Por qué escribimos


Se han derramado ríos de tinta sobre el misterio de la escritura; por qué hay en este mundo esa clase de hombrecillos de mentes torturadas que, cual solitarios esquizofrénicos, acaban contándole sus pensamientos a un papel en blanco y se desdoblan en miles de otros, interpretan voces, se disfrazan de sus personajes, descubren mundos, atraviesan aventuras que no existieron en ninguna otra parte que su ociosa imaginación. Trapiello decía que buscamos dentro de la escritura el sentido que no tiene la vida; que uno escribe, en definitiva, para ser quien es. Javier Cercas, más heroico, dijo que la escritura es un combate contra el silencio; Umbral, que hay que elegir entre la escritura y la vida; para Vargas Llosa, sicalíptico, la escritura es una suerte de placer erótico-místico, de voluptuosidad estética, de orgasmo salvaje.

La enfermedad del escritor acaba siendo muchas veces su medio de vida, así como la de esos enanos que pintaba Velázquez y hacían de bufones de la Corte de Felipe IV por su apariencia grotesca y movimientos rústicos. La esencia del escritor tiene mucho que ver con la del mendigo, el buscavidas, el comediante pobre y trotamundos, ese bohemio que siempre va en busca de su oportunidad dorada y nunca la encuentra. A veces alguna de estas rarezas de la naturaleza alcanzan el éxito y aparecen en los salones del mundo, pronuncian conferencias, hablando de sí mismos, reflexionando sobre sí mismos, doctorándose en el estudio de su propia biografía y aguardando que el gran público sienta la misma fascinación por ellos que la que ellos sienten. Otros, como Balzac, mueren en la pobreza y acosados por sus acreedores, y no es hasta que es sepultado su cuerpo, aquel cuerpo lleno de café que pasaba las noches sentado al escritorio redactando La comedia humana, cuando recibe el aplauso y el encomio.

En nuestros tiempos, la escritura es otra cosa. Vivir de ella es algo que pocos consiguen. Lucía Etxebarría, icono progre y lengua viperina, dijo que había de dejar de escribir porque el número de descargas de sus libros en internet era superior al de sus ventas. Sedienta de fama y dinero, a ella le importan poco sus lectores, que en el fondo hacen muy bien en comprar sus libros y rendirle pleitesía, porque se la merece y ella no comparte su genio de balde. Su genio mordisqueado por los dientes de la camaradería internetófila. Su genio ultrajado. Su genio descargado impunemente por admiradores y lectores sin escrúpulos. Qué gran desgracia. Porque a ella, según parece, la leen mucho los piratas.

Este, sin duda, es el más alto sacrificio que puede hacer un escritor en la República de las letras: ella misma, o su escritura, quemada en el altar de una reivindicación decimonónica, expatriada de propia voluntad hasta que un día, desesperados sus admiradores, una cohorte de arrepentidos navegantes le rueguen que vuelva a pronunciar su verbo y deleitarles con sus ponzoñosas ocurrencias. Tal vez, enfurruñada con el mundo, esta luddita de la escritura no pueda evitar seguir escribiendo, a hurtadillas, en el silencio de la noche, tan atinadas contribuciones al ensayo como Lo que los hombres no saben, el sexo contado por las mujeres y otras protuberancias de su pathos (suponiendo que esta dama tenga pathos). Se ha hablado mucho sobre si es justo que el escritor viva de sus libros —incluso sobre si el mundo sobrevivirá sin los libros de la Etxebarría (yo he apostado que sí)—, pero no de si lo que ha dicho esta dama es posible: dejar de escribir. Quitarse las gafas negras de escritor, deshacerse del viejo escritorio de caoba y la sillita de mimbre, arrojar la pluma de cigüeña por el retrete; disponerse, en fin, a tirar al gato por la ventana mientras le susurras: «Ya no somos escritores». O algo así. Hacer como el monje que cuelga los hábitos o el militar que guarda el uniforme en el armario, que, cuando te pregunten por qué ya no lo haces, te quedes en silencio con una sombra en la mirada.

Se espera de un artista que cumpla con su llamado aunque ello le lleve morirse de hambre. Es una cuestión de honra, o de honrilla, si se quiere. El arte en cambio es una necesidad del espíritu, un germen inequívoco de que somos pobres, pobres en espíritu. Etxebarría no es un Van Gogh, ni siquiera lo que podríamos llamar una escritora, y con su retórica es altamente probable que no muera pobre, como algunos que sí fueron escritores. Ser pobre en espíritu es estar al lado de los lectores, nuestros intérpretes, médium de nosotros mismos. Dejar de escribir es una muerte prematura, una amputación de nuestra extensión metafísica. Igual de horroroso, o aún peor, que dejar de escribir, sería dejar de publicar. Sería reconocer que nos encontramos solos en el mundo. O como rematara Jean-Paul Sartre: “si el autor fuera el único hombre existente, por mucho que escribiera, jamás su obra vería la luz como objeto; no habría más remedio que dejar la pluma o desesperarse”.
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