El periodismo en el cine (I): Enviado especial (1940)


Un aura mítica envuelve al periodismo, al reportero de guerra, al corresponsal que manda sus notas por un cable desde el otro lado del Atlántico. Johny Jones (Joel McCrea), un pobre e impertinente diablo que acaba de ser despedido de la redacción, recibe el encargo de su director de ir a Europa a enterarse de la guerra que se está gestando entre círculos diplomáticos. Nada de burguesitos gordinflones a gastos pagados que se dedican a copiar las noticias de los periódicos locales, cuando no a enviar difusos telegramas insinuando que en la Europa de entreguerras no se cuece nada. Nada de corresponsales.“¡Quiero un reportero, traedme un reportero!”, grita el director obsesivo, y en esa sencilla y estéticamente tópica escena de periódico, sacada de una película de Hitchcock de las antiguas, se resume prácticamente toda la esencia del periodismo internacional.

La película se llama en castellano Enviado especial, que es un título quizás más adecuado que el original, Foreign correspondent, pues Joel McCrea no representa al corresponsal común. Es tan sólo un último recurso, un juntaletras corriente y malcriado, que se mete en todos los fregados y tiene fama de contestón e impertinente. El sujeto ideal para el puesto. El héroe idóneo para aventurarse, sin apenas darse cuenta, en uno de esos dramas políticos que ya apuntaba Hitchcock en su fase británica. Como siempre, nadie lo cree. Su gran historia es de las que ganarían una primera página o se irían publicando por entregas. En Inglaterra, la Inglaterra de la diplomacia y el pacifismo, pasa algo. No es exactamente una comedia, aunque podría serlo. Es la antesala de una guerra en la que nadie cree. Demasiados discursos políticos. Reuniones diplomáticas. Paz, paz, mucha paz. Un contexto hermético, politizado, lleno de palabras, en el que es preciso penetrar como quien no quiere la cosa, encontrarse por casualidad con el problema, verse envuelto en el gran lío que todos sospechamos pero del que no tenemos pruebas. En Europa pasa algo, algo gordo. Ya en Holanda, con su mítica escena de los molinos, descubrimos al gran Hitchcock, mago de la intriga y la ilustración, de la estética, me atrevería a decir, con sus detallismos, sus composiciones magistrales.

Era un filme de bajo presupuesto, en una época en que la guerra, la guerra que todos esperaban, ya había estallado en Europa. Enviado especial se llevó a la pantalla en 1940, cuando aún Estados Unidos permanecía al margen. El discurso final ante los micrófonos de la NBC (que algo daría por aparecer) viene a ser como una patada en el trasero al aislacionismo norteamericano, como lo es metafóricamente el final de Casablanca (1942). Una de tantas películas yankees y neocons, se dirá, que reclama su papel en la escena mundial, una apelación a la doctrina del destino manifiesto, pero que resulta sencillamente una trama heroica, donde todo es absolutamente tópico y, por ende, divertido: el reportero, la chica, los malos y un montón de espías.

No he de hablar mucho de los actores, pues a Hitchcock poco le importaban con tal de que no estorbasen el transcurso de una buena historia. Únicamente hay que destacar que Laraine Day ejerce su papel de modo espléndido, que imprime gracia en su gesto y su verbo, enarbolando que la concordia entre las naciones es tan sólo una voluntad que ha de desempeñarse con elegancia. Como ella, hay papeles secundarios sin los cuales la película carecería de ese sabor añejo del cine de los cuarenta, como el de George Sanders, que se diría una figura intrascendente, pero que al mismo tiempo desempeña un papel fundamental en la trama; la distribución justa del heroísmo periodístico en más de un personaje masculino, que en él se expresa de un modo astuto y discreto, quizás con el único objeto de que brille más el papel de la pareja protagonista y recordarnos que el periodismo es siempre cosa de dos, o a lo más tres.

Resulta, como digo, imposible tras el visionado de este clásico de United Artists no saltar encima de la silla cuando el periodista intrépido se ve envuelto en tan oscuros tejemanejes y misteriosas aventuras donde parecía que no pasaba nada. Por momentos parece la misma y típica historia hitchcockiana del inocente perseguido que ha de demostrar su inocencia, como en Treinta y nueve escalones o Con la muerte en los talones. Yo sé cosas que vosotros no sabéis, pero ninguno quiere creerme y además no lo puedo demostrar porque los malos saben que lo sé. Es ahí donde lo que en un principio asemeja una mera historia de intriga se vuelve para mí en un clásico del periodismo, donde el periodista lucha de un modo romántico por que se conozca la verdad y dar a conocer a los Estados Unidos de América los peligros que les acechan. Es, en toda regla, un modelo de corresponsal tan tópico, tan romántico, tan edificante, que no pretende otra cosa que elevar al periodista a la categoría de héroe y salvador del mundo. Un tipicismo cinematográfico que Hollywood ha sabido conservar a lo largo de los años y que hace del cine americano el más sencillo y divertido del mundo.
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1 comentarios:

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upnews.es
admin
18:13 ×

Muy interesante y muy bien relatado.

Valora en upnews.es: Un aura mítica envuelve al periodismo, al reportero de guerra, al corresponsal que manda sus notas por un cable desde el otro lado del Atlántico. Jo

Congrats bro upnews.es you got PERTAMAX...! hehehehe...
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