Leyendas de Bécquer: El Monte de las ánimas

Recuerdo que de niño, mientras mis compañeros aprovechaban las horas libres para saltar simiescamente por encima de las mesas, yo me entretenía, como evadido del mundo, en releer las Leyendas. Era la edición de bolsillo de Edaf, y le tenía un particular cariño a aquel librito, cuya lectura se había convertido para mí casi en un ritual. Siempre que afuera hacía frío, veía las gotas de lluvia resbalar en la ventana o no podía conciliar el sueño, corría a echar mano del Gustavo Adolfo, que abría por una página al azar y tonificaba mi espíritu alicaído a la luz incandescente de las candilejas. Siempre que veía chimeneas puntiagudas rascando el cielo estrellado, los tejados solitarios con sus supuestos idilios; siempre que me tropiezo con los gatos eremitas merodeando entorno a los bidones de basura una tarde de lluvia cualquiera recuerdo la lectura de aquel libro, origen quizás de todo mi interés por el romanticismo, ya más moderado.


Entre mis preferidas, figuraba El Monte de las Ánimas, con la que uno apenas podía despegar los ojos del papel, pero no de miedo, que a mí nunca me daba, sino por la atmósfera terrible que la rodeaba, el sutil relato estético del Moncayo, con sus lobos, su oscuridad, la amante Beatriz peinándose frente al espejo, los difuntos tañendo la campana, ese acompasado frenesí que acompaña todos los amores trágicos. Siempre me agradó además ese modo tan sereno de Gustavo Adolfo al referirse a los lectores de El Contemporáneo, con los que consigue que uno acabe identificándose por la intemporalidad de su referencia. Es la lectura de Bécquer no sólo un breve cuento romántico; también es una pose, un modo de sentarse junto al fuego para que te cuenten una historia. El contraste entre lo misterioso del preludio y las comodidades burguesas acaban aguijoneando enseguida nuestra imaginación. Pocos periódicos hoy nos preparan como él para lo que no es sino una realidad poco sorprendente. “A las doce de la mañana, después de almorzar bien, y con un cigarro en la boca, no le hará mucho efecto a los lectores de El Contemporáneo”, nos dice de una manera que a los editores de la primera edición pareció demasiado prosaica. El texto cambia enseguida de registro. No obstante, celebro ese brusco cambio de situación, pues se dijera que los labios de Bécquer pronunciando estas palabras desaparecieran en el humo del cigarro que mordisquean los lectores, hasta que poco a poco se dejara entrever el paisaje de la cacería. La leyenda comienza con un aparte, una mirada a cámara, una apelación al lector para espolear nuestro interés. Este es el contexto, el lugar, el momento. “Atad los perros, haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas”. Silencio. Los niños deberíamos irnos a dormir, pero es éste tan sólo el principio de la historia. Beatriz, la voz de la inocencia, expresa en el papel nuestra queja: “¡Tan pronto!”. Así es.

Bécquer, como los narradores realistas, hace un tímido flashback para remontarnos a la época de los templarios, dueños de aquel páramo conocido como el Monte de las Ánimas y en el que existía un convento abandonado de la orden. La comparsa de Alonso y Beatriz nos lleva en la elipsis del Monte de las ánimas a la calidez de un hogar castellano, medieval, claroscuro. En una breve pincelada, Bécquer sintetiza la escena de época: “Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alculdiel despedía un vivo resplandor, iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente”. Las trágicas confidencias de los enamorados en el salón, Alonso y Beatriz, que se miran y se investigan, se complementan con esa otra lúgubre escena: la de las dueñas contándose historias de brujas y duendes. La latente tragedia subyace en las palabras de una narrativa que alude a lo esplendoroso de una época caballeresca, de hábitos nobles y poderosas armaduras; una impronta melancólica nos introduce en el desarrollo trágico de lo romántico. “Hermosa prima, pronto vamos a separarnos; tal vez para siempre”.

La narración recorre todos los tópicos del medievo, pintando el retrato de una época valiéndose tan sólo de una sabia elección de las palabras. Los valores caballerescos se convierten en el molde en el que confluye los elementos naturales que componen desde siempre las relaciones amorosas, sus caprichos, sus miserias. La historia se torna poco a poco una cadencia; Bécquer, que dice pasaba una noche en vela mientras escribía esta leyenda, nos describe con perfección lo que no pueden ver nuestros ojos, lo que tan sólo transcurre en el reducto íntimo del alma, por la noche, cuando no podemos conciliar el sueño. “Había pasado una hora, dos, tres; la medianoche estaba a punto de sonar, cuando Beatriz se retiró a su oratorio”. No hay mayor fuerza en un texto que quiera transmitirnos la fuerza de la oscura noche, ese día que termina según se van apagando las luces y las palabras, cuando a Beatriz ya sólo queda hablar con Dios desde la intimidad del oratorio. Entretanto que todo, “las viejas continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas”. Bécquer, maestro de los duermevelas, nos sumerge de lleno en el pálpito, el ruido imperceptible, los murmullos del silencio, el viento, el frío, las sábanas. A medida que los pasos de Alonso se debilitan, la soledad se torna paulatinamente infinita.

Bécquer nos regala sus después, el rayo de luz que penetra por la ventana, ese epílogo amargo que acompaña toda historia legendaria y trata de lo que otros vieron y contaron, aunque nunca pueda asegurarse con rotundidad. Ellos transmiten a la narración un hálito de incertidumbre, de irresolución, de horror llano y persistente, la esencia, acaso, de toda leyenda que no es sino el secuestro de un lugar por parte de una maldición, una historia amarga, unos cuantos muertos en extrañas circunstancias. El Monte de las Ánimas resume así unos momentos que podrían ser la eternidad y que a mí debió de parecérmela cuando la leía, pues no hay nada que un niño aprecie más que es ese tiempo detenido, en el que la vida se resume en el detalle, en la secuencia de segundo tras segundo, y nada nos agobia, nada nos invade, ni el alrededor mediocre, del que apenas entresacamos pequeños destellos, fulgores de adversa y pintoresca fantasía.
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2 comentarios

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capriyunliuz
admin
00:33 ×

puess pasando de nuevo por aqui despues de un largo tiempo fuera viviendo o tratando de vivir, una vida no tan facil :)...pues me identifico con tu escrito, pues a mi me pasa lo mismo pero con otro libro, recuerdo esas tardes de lluvia igualmente acompanada solo por aquel libro que fue el primero de todos y que como parte de una tradicion iniciada sin darme cuenta y sin antelacion, leo todos los anos especialmente por estas fechas que es cuando mas llueve y que tambien es cuando recuerdo haberlo recibido....muy buen post...hasta la proxima :)

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00:50 ×

Capri, siempre es un gusto verte aparecer por la puerta. Todos tenemos nuestros rituales, y la literatura muchas veces es sólo eso: poses, estados de ánimo, una voz adecuada y la lluvia como acompañamiento. No sería lo mismo leer un libro en el interior de una tumba con una pequeña linterna y un agujero para respirar. Qué digo, sería divertidísimo lloviera o no.

Ánimos y saludos.

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