El rey de los niños

Alonso quería conocer otros mundos; a los diez años, la tomó con Alejandro Dumas y Walter Scott, y de ahí ya no hubo forma de sacarle. Pasaba las horas encerrado en la biblioteca de su padre devorando libros de aventuras y, cuando salía para la comida o alguna reunión familiar, acababa de convencerse de que todo lo que había leído era mucho más cierto y noble que lo que veían sus angustiados ojos. Le irritaba aquella gente anodina que salía por la tele. ¿Por qué no podían vestir con traje de época? ¿Y a cuento de qué, en lugar de estallar en insultos ramplones y barriobajeros, no sacaban el alfanje y se liaban a espadazos a la más mínima ofensa?

Los políticos, que él imaginaba feos y repulsivos, como las caricaturas de Cánovas y Sagasta, parecían viscosos vendedores de enciclopedias. Muchos no llevaban ni siquiera bigote y él siempre había pensado que todos debían llevar bigote, fumarse un buen puro en el Parlamento y hacer uso de las armas de Cicerón para cualquier liviandad. Cuando salía a la calle, no era nada divertido, porque en lugar de coches de caballos se le cruzaban Wolkswagens y Citröens, los edificios le parecían todos iguales y ya no se construían grandes catedrales ni palacios de caza. En el puerto no atracaban ya goletas ni galeras, sólo barcos pesqueros, yates despampanantes, algún que otro crucero a punto de partir hacia las islas griegas y el barco de la basura; el castillo se había convertido en vulgar museo, cuando él lo imaginaba lleno de soldados lanzando juramentos y oteando la costa con el catalejo por si venían los piratas berberiscos. Nunca oía casi hablar de guerras, y la gente se mataba de forma canalla; a él no le emocionaban aquellos bombardeos, ni aquellos monstruosos tanques, y los asesinatos de gente civil le parecían una bellaquería: ¿por qué no podían reunirse en un campo de batalla, a la salida del sol, como Dios manda, y que el general montado sobre su caballo y con la espada en alto diese la orden de comenzar la batalla y los dos ejércitos se lanzaran el uno sobre el otro hasta que las cabezas rodasen por el suelo? Aquel mundo ridículo en que había nacido, donde los reyes no llevaban coronas y las mujeres ya no eran damas ni vestían guardainfante, sin lugar a dudas, no podía ser un lugar serio.

Así que un día, cuando cumplió los doce años, Alonso decidió que había llegado el momento de rebelarse contra el régimen. Su sueño de reunir un gran ejército y convertirse en emperador del mundo debía empezar en aquel momento o ya no habría forma de realizarlo. Cuando de mala gana sopló las velas de la tarta, Alonso deseó convertirse en un poderoso general como Napoleón Bonaparte y que pronto pudiese liberar a sus contemporáneos de la hediondez y la trivialidad de las novedades. De manera que fue a una tienda de disfraces, se compró un uniforme de hidalgo español, ciñó una espada de plástico al cinto y entró a hurtadillas al despacho de su padre, que presidía un retrato de El Greco. Orgulloso de su notable semejanza con el pintor, aunque aún su barba apenas pasaba de escueta pelusilla, salió muy vanidoso por la puerta a restablecer, de una vez por todas, el orden en el mundo.

