como deseando poner la guinda a tanta frivolidad turística, quise visitar ese lugar deprimente del que todo el mundo dice que hay que evitar. A mí, en cambio, me pareció lo más instructivo del viaje: se trata del campo de concentración de Dachau. Un lugar inhóspito y desagradable, en el que puede hallarse un par de barracones reconstruidos, con sus literas triples de madera y sus váteres colectivos, algunos templos religiosos en memoria de los muertos, el cuartel de los oficiales y, sin duda lo más terrible, cruzando un pequeño puente en el extremo norte del campo, los hornos y la cámara de gas. En la puerta del campo, casi a la entrada, una inscripción describe el lema que regía aquellos contornos y que en otro contexto y otro sentido podría considerarse acertado: Arbeit macht frei (el trabajo te hace libre). El lugar, convertido en memorial y museo, constituye un símbolo histórico de enorme interés sobre lo que hace poco más de sesenta años seguía sucediendo allí: la consideración de los extraños como seres infrahumanos, como una masa de semihombres, idea fruto de la cual se les sometió a las más crueles y barrocas torturas. Asumido ese sistema de ideas infame, el uso de la tecnología para acelerar el crimen era sólo una cuestión de orden práctico, económico incluso. Utilizado como campo de trabajo y al mismo tiempo centro de “experimentación” médica, se sabe que hubo unos 30.000 muertos entre 1940 y 1945, aunque como el campo llevaba funcionando desde 1933 se desconoce la cifra exacta de las víctimas. Obra del eficacísimo Theodor Eicke, su organización y sus métodos se utilizaron ulteriormente en la creación y diseño de los demás campos. Hasta la caída del nazismo, se estima que llegaron a pasar por allí hasta 200.000 prisioneros. En el campo de Dachau, sin duda, queda un notable testimonio de ello, un repaso histórico en el que los alemanes, conscientes de su pasado, nos enseñan hasta dónde puede llegar la depravación humana y cuantas vidas ha costado la falta de un sistema garantista.


Fuera de ese pequeño y horripilante rincón de Baviera, el viaje de vuelta transcurrió apacible y pensativo, y aunque me pasé mucho tiempo inmerso en los transportes recorriendo distancias, reconozco que me fascinó aquella tierra centroeuropea, moderna y boyante, tan lejana a nuestras costumbres, en la que los alemanes (y las alemanas) lucían orgullosos sus trajes de tiroleses imbuidos en plena Oktoberfest (la Oktoberfest auténtica), de la que por cierto pasé olímpicamente. Con todo, Munich es un lugar de esos a los que hay que acostumbrarse poco a poco, donde uno suele empezar echándose a las calles para mirar a la gente, luego se para a escucharles hablar su legendario idioma, y al fin acaba deseando, siquiera por unos momentos, quedarse a vivir allí por una temporada. Llámenme antipatriota si quieren. Confieso que siempre me invade la misma sensación cuando regreso a España. No sabría cómo describirla. ¡Ah!
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