Como decíamos ayer

En estos días, lector, creo volver a experimentar la inmanencia de las cosas. Como si nos hallásemos inmersos en un sempiterno bucle de propósitos y despropósitos, los españoles solemos aprovechar estas fechas nutritivas y polvoronescas para hacer examen de conciencia y echar cábalas sobre un futuro que se nos antoja de algún modo distinto, y por lo visto, escrito. Decimos que ahora las cosas vuelven a comenzar, que es hora de levantar las alfombras, ponerse serios, bosquejar con la ayuda de un feliz bolígrafo un plan de acción para estos próximos trescientos sesenta y cinco días. Dueños del tiempo, abstraídos en la convención, creímos que algo nuevo comenzaba. O eso quisimos antes de tropezarnos, ay, con un dos mil once cruzado en el camino del dos mil doce. Porque el año pasado nos hicimos estos mismos propósitos (aprender inglés, bajar de peso y otras tendencias), y el anterior, y el anterior, y todos fueron momentos de inflexión continua y eterna, y si alguna vez pensamos que no habría de ser así, es porque ello formaba parte del juego, de nuestro juego. El juego de creer que pretendíamos llegar a un punto de no retorno, o sea, al objetivo que concentraba todos nuestros esfuerzos.

Reprochaba Heráclito de Éfeso al gran Hesíodo que distinguiera entre días buenos y malos, cuando todos son de una misma naturaleza. La unidad subyace a los contrarios, en constante tensión, pero regidos por el logos. Como no hay días buenos y malos, sino tan sólo comparativamente, y esto tan sólo en nuestra imaginación, desengañémonos. Nada va a empezar mañana, sino que continuamos. Está todo por hacer, como lo dejamos el día anterior, la hora anterior, el minuto anterior, el segundo... No hay años nuevos ni viejos, ni malos ni buenos; todos son años nuevos y viejos, malos y buenos. Sólo un fluir constante de la vida, que nosotros hemos dividido y subdividido racionalmente, para entendernos, en un antes y un después; para reinventarnos. Estamos vivos, gracias a Dios, y en constante movimiento. Ni doce campanadas, ni gaitas.

Y, sin embargo, convivimos con la ficción adorable de un ayer que fuimos nosotros, acaso tan sólo nuestro cadáver, que es el contrario de nosotros mismos y contra el que lucharemos todos los días, aunque nunca lucharemos contra el mismo. Pero sí que estamos seguros de algo: lucharemos contra algo. Se nos pondrá una cosa por delante y, sumidos en la oscuridad, le pegaremos un garrotazo aunque no sepamos quién es ni venga muy a cuento. Bailaremos con la Parca con los ojos vendados, nos sentaremos encima del gato tratando de convencernos de que no existe tal gato, pero apretándole hasta que de una vez se baje del sillón y nos deje ser, en toda nuestra esencia, nosotros. Nosotros sin gato.

Tengo la impresión, lector, de que yo ya he escrito este artículo otros años, que yo ya he pensado estas mismas cosas, que yo ya he estado aquí en este momento diciendo estas mismas palabras. Y me doy cuenta de cómo mis artículos a lo largo del año son como poses artísticas que yo creo inéditas, pero que no son sino la transformación de una misma cosa, un mismo fuego, que se enciende y se apaga. Es decir: La Gacetilla Literaria. Siete años de larga y constante travesía, en la que mientras no escribía acumulaba momentos vitales para escribir más tarde y cuando no vivía era porque iba dejando pedazos de mi carne sobre estas cuartillas, del mismo modo que, sin darnos cuenta, vamos dejando pedazos de nosotros en nuestros sueños, que son nuestra literatura. Señoras y señores: Dos mil doce. Otro artículo de fin de año (el mismo año, el mismo artículo). O como decíamos ayer: desde este periódico le deseamos un feliz y próspero año nuevo.
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