Al contrario de lo que le sucediera a un tocayo suyo, que había leído tuvo muy mala suerte en su tiempo y los hombres trataron de loco, Alonso descolló por su pericia en el manejo de las palabras y la manipulación de las gentes, de manera que en pocos años aquel niño prodigio había convencido a una treintena de chavales para que se librasen de las cadenas de la modernidad, los videojuegos y las redes sociales. Todos sus seguidores, que compartían su disgusto con las costumbres del siglo, salieron primero de su clase, luego de otros cursos mayores y menores, y al fin su movimiento consiguió extenderse a los otros colegios del pueblo. Alonso, su general en jefe, convenció a todos para que siguieran un código de conducta: sus vasallos debían parecerse a algún retrato de Velázquez, o a lo sumo de Goya; debían decir hideputa a todo el mundo, y no hijo de puta, voto a Dios en lugar de mecagüen, y otra suerte de minucias del lenguaje. A partir de ahora habrían de proponerse, sin llegar a lo cursi, hablar en verso, como si fueran personajes de una comedia de Lope de Vega o Calderón, cuyos pasajes debían saberse de memoria, así como Don Quijote de La Mancha, libro sagrado de aquella hermandad. Nada de televisión. Nada de Playstation. ¡A la hoguera los iPads y los teléfonos móviles! ¡Abajo Gran Hermano! ¡Muerte a Facebook! Esas eran sus consignas y gritos de guerra. Ahora soplablan otros vientos. Los niños debían mostrarse caballerosos en extremo con las damas y abstenerse de tratarlas con brusquedad, viajar por todo el mundo haciendo reverencias y aceptando desafíos, defender su honor con la gallardía de un hidalgo caballero y odiar con todas sus fuerzas el nombre de Bill Gates, el más grande villano de la Historia de la humanidad, cuyo retrato debían tener todos en la pared de su habitación y mirarlo cada mañana jurando que algún día caería en sus manos.

Los niños se rebelaron contra sus padres, tomaron el colegio y acorralaron a sus mayores y maestros; les exigieron que utilizaran la vara para corregir a los díscolos, les enseñasen latín y griego y vistiesen todos con toga o invitasen a eclesiásticos a impartir las clases. Pronto los periódicos divulgaron lo que habían conseguido aquellos niños y la noticia se trató en una reunión extraordinaria del Club Bildelberg, que resolvió que había que parar a aquellos niños. Aunque la Policía Nacional y sus padres intentaron disuadirlos con las limitaciones que marca la ley, ellos pelearon con enquistado arrojo hasta lograr imponer sus criterios. Saquearon comercios, aterrorizaron a funcionarios públicos, fueron por todas partes extendiendo la buena nueva de las costumbres antiguas, quemando tejidos, destrozando ordenadores y obligando a los adultos a renunciar a las bendiciones de la democracia y trabajar en el campo o la manufactura, cuando no a tomar los hábitos o entregarse a la picaresca. En pocos días los niños tomaron el Ayuntamiento por las armas, e hicieron que el alcalde y todos sus ediles dimitiesen a la vista de las bayonetas de juguete de los niños y los mandaron al destierro junto con sus padres, que tanto se habían empeñado en darles unos azotes y mandarlos a la cama.

Alonso, aclamado por todos los chiquillos de la localidad, se erigió en monarca de aquel pueblo al fragor de las campanas de la iglesia. Decidió establecer su Corte en el Castillo moro, y dictó las leyes y juzgó a los hombres con infantil sabiduría. Mandó formar un ejército regular de 10.000 niños que luchase contra unos esbirros de paisano que habían enviado desde Madrid, donde según les habían dicho era la ciudad donde más mella habían hecho los adelantos del nuevo siglo y gobernaba cierto Presidente malvado, que no había dejado de reírse de sus ideales cuando se los contaron. Alonso habló todos los días desde la plaza pública, mandó ajusticiar a los díscolos, repartió títulos nobiliarios a los que se habían mostrado valerosos y se rodeó de los niños más leídos para que fueran sus ministros. Ordenó que se construyera una muralla alrededor del pueblo como las antiguas, aun a sabiendas de que no serviría para nada en la era de las armas nucleares, y colocó a los más fuertes de sus servidores a trabajar en los astilleros en la construcción de una flota como Dios manda, como aquella invencible de sus antepasados que dirigió don Álvaro de Bazán contra los ingleses (¡lástima de flota!), pero ésta todavía más numerosa y heroica. Le acometía el deseo de emprender inmortales hazañas y explorar nuevas tierras, pues como todos los caudillos aspiraba a grandes empresas.

