El descuartizador de relojes

Conozco a un señor muy curioso cuya manía es asesinar relojes. Los aplasta, los descuartiza, los lanza por la ventana, los pisotea, juega con ellos al fútbol, les arranca de cuajo las agujas mientras todavía le duran las pilas. Es un asesino en serie de relojes. Se despierta por las mañanas a eso del amanecer atenazado por un leve cosquilleo en las manos. Entonces agarra el garrote y se va derecho a la mesilla de noche; espera unos segundos y... uno, dos, tres. El sangriento tic-tac continúa todavía murmurando desde las ruedas dentadas y manecillas despedazadas. No satisfecho con tan vil acto de crueldad, se echa a las calles y va luego subiendo por las tuberías para subir a las casas de sus vecinos, y allá donde ve un reloj cercano y a punto de sonar a través de la ventana entreabierta le encasqueta el oportuno bastonazo escabulléndose rápido entre las tinieblas como un experimentado ladrón de guante blanco.
Nadie sabe de dónde le viene a este hombre esta obsesión, pero todo el vecindario se despierta todas las mañanas sin relojes. Relojes de mesa, de pared o incluso de muñeca, aparecen en avanzado estado de descomposición todas las mañanas sin que nadie sepa cómo ni por qué alguien pueda sentir tanta inquina contra el tiempo. Lo cierto es que desde que estos sucesos ocurren la gente de la zona llega más tarde al trabajo, los niños siempre pierden el autobús del colegio y las noches son más largas, hasta el punto de que los hombres han ido olvidando sus obligaciones y parecen más felices. No hay ochos de la mañana, no hay despertadores, no hay horas punta de tráfico, no hay hora del almuerzo. Todo el mundo se levanta, trabaja, come, ama y se acuesta cuando le da gana y durante el tiempo que le da la gana.

El hombre que operó este milagro, dicen las lenguas, debía de ser un relojero que agotado de escuchar el eterno tic-tac en su tienda se rebeló un día contra ese cruel apunte acompasado de lo que nos resta hasta el día de nuestra muerte. Dicen que hablaba con una clienta, a la que puso por un momento cara de reloj, y dejando de escucharla empezó a sentir convulsiones, le tiró de las orejas, creyó que los latidos de su corazón eran los segundos que marcaba un reloj y trató de abrirla por la mitad. La señora huyó despavorida, pero el hombre quedó solo en la tienda, tirado en el suelo, sudoroso y prisionero de aquel guirigay inconexo de millares de relojes marcando cada uno a un tiempo los segundos como una impertinente gotera. Aquello eran los conflictos del mundo reunidos en una sola sala; la relatividad de las múltiples discusiones y puntos de vista. La tónica y la dominante. Unos relojes se superponían a otros; unos hablaban y otros les respondían; los relojes gritaban, luchaban, hacían cu-cú, cu-cú y avanzaban impertérritos, destruyendo el segundo anterior como una pisonadora y recordando al pobre relojero en cada intervalo, como un mantra: “Tú estás muerto. Tú estás muerto”. Y cada segundo que terminaba era un segundo en que la vida del relojero moría, y empezaba otra, como una luz maniática que se encendiera y se apagara. En los escasos segundos que pudo arrancó relojes, les pegó patada, los pulverizó entre sus manos, tratando de encontrar entre sus mecanismos el misterio del tiempo, el motor que mueve las horas del mundo. En ninguno lo encontraba, pero a cada reloj que destruía y dejaba de sonar creía haber acortado la existencia del mundo un poco, o quizás haber resuelto alguno de los males que acometen a la humanidad.

Los relojes son símbolo de la racionalidad, expresión perfecta del cálculo y meticulosidad con que los hombres operan los más perturbados planes. Esa composición casi mística de números y equivalencias, sesentas que suman uno, y unos que suman veinticuatro, veinticuatros que suman treinta y treintas que se pierdan hasta sumar 365, lo volvieron loco. Una y otra vez, esos aparatos aparentemente indefensos que nos recuerdan el sentido de la responsabilidad habían llegado a convertirse en agentes de la tiranía, dueños totalitarios de la vida de los hombres. Y él era el creador de aquellos misteriosos aparatos que ayudan al hombre a entenderse y dividir el tiempo.

Cuando lo atraparon, eran las cinco y media de la tarde, aunque nadie habría podido jurarlo. Lo pillaron con las manos en la masa, desmontando un viejo reloj de artesanía que se le resistía. Al principio pensaron que había en algo en los relojes y aquello justificaba la particular costumbre de aquel destructor de la propiedad privada. Su respuesta en los tribunales fue desconcertante: buscaba el tiempo. Cuando lo llevaron al manicomio, donde los horarios de comidas y actividades se cumplían de manera estricta, el tiempo volvió a correr. Todos los relojes celebraron a una el final de su asesino. Cuando tú desaparezcas, cuando todos desaparezcáis, nosotros seguiremos aquí, marcando el tiempo, recordando que tenemos la última palabra, que después de nuestro último suspiro nosotros aún tenemos la potestad de marcar el segundo posterior, el siguiente tic-tac. Un segundo más después de ti. Dos. Tres. Un minuto. Una hora. Una vida. Otra vida. Sigan pasando. Nosotros, los relojes, estaremos aquí hasta el comienzo de la eternidad.
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