El periodismo en el cine (III): Yo creo en ti (1947)

Lector, continuamos con nuestra serie de periodismo en el cine. O más bien deberíamos decir de cine en el periodismo, pues en ocasiones es tan sesgada la imagen cinematográfica que se ofrece de nuestra profesión que puede llegar a volverse irreconocible, a veces por lo mucho que se la idealiza, otras por lo tópica y poco benigna que resulta. Pero la película de la que quiero hablarle hoy nada tiene de improvisado y casi diríamos que es una lección magistral de periodismo resumida en un ejemplo. Me atrevería a decir que toca todos los puntos desde que apenas se ha concebido la idea del reportaje hasta el final de su recorrido y que harían bien muchos profesores de Redacción periodística en exponerla a modo de documento didáctico en vez de encomendar a sus alumnos a la lectura de un fastidioso manual. Estoy refiriéndome, claro está, a la historia de Yo creo en ti (Call Northside 777, ya ven), dirigida por Henry Hathaway y protagonizada por el siempre efusivo y gesticulante James Stewart.

Nuestro héroe, McNelly, es un periodista del Chicago News a quien su director le encarga que escriba un reportaje a partir de un misterioso anuncio aparecido en su periódico. 5.000 dólares de recompensa a quien ayude a esclarecer el asesinato de un policía, cometido en la época de la Ley Seca y por el que se condenó a dos hombres hace ya nada menos que doce años. ¿Quién pagaría una suma así por un asunto que ya se ha enterrado en la memoria de todo el mundo? Lo que comienza siendo un reportaje de colorido y anecdótico se torna poco a poco en una trama cada vez más sugestiva. Frank Wiecek, uno de los condenados, podría ser inocente. La fe inquebrantable de una madre, que ha trabajado durante doce años fregando suelos para sacar a su hijo de la cárcel, se convierte en la bandera de un periódico ávido de historias morbosas y sentimentales. Tras el caso Wiecek hay un trasfondo y siempre una nueva persona a la que entrevistar, una nueva óptica, un pintoresco actor con el que hacer llorar a nuestros lectores.

Es ésta ante todo una película de entrevistas, de investigación, en la que se ven los engranajes del trabajo periodístico, las rutinas de toda la vida, lo que sucede entre bastidores antes de que cada mañana pueda el lector disfrutar de su periódico con café y buñuelos. Hay un hombre buscando fuentes, seguido de un fotógrafo, que va construyendo una historia de escaso recorrido, indagando en los puntos oscuros, inmiscuyéndose en la vida de la gente, husmeando, haciendo preguntas, interesándose cada vez más a pesar de que resulte muy difícil creer que el tipo que lleva doce años en la cárcel es, como dice su amante madre, inocente. Un guión que le viene a Stewart como anillo al dedo y al que a fuerza de su didactismo pierde emoción porque desde el principio sabemos lo que va a pasar. En cambio lo que pierde de suspense lo recupera en el convencionalismo pedagógico de las escenas, que son, como digo, un perfecto documental de cómo se hace un reportaje de investigación: qué es interesante para los lectores, a quién entrevistar, cómo continuar una historia, cómo aportar argumentos a favor de una tesis, cómo actuar ante las puertas cerradas, cómo conseguir información de una fuente difícil, cómo escribir cuando no hemos conseguido más información, cuáles son los límites del periodismo, qué estrategias usar para obtener información confidencial y, por si todo esto fuera poco, cómo enfrentarse a los poderes fácticos que intentan amedrentarnos para que no contemos nuestra historia.

La película no tiene más misterio. Pierde en algunos momentos porque deja un par de puntos sin aclarar, si bien el espectador puede suponer que detrás de toda gran trama seguirá siempre habiendo aspectos que desconocemos. Es ante todo una historia para periodistas, basada por cierto en un caso real, y que puede servir de testimonio o aliciente de cómo un humilde periódico, a través de una de esas pequeñas historias sin importancia que se escriben de relleno, puede encontrar una noticia donde nadie pensó que la había. Haciendo periodismo de calle, como el de toda la vida. Sin supermanes ni planetas que salvar. La verdad se investiga y la verdad se escribe. Y toda la recompensa es haber hecho, dignamente, lo que teníamos que hacer.
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