La gacela

Ando solo por la alameda y sorprendo la carrera de una gacela, blanca y juguetona. Ahora que la miro bien, desde detrás del monóculo, es una mujer que parece feliz. Me acerco por curiosidad científica e improviso unas palabras. La gacela se para con un cesto entre las manos y un brillo tímido en los ojos. Seguramente está pensando que soy un zorro a punto de comérsela. Pero me sobrepongo, me echo la mano al monóculo y la observo de arriba abajo. «Señor... señorita, ¿por casualidad ha visto usted una gacela blanca que por aquí corría y se ha ocultado tras esta esquina mientras yo bajaba por la alameda?». La muchacha se ríe entre dientes como las niñas que van al instituto. Parece pura e inocente, las mejillas se le han sonrojado. «Se marchó en aquella dirección», dijo haciendo un gesto de mi época, inclinándose levemente, aunque llevara pantalones. Sorprendido, inquiero con curiosidad: «¿De modo que usted también la ha visto?». Y me responde: «¡Oh, sí, sí! Se marchó por ese lado, vamos, estoy segurísima». Señaló la calle grande del pueblo por la que sólo pasaban paletos y paletas. «Muy bien, jovencita, seguiré tus indicaciones». La joven descubrió, entre mis boscosas barbas, un hombre de mucha más edad que ella, pero aun así quedó impresionada de mis fachas decimonónicas. Sonreía. Es casi seguro que nunca en su vida había visto un hombre con monóculo, bastón y levita ni aún siquiera en televisión.
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