Gobernó Alonso en aquel pueblo durante tres semanas, concentrando los tres poderes del nuevo estado en diecisiete kilómetros a la redonda, kilómetro arriba, kilómetro abajo, pues siempre había algún paisano cascarrabias en la periferia que se negaba a recibir órdenes de unos niños tan raros como aquellos. Dictó leyes contra las nuevas tecnologías, regaló chucherías y libros al pueblo, hizo realidad los sueños que durante años los infantes habían manifestado en los corrillos del patio del colegio. Todo el mundo vistió elegantemente bajo su gobierno y no había adolescente ni anciano que no temblase al oír el nombre de aquel encumbrado don Alonso I, «el rey de los niños». A pesar de su popularidad, con todo hubo de contener alguna revuelta en la segunda semana, pues había una facción demasiado moderna dentro de sus filas que se mostraba a favor de que los niños se hiciesen cargo de la estación de tren como medio de transporte -para «llevar la revolución a otras localidades», decían-, aún a sabiendas de que los trenes ya no tenían nada que ver con aquellas locomotoras del salvaje oeste que tanto les gustaban. Hubo una gran discusión en la plaza pública, entre los partidarios del coche de caballos y los de los trenes, pero el rey Alonso cayó las bocas de los maquinistas –así llamaban a los de aquella partida heterodoxa-, mandó que se le diesen unos cuantos azotes a su cabecilla, un tal Andrés, y se enviase fuera del pueblo al resto de facciosos para restablecer la calma.

A pesar de los ímprobos intentos de Alonso I en consolidar el nuevo régimen, pronto se supo en el resto del país lo que pasaba en aquella provincia y un ejército de adultos muy bruscos y grandotes, en compañía de sus desterrados padres, vinieron a apresarlos armados de porras, palos y muy malas pulgas. Intentaron cercarlos a la entrada de la ciudad, pero no dio resultado. Los mayores no retrocedieron en esta ocasión frente a sus bayonetas de juguete, ni siquiera temieron ante sus alfanjes y los balines de sus pistolas y las pelotas de sus morteros y cañones no minaron su ánimo. Cuando al fin derribaron la muralla que apenas habían comenzado a construir alrededor del pueblo, los niños vieron frustradas sus esperanzas de constituir en aquella provincia un cantón libre de la influencia de aquellos insanos flujos de modernidad. Inmóviles, entregaron las armas y cayeron en manos de sus padres, que los arrastraban a casa de una oreja, mientras por el camino les iban repitiendo: «ya te arreglaré yo» o «verás cuando lleguemos a casa». Ordenadores, consolas, teléfonos móviles, televisiones y un sinfín de perniciosos objetos electrónico-diabólicos volvieron a introducirse en la ciudad, y los niños, llorando a lágrima viva, gritaban que les devolvieran sus libros y les dejasen ser héroes por una vez en la vida. Los hijos de la Revolución regresaron a sus casas, donde cuentan les despojaron de sus ropas de caballeros y les obligaron a ver la televisión hasta que volvieran a convertirse en niños normales. A Alonso I, que luchó como un verdadero Aquiles, lo cogieron sus padres y le dieron unos buenos azotes. El alcalde de la ciudad, repuesto en su cargo, dictó una orden municipal para confiscar todas aquellas novelas de aventuras que habían sembrado tan gigantesco caos, y aunque según se dijo no tenía esa competencia y vulneraba además no sé qué derechos fundamentales, los tribunales, formados por gente adulta y a la que no le gustan nada los niños, decidieron hacer la vista gorda.

A partir de ese día en que Alonso fue derrocado no volvió a hablarse de aquella infantil revolución, y desde los medios de comunicación hasta los colegios se hizo mutis con el fin de que nadie se sintiese atraído por aquel infecto odio a la modernidad. Los niños estudiaron y crecieron con una mezcla de melancolía y rabia en sus corazones, y no hay ninguno de ellos que haya olvidado aquellos felices momentos. Hoy muchos son médicos, abogados, periodistas y otros elementos útiles del sistema, y todos se preguntan con inquietud si algún día sus hijos sentirán lo mismo que ellos sintieron cuando comenzaron la revolución. Dicen que Alonso, al cumplir los veinte años, ingresó en una compañía de teatro clásico y fue por los pueblos de España interpretando las comedias de Calderón. A sus treinta aún no ha perdido las esperanzas de que, algún glorioso día, cuando la sociedad esté preparada, los niños vuelvan a levantarse. Alonso está casado, tiene dos niños varones. Todas las noches, antes de acostarse, les cuenta a sus hijos la leyenda de aquel muchacho valiente que intentó hacer del mundo un lugar divertido.
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