Un comentario a Humillados y ofendidos de Fiódor Dostoievski

Poco después de que Dostoievsky regresara de su exilio en Siberia –la misma Siberia a la que fue condenado Raskolnikov– el gran Dostoievski escribió Humillados y ofendidos con la furia de un animal herido. Relatado a modo de novela folletinesca, la obra nos adentra en la experiencia más genuina del individuo, el sentimiento más hondo, ese que como una solitaria ha crecido en nuestro interior durante años, y unido con valores como el amor o la honra, parece inevitablemente adherido a nosotros y destinado a destruirnos. Todo personaje en esta novela tiene algo contra alguien, incluso el más vil príncipe Valkovski, personificación del nihilista; la ofensa es el eje central de la trama, y la humillación, el estado subyacente de sus palabras y acciones, la descripción psicológica de unos personajes luchando consigo mismos y con los demás. Sin embargo, el trasfondo de esta obra no es el odio ni la desesperación, sino esa otra cara del amor que tantas veces se manifiesta en forma de angustia y falso resentimiento.


Alude constantemente no sólo a la vida mísera y un tanto desconsolada del escritor ruso, manifestado en Iván Petróvich (Vania), sino a los efluvios histéricos de una época marcada por la frialdad de las ideas. Dostoievski se propone defender aquí al hombre espiritual, al amante, al desesperado, al herido, a la víctima del sufrimiento, que se reconoce en la desgracia a sí mismo y encuentra en ésta su honradez y su nobleza. Frente a una época de mezquindades, exalta los valores supremos de la familia unida y el perdón evangélico, que no entiende como un modo de vida puritana, sino como refugio necesario ante las desgracias humanas. Subyace, tras la elevada sinceridad de cada uno de los héroes que traza su pluma, la inevitable presencia de un malvado, un Javert como el de Los miserables, condenado a ejercer su papel de perseguidor de lo genuino, o acaso, como agente del destino que ha de procurar el mal, con su calculada meticulosidad, su encopetado cinismo.

La crudeza con que aparecen descritos algunos personajes, como la infeliz Natasacha y su amor enfermizo, nos llevan continuamente a querer que la novela se detenga un instante y nos dejen sentarnos junto al samovar para explicarle detenidamente lo que le pasa. El autor, por otra parte, nos interpela constantemente a que nos preguntemos cómo diablos acabará toda esta situación, hasta el punto en que algunas conversaciones llega a desesperar, sobre todo cuando el infantil y aturdido Alíoscha toma la palabra tratando de explicarnos sus peripecias. En todo o en parte, nosotros asistimos junto al narrador, Ivan Petrovitch, a una historia de amor que parece condenada a la tragedia y basada en un asunto poco ilógico para la sociedad burguesa de la época, es decir, el casamiento por compromiso. Al contrario que las novelas cursis, esta no es una mera historia de sentimientos amorosos no correspondidos, ni una defensa de la pasión frente al raciocinio; tampoco hablamos aquí de la honra de Calderón, ni alcanza aires de tragedia de los Montesco y los Capuleto; en todo momento los personajes poseen esa pizca de proclividad hacia lo mísero y lo decadente que tanto caracterizan las obras de Dostoievski. Hay en ellos una autonomía porque guardan cada uno su propia espina atravesada, manteniendo viva la acción, que es como un callejón sin salida o una enredadera en ocasiones tortuosa.

Para que todas las piezas encajen, esta batalla sentimental ha de tener un origen común, pero desconocido al lector, y pese a lo que podamos suponer, que nos parezca de antemano algo completamente absurdo. Iván Petrovitch el escritor bohemio en el que Dostoievski descarga toda las críticas que suelen hacerse a quienes escriben, nos guía a través de dos historias paralelas. La novela comienza con la vida de un extraño anciano y su perro que mueren en una pastelería, asunto que le llevará hasta Nelly, una niña misteriosa y epiléptica (también), probablemente uno de los personajes más tiernos que he leído nunca. Por otra parte, Vania nos lleva constantemente a la casa de Natascha, y de Natascha a la casa de los Ijmeniev y, de cuando en cuando, en sus pesquisas, que son las mismas que las del desesperado lector de folletín, nos presenta a Maslobóyev, típico personaje dostoievskiano, borracho, soplón y pícaro conversador, o a la Bubnova, ese dechado de virtudes.

La novela, primera de una pentalogía que describe su encuentro con el sufrimiento, reúne todos los requisitos de una obra intemporal: alude a lo que es propiamente humano, independientemente de la fecha, y se adentra en el campo todavía oscuro de la psicología humana, mostrándonos con gran alarde de dramatismo e inconfundible deje realista el interior de la persona. Nos habla ante todo y por encima de todo acerca del amor al prójimo, y en su cadencia más latente, del dolor, la pasión, la culpa y la misericordia. Un espíritu de nobleza se alza en el discreto Vania ante el príncipe Valkovski; en el entorno de su reivindicación espiritual, salpicado a su vez por los manotazos de la melancolía, el narrador penetra singularmente en el dolor de cada personaje, que es, a su modo, el dolor de una sociedad enferma que supura por sus llagas el fluido un amor metafísico, un recuerdo ineluctable de las esencias. Acaso una ética olvidada.

“Ella no pedía por necesidad; no estaba abandonada, ni se encontraba expuesta por nadie a merced de la suerte; no se había fugado del poder de crueles opresores, sino de casa de amigos que la querían y la mimaban. No parecía sino que se había propuesto asombrar o asustar a alguien con sus proezas, cual si se las diese de valiente. ¿Ante quién?... Pero algo misterioso se agitaba en su alma. Sí, el anciano tenía razón: estaba ofendida. Su llaga no podía sanar y parecía como si ella misma se complaciese en enconarla con aquel recelo, con aquella desconfianza a todo el mundo; dijérase que gozaba con su mal, con aquel dolor egoísta, si se me permite la expresión” (Humillados y ofendidos. Madrid, Santillana Ediciones, 2002, p.393)
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4 comentarios

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Ana C.
admin
19:08 ×

Hola Samuel!

Me encantó el comentario que hiciste sobre esta obra. No he tenido el gusto de leerla pero con la descripción basta para salir a comprarla!
Saludos!
Ana C.

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22:19 ×

Mil gracias, Ana!

Siempre resulta divertido recuperar a los clásicos.

Saludos amistosos.

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Anónimo
admin
04:21 ×

pues yo le tengo una pregunta Samuel. Qué pasa con todos estos textos publicados de su autoria y que no están exentos de plagio? no le llega algo de recelo antes de publicarlos?

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12:02 ×

No mucho. Si no los publicara no los leería nadie y eso es más triste a que me los copien sin citar mi autoría. Lo cual, dicho sea de paso, serviría de poco, pues Google penaliza el contenido duplicado en favor del original; y yo lo escribí primero.

Con todo, yo soy propietario de mis derechos de autor desde el momento en crear la obra, sin necesidad de registrarla (que es más propio de aquello que va a comercializarse, como los libros), y en cualquier momento puedo reclamar mis derechos, bien mediante petición formal a la persona, o en caso de que no lleguemos a un acuerdo, ante un tribunal. Hay pruebas sobradas de que yo soy el autor. De todos modos, no es asunto que me quite el sueño, y si lo que quiere es difundir alguno de mis textos, tiene mi permiso para hacerlo con tal de que cite la fuente.

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