Mis libros y yo

Nada como recostarse en el suelo al pie de una gran estantería y tan sólo tener que alargar la mano para alcanzar un Galdós, un Machado o un Dostoievsky. En estos días navideños, casi como queriendo olvidarme de todo, he querido encerrarme en mi biblioteca alicantina, donde vine a pasar las fiestas. Apenas nada estaba como yo lo dejé. Los libros, llenos de polvo y por ahí desperdigados, requerían de la atención cuidadosa de un literato que los apreciase y mimase. Así que pensé, al tiempo que cambiaba el mobiliario de sitio e inventaba alguna que otra estantería con las maderas de un viejo armario, que la mejor manera de conservar decentemente una biblioteca es leer de vez en cuando.

Recorriendo mis dos grandes estanterías con los ojos, empecé a reparar en los autores que me faltaban y de los que no había leído nada, echaba de menos una sección de Historia y Filosofía un poco más amplia, con todas las obras de Aristóteles, Kant y Nietzsche, a los que sólo conozco de prestado y en la promiscuidad de las tardes ociosas en la Biblioteca municipal. En esto, trataba de recordar todos los ejemplares que tristemente he ido teniendo que devolver después de una larga estancia en mi escritorio. Era una cuestión de vida o muerte, o si se quiere, de estética. Tengo las obras completas de Federico García Lorca y gran parte de los poetas del 27; sin embargo, carezco de los ensayos de Miguel de Unamuno La agonía del cristianismo, Del sentimiento trágico de la vida y otras tantas; lo mismo, no puede encontrarse entre mis libros, y esto he de decirlo con vergüenza, apenas uno o dos volúmenes de Ortega y Gasset y Antonio Azorín, de quienes cuando descubro un ensayo cualquiera en una librería de viejo siempre ardo en deseos de comprarlo, aunque tanto escribieron estos autores que lo mejor sería buscar unos ensayos completos y albergar del modo más conciso tan ingente literatura.

Habrá el lector pensado, muy pícaramente, que hago estas confesiones, en algún modo humillantes para mí, con ánimo de sugerir posibles regalos de última hora a los Reyes Magos. Se equivocan. Todos estos pensamientos se me vienen a la mente cuando trato de entender qué ejemplares ha de tener una biblioteca modesta, de niño o de universitario, como quien dice, para crecer al abrigo de los clásicos y conociendo las más grandes obras del saber universal. Se me ocurre si uno debiera decantarse por las lecturas que le son más afines o, por el contrario, tratar de abarcarlo todo, poseerlo todo, en esta época en que la biblioteca de Alejandría empieza a parecernos cosa de niños al lado de Google Books. Yo siempre pensé que en una biblioteca debían figurar algunos clásicos de Grecia y Roma, entre ellos, La Odisea y La Ilíada, que son como la Biblia para los antiguos griegos, y sin embargo, siempre he considerado como obras de culto a los poetas trágicos como Sófocles, Esquilo y Eurípides, así como a los escritores romanos, los escritos de Séneca o El Satiricón de Petronio. Obras todas, lector, que vemos en las bibliotecas y en las librerías, y que al principio leemos tentados por la curiosidad, pero a las que hay que acercarse de un modo académico, sistemático, en el lugar adecuado y con el tiempo preciso. Es, lo que se dice, algo muy complejo para quien no ha tenido que estudiarlo con el rigor universitario por licenciarse en Historia o Filosofía, y que mucha gente, incluso los periodistas que tanto admiramos, conocen sólo por encima y a veces ni eso. La falta de tiempo, que nos carcome a todos, no habría de ser un obstáculo para lo que ha de nacer del más puro deseo de saber; conocerlo todo, y a ser posible, profundizar en todo.

En estos días, mucha gente se regala libros y aprovecha entre festín y festín para recuperarse del año con alguna que otra lectura. No que durante el resto del año, salvo en el verano, no se lea, sino que en vacaciones parece que existe una invitación a hacer un alto el fuego, a declararse en huelga y pasar al menos un par de días o tres con un libro entre las manos, la cabeza en las nubes y el cuerpo cómodamente recostado sobre la cama. Cuando llega el verano, es noticia en todas partes en qué gastan los políticos su tiempo de vacaciones, dónde han de veranear y, también, cómo no, cuáles van a ser sus lecturas. Tratamos de inferir acaso de estas nuestra futura suerte, pues a un hombre no sólo se conoce por sus actos sino por los libros que lee y en cuyo poso temperamental se abastece e inspira. Es también costumbre, a primeros de año, entre otros propósitos por el inefable cambio de calendario, planear nuevas lecturas y adentrarse en materias hasta ahora para nosotros desconocidas. Queda sin embargo esa imprecación constante del tiempo, la prisa de que ya no estaremos aquí mañana y hemos, por tanto, de priorizar, asumir que los libros están todos ahí y habrá otras personas que acaben leyéndolos incluso cuando ya no estemos aquí.

Como siempre por estas fechas, se haya expuesta en la Avenida Doctor Gadea de Alicante la Feria del Libro Viejo y de ocasión, con los mismos libros, las mismas caras y la misma atmósfera bohemia de los intelectuales callejeros, los soñadores, los artistas trotamundos. No sólo porque son más baratos, sino porque son viejos, los libros que venden se antojan fruto de ese eclipsado ayer en el que la información se encuadernaba y la gente, por temperamento, se abstenía de tocar esos aparatejos que tanto se ven ahora en el metro: Ipads, Kindles, tablets y otras perlas tecnológicas. Lejos de abominar de ellos, pues es seguro que a muchos grandes escritores les hubiesen encantado –no para sustituir al papel, que es materia sagrada-, mientras contemplo este, como me han sugerido, desperdicio de espacio, noto que vamos perdiendo la tentación de mandar de vez en cuando a freír puñetas el tiempo y, entregarnos, a modo de desahogo, o por pura rebelión mística, al placer inefable de la lectura.
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