El periodismo en el cine (II): El año que vivimos peligrosamente (1982)

Detrás del personaje Billy Kwan (Linda Hunt, interpretando un papel masculino) pervive un amor por el periodismo que pocas veces se vislumbra en esta ingrata profesión. Aunque fotógrafo y un tanto desconocido, este enanito chino-australiano de camisa floreada y sonrisa inteligente tiene la extraña facultad de tener ojos y oídos en todas partes. Pero lo que más me llama la atención de Kwan no es que pueda colarse en todas las reuniones diplomáticas, conseguir una entrevista con el jefe del partido comunista o grabar imágenes de una manifestación subido a hombros de su amigo Guy Hamilton (Mel Gibson) mientras los revolucionarios golpean el coche en el que ha llegado. Es la humanidad del fotógrafo que, no ajeno a las desgracias que suceden a su alrededor, trata a la gente que ama con la misma delicadeza que un tallista su escultura o un escritor los personajes de su novela. Se diría que, temeroso de producir alteraciones en las fotografías que adornan su choza, Billy intenta conocer a las personas sin destruirlas, consciente de que la mejor manera de hacer un periodismo serio es comprender al otro, descifrar sus orígenes, su contexto, su alma, y tratar de descubrir en él, de un modo humano, los rasgos de un común afecto por la vida. Eso es lo que hace Billy a lo largo de El año que vivimos peligrosamente, haciéndonos partícipes de la ficha biográfico-literaria que acompañan sus fotografías, en particular de su amiga Jill (Sigourney Weaver), mujer muy hermosa de la que está enamorado y ayudante del agregado cultural de la embajada británica, así como las de su amigo, el periodista novato de la ABS, Guy Hamilton.

Billy tiene la particularidad de ser un personaje extravagante, atípico, en el círculo de corresponsales destinados en Yakarta. No es un vividor, ni tampoco un escéptico. Se implica emocionalmente en sus fotografías, en sus relatos informativos. Ama el periodismo y ama a los indonesios. Lamenta que los medios de comunicación occidentales eviten hablar de la pobreza, de la enfermedad, en definitiva, de las personas, y no de los procesos históricos. Eran los años 60. Guy Hamilton, dotado de su misma inocencia, no comparte su mismo punto de vista ("debemos mantener nuestra objetividad"), si bien Jill le acusa de melodramático. Es esa mezcla con lo exótico, esa desoccidentalización, ese encumbramiento de los sentimientos humanos, lo que aprecia Billy, que trata de contagiar a su amigo al observar en él una mayor cercanía con los hechos que cuenta. Como Pasaje a la India y otras de su género, la película tiene como trasfondo las relaciones entre la civilización occidental y el mundo asiático, pues el periodista no debe vivir en Indonesia sin mezclarse con lo indonesio, sin relacionarse con sus gentes, incluso su religión, sin llegar, a juicio de Kwan, a amar al prójimo. En contraposición a Billy, observamos a los otros periodistas, libertinos, decadentes, ajenos al amor por los otros, que mantienen su carácter puro e intacto, ajeno a lo que han visto y oído, y que además no se dejan la piel por la noticia, limitándose a narrar el conflicto de un modo convencional.

Billy no deja de hacer un llamado a la comprensión del otro, como lo haría Kapuscinsky, en una apuesta que no obstante nos deja una lectura dramática y que no sería muy apreciada por los admiradores del polaco. Y es hasta qué punto la implicación emocional del periodista, su toma de partido con el pretexto de “lo humano”, acaba destruyendo, al fin y a la postre, su vida. Confundiéndose con Indonesia, con su idealización del líder Sukarno, que se preocupa por su pueblo hambriento, Billy nos presenta un mundo artístico, distorsionado, en su inapreciable trabajo. Al contrario, Guy Hamilton, en su camino hacia la fama, va distanciándose progresivamente de lo sentimental, pero porque la arrogancia acaba labrando su propio embrutecimiento. Hamilton acaba perdiendo el sentido de la ética en el periodismo, cuando empieza a querer saber demasiado y contarlo pronto. Incluso llega a perder su primitiva pasión por la noticia, cuando la situación llega a ser lo suficiente peligrosa como para verse obligado a tomar una decisión verdaderamente terrible: el periodismo de Billy, su mentor, o la vida. Es ahí donde Hamilton se manifiesta todavía heredero de sí mismo, en un apego personal hacia los valores individualistas todavía superior a la fuerza dramática de sus reportajes y su interés de trabajar en equipo.

A medida que el amor de Billy sufre el shock de la realidad, el de Hamilton se traspasa del reporterismo humano a la búsqueda de una posición social, de un amor más caprichoso, más concreto, el de Jill, que en medio del caos de una próxima guerra civil se vuelve cada vez más desesperado, más materialista. Una vez que el periodismo ha muerto, la comprensión espiritual por el otro acaba deshaciéndose y lo que importa es escapar, ponerse a salvo, aunque ello suponga dejar a mucha gente cercana (y perseguida) en la Indonesia de Sukarno. Hamilton huye de lo indonesio, de lo exótico, de lo que no es él porque a pesar de todo ha permanecido ajeno, al tiempo que Billy ve frustrados sus ideales y sufre la tragedia en primera persona, no pudiendo soportar la desesperación y, de algún modo, lamentando que nadie esté a la altura de sentimientos tan altos como los suyos.

La figura de Billy Kwan es dramática en su género, pero la veneración de su estilo y el natural desprecio a la mediocridad del periodista que, como no se implica, no se esfuerza en contarnos toda la realidad, no deben obcecarnos en la defensa de una hermosa actitud que también posee su pizca de tragedia, de encuentro inevitable con el horror. Ese es un elemento fundamental en El año que vivimos peligrosamente (curiosamente grabada en la misma Filipinas de Apocalipse now): el descubrimiento de que el amor a la realidad puede en ocasiones resultar trágico, sumirnos en la contemplación continuada de un mundo que anhelamos conocer de modo íntimo pero que acaba presentándosenos desdichado, nauseabundo: la pregunta de Tolstoi, ¿qué debo hacer?, se torna en la sintonía de su particular desesperación. El periodista, como Billy, puede verse afectado por ese mismo virus de sufrimiento que destruye a los hombres compasivos y, en dosis extremas e irracionales, pueden impedirnos representar nuestra misión verdadera en el mundo: ¡contarlo!
Siguiente
« Anterior