Apariciones navideñas

Escribía yo una nochebuena cualquiera unas felicitaciones de Navidad, cuando de repente un gran terremoto hizo temblar la habitación. Los cuadros se salieron de sus alcayatas, el escritorio se puso del revés y mis estanterías con sus doscientos libros cayeron sobre mí como por obra de un maldito sortilegio. Cuando desperté, la habitación estaba patas arriba y en medio de una nube de polvo pude distinguir, ahí, junto a la pared, a un hombre pequeñito que me observaba. No era el señor Scrooge, ni ningún Espíritu de la Navidad futura o pasada. Era mi antiguo Profesor de Lengua Castellana que, después de pasar a mejor vida, había dedicado su aburrida existencia fantasmal a observar la escritura de sus antiguos alumnos y creía que lo mío había llegado demasiado lejos. Aquella última carta de felicitación, por lo visto, había debido de causar indignación en los infiernos.

«Antonio Alfaro Requena». Aquella voz, que en su tiempo ya me causaba horror, sonaba infinitamente más terrible como si viniera de ultratumba. «Presente», murmuré yo. Aquello no podía estar sucediendo, ni siquiera en la peor de mis pesadillas. Pero me puse muy serio, tal como hacía cuando mi querido profesor nos nombraba aleatoriamente para salir a la pizarra para hacer análisis morfosintácticos. A mí me tenía particular manía, y me arrancaba a veces la tiza de una mano y me ridiculizaba ante toda la clase, exhibiendo mi nula vocación para las letras.

«Antoñito», me dijo, sentándose plácidamente en la silla del escritorio. «Durante todos estos años he permanecido atento a tu ortografía y tu sintaxis, y he observado que sigues poniendo una coma entre el sujeto y el verbo, y lo que es peor, que escribes “estuvo” con b y “echaba” con hache. ¿Es que no te da vergüenza?» Aquello me sonó tan sentimental que no pude menos que, como en mis buenos tiempos de gamberro, soltar una atrevida carcajada. Creí que aquel fantasma incorpóreo desaparecería pronto de mi vista, pues sólo debía de ser resultado de alguna indigestión navideña, pero para mi horror no sólo no desapareció, sino que aumentó con aquel terrible gesto de reproche que tanto daño me hizo en mi adolescencia. Recordé que mi oreja izquierda podía ser extremadamente flexible.

Intenté explicarle que la vida había dado muchas vueltas, que en la actualidad ya no le dábamos tanta importancia a la ortografía y que la gente abreviaba las palabras en los mensajes de móvil sin el menor pudor, que el tb había sustituido al “también” y la q al pronombre interrogativo “qué”. Aquello pareció ponerle de los nervios, pero ni con esas pude convencerle. Dijo que desde que abandoné la escuela debía haber continuado leyendo a los clásicos, porque dice que así aprendería a escribir correctamente y huir de la maligna influencia de internet y su diabólica Wikipedia, que según me dijo estaba plagada de embustes y frases mal construidas. «Yo te enseñaré, Antoñito, que para eso me saqué mi plaza de profesor, que ni siquiera la muerte tiene autoridad para retirárnosla, pues cuando uno se hace funcionario lo es para toda la eternidad y Dios no puede hacer nada contra eso. Ahora mismo vas a hacerme unos ejercicios». Aquello me molestó profundamente y traté de manifestarle que él ya estaba muerto, que su mandato no era legal, que yo ya era mayor de edad, que ya no tenía ninguna jurisdicción sobre mí. No hubo forma de convencerle, y quizás por ese misterioso respeto que acabamos teniéndole a nuestros mejores profesores, acabé haciendo los malditos ejercicios bajo la atenta mirada del fantasma. Cuando se los entregué, sus ojos brillaban de alegría, y fue corrigiéndolos uno a uno con su bolígrafo rojo, y señalando las frases en las que me había equivocado. Acabada la corrección, el fantasma desapareció de repente con mi hoja de ejercicios, y sentí el mismo placer que tenía cuando, de niño, sonaba la campana del recreo.

Hablando con otros colegas, me enteré de que el profesor había visitado a algunos de sus peores alumnos aquella Navidad, y que había muchos asustados y que no pudieron dormir en varias noches, pensando que volvería a aparecérseles y obligarles a hacer más ejercicios. Empezaron muchos a tener miedo de cometer faltas de ortografía, pues no hay nada en el mundo tan desagradable como encontrarse con un antiguo profesor durante las vacaciones, en tu propia habitación, en mitad de la noche y sin poderlo evitar. Y para colmo, claro está, que fuese un fantasma a quien no podían lanzarse avioncitos de papel ni hacer la más mínima travesura. Era lo que se dice un momento complicado.

Con el tiempo, muchos de los que le vieron aprendieron a escribir correctamente, pero sé que algunos cometían faltas sólo para ver si volvían a ver al fantasma, a quien habían tomado cariño, por más que nos reprendiese e hiciese sufrir con lecturas del Quijote. Yo mismo, que había aprendido a poner el verbo echar sin “h” y estuvo con “v”, volví a cometer esas mismas faltas con la esperanza de que viniera a corregirme. Y lo mejor es que nunca fallaba, y que llegó un momento en el que, aun escribiendo correctamente, sentía cómo la sombra de mi profesor de Lengua se cernía sobre mi cabeza y sentía su aliento en mi cuello, como si aguardase cualquier equivocación para pegarme un calvote repentino.

Yo no entendía, la verdad, cómo el buen hombre podía enterarse de cuándo cometía un error, por mucho que estuviera muerto. Ni podía imaginarme que a los muertos, allá donde estuvieran, pudiese importarles tanto cómo escribiésemos el resto de los mortales. Llegué a pensar, en mi inocencia, que debía de haber alguna dispensación papal por la que escribiendo correctamente podía sacar almas del Purgatorio. Las faltas de ortografía, visto así, debían de constituir una suerte de horrible pecado. Aquello, ciertamente, no tenía ni pies ni cabeza. Así que me convencí de que por alguna extraña razón era importante que los que teníamos el honor de expresarnos en lengua castellana debíamos hacerlo de modo que no avergonzásemos a nuestros antepasados.

Pero no era más el respeto que tenía por la lengua de mis padres que el miedo que me inspiraban aquellas problemáticas apariciones. Razonando, me di cuenta de que lo que había sucedido con el Profesor de Lengua, bien podía ocurrir con el de Matemáticas, que creo también se había ido al otro barrio, y por nada del mundo hubiese querido que me sorprendiera en mi casa, de noche y en pijama. Cada vez que en la compra debo enfrentarme con alguna suma o multiplicación, por fácil que sea, de verdad, me tiemblan las piernas, pues un solo desliz puede provocarme un trauma del que creo que ya no podré recuperarme. Estas han sido unas Navidades terribles. Si uno se descuida, con los años puede llegar a aparecérsele todo el staff del instituto para saldar viejas deudas. Por favor, que alguien me ayude a estudiar. Esto es una maldición de la que a uno no le advierten el primer día de clase.
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