El amor de Cyrano: de la nariz al verso

Es necesario volver al Cyrano de Rostand para descubrir el alma del verdadero poeta y caballero; ese alma torturada que presta su voz y su verso a un imberbe adonis de torpe lengua para conquistar la belleza. Tras su arrogancia y su gallardía, una tara de hombre cínico y desprendido: le sobresale una nariz feúcha que todos observan y de la que pocos se atreven a hacer mofa por temor a verse traspasados en un descuido por un soneto o una mala estocada. 


La nariz de don Cyrano de Bergerac nos convierte su figura cómica y su verbo satírico en tragedia. Es la esencia del teatro, la del ser indigno pero de notables facultades que ha de hacerse otro, confundirse con el otro, su propio rival, su personaje, que será el único destinado a llevarse el amor y los elogios. Este idilio cojitranco, en el que goza de agridulce y fragmentada felicidad, es sólo imaginación de poeta, que se vive a sí mismo en aquello que no posee. Decir la verdad sería el horror para ambos amantes; ni Cyrano, feo y grotesco, ni el joven Christian, hermoso gascón pero sin originalidad, se la llevarían. Ambos han de unir sus fuerzas para ganar el amor de la exigente dama y gozar cada uno por separado y a su manera de este romance, en un complejo tira y afloja de rivalidades; uno escondido entre los árboles, recitando versos de su propio corazón con la espontaneidad del que ama con fuerza; el otro, moviendo los labios en el balcón y estrechando entre sus brazos a Rosana, ignorante de la treta, enamorada de un joven galán cuya alma le parece aún más hermosa que su extraordinario físico.

Cyrano es el gallardo caballero a quien todos los mosqueteros temen y que se ha ganado numerosos enemigos con sus denuncias, sus burlas, sus dimes y diretes, su impenetrabilidad de hombre duro y capaz, abanderado de la poesía y enfant terrible del teatro. Pero no importa cuánta sea la grandeza de un hombre, sino la existencia de un mero defecto para que haya quien se atreva a cuestionar su valía. Es el todo o la nada. Su talón de Aquiles es autor de su desgracia y cantera de su inspiración; blanco de la mofa del atrevido, su nariz le da pie a enarbolar las más elevadas apologías poéticas, los más cruentos y nobles menosprecios, esos escarnios retóricos que preceden al duelo, en el que se muestra tan diestro como cuando esgrime versos contra sus detractores. Ese alma de hierro, escupiendo poesía por la boca mientras arde de rabia en su interior y apoya su mano en la empuñadura de la espada.

Hay alguien a quien Cyrano no está dispuesto a prestar su voz ni su poesía porque nada obtiene a cambio y resulta deshonroso. A los poderosos mecenas y pagadores, que han de aprovecharse de su pluma para destruir su libertad de poeta, su honor de caballero trágico, entregado a las pasiones. Cyrano no empeña su genio a favor de ninguna causa, sino que es esclavo de un amor inmenso, y sólo por gozar de éste ha de desdoblarse en otro, pues de otro modo ya le habría traspasado con la espada. Es acaso el amor que siente por Rosana lo que le impulsa a proteger a Christian, su otra mitad, su otro yo, por decirlo así, a quien odia y ama, igual que los hombres odiamos y amamos una parte de nosotros mismos. En este caso es la superioridad de la física, el ideal germánico de la belleza sobre las narizotas francesas.

El Cyrano histórico era el ejemplo del libertino, un soldado retirado que nada tenía de preocupaciones calderonianas, ni la menor virtud caballeresca, un predecesor del ateísta y el libre-pensador, de oficio alquimista, homosexual para más inri. Pero no es así como nos lo presenta Rostand, sino como el ideal de una época que trataba de reivindicar al espadachín y poeta francés. Sólo es cierto, acaso, que este hombre murió de un modo azaroso y ridículo (le cayó una viga encima), esencia natural del melodrama e ingrediente necesario de ese neorromanticismo patético de finales del siglo XIX. Esa simbiosis entre el ideal romántico del Cyrano y la plasticidad sensual del Christian inexperto, el hombre sin bríos (el amante sin poesía) nos revela la necesidad de regresar a lo trágico, pero con un componente absurdo, risible, porque el ideal del Cyrano está precisamente en su tara, en su singularidad, su différence, que al mismo tiempo es motivo de orgullo y en lo que estriba, a la larga, la grandeza del genio.

Rostand nos acerca al ideal de lo auténtico, a la manifestación espiritual del poeta valiente y arrojado, preso de un amor platónico que no confiesa, pues de ese modo se desvanecería en su palmaria miseria, su apariencia disforme. Nos recuerda en su obra patética dónde reside la heroicidad, dónde la libertad del poeta que ejerce sólo de intermediario, que se oculta tras una máscara benigna, o en la sombra del jardín, o en la faceta del amigo que le trae alegres nuevas de su Christian. Para Cyrano bastan sólo el arte, la poesía, que es la expresión más viva de su adoración romántica, sufrida en su desgracia. Sólo la palabra genuina del artista enamorado.


¿Y qué tendría que hacer? Buscar un protector, tomar un amo, y como una hiedra oscura que rodea un tronco lamiéndole la corteza, subir con astucia en vez de elevarme por la fuerza. ¡No, gracias! ¿Dedicar, como todos hacen, versos a los financieros? ¿Convertirme en bufón con la vil esperanza de ver nacer una sonrisa amable en los labios de un ministro? ¡No gracias! ¿Desayunar todos los días con un sapo? ¿Tener el vientre desgastado de arrastrarme y la piel de las rodillas sucias de tanto arrodillarme? ¿Hacer genuflexiones de agilidad dorsal? ¡No, gracias! ¿Tirar piedras con una mano y adular con la otra? ¿Procurarme ganancias a cambio de tener siempre preparado el incensario? ¡No, gracias! ¿Subir de amo en amo, convertirme en un hombrecillo y navegar por la vida con madrigales por remos y por velas, suspiros de amores viejos? ¡No, gracias! ¿Conseguir que Servy edite mis versos, pagando? ¡No, gracias! ¿Trabajar por hacerme un nombre con un soneto, y no hacer otros? ¡No, gracias! ¿Hacerme nombrar papa por los cónclaves de imbéciles de los mesones? ¡No, gracias! ¿No descubrir el talento más que a los torpes, ser vapuleado por las gacetas y repetir sin cesar: « ¡Oh!, ¡a mí, a mí, que he sido elogiado por el Mercurio de Francia!»? ¡No, gracias! ¿Calcular, tener miedo, estar pálido, preferir hacer una visita antes que un poema, releer memoriales, hacerse presentar? ¡No, gracias! ¡No, gracias! ¡No, gracias!

(Cyrano de Bergerac, Edmond Rostand)
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