La página fatal

Desdoblarse, por un momento, en las aves que vuelan. Y sucumbir a la grandeza del campo. Pegarle una patada a un tronco. Y guarecerse del cielo que se nubla bajo el techo de los árboles. Sentir que todo se ha esfumado, entorno a una llama que se eleva hacia el cielo. Con los ojos encogidos, pensarse caminando por la calle a la deriva, pronunciando el monólogo del hombre a quien se ha chupado la sangre y extraído los tuétanos. Andar como un perro vagabundo, bajo la lluvia, paseando tus ojos sin vida por los edificios, las caras, las cosas. Sentir el frío en el rostro. Un frío gélido, lacerante, que te hiere en las mejillas. Un silencio tan profundo en el que te pierdes sin remedio. Pensar su nombre, su nombre, su nombre... Que se repite sin tregua. Durante días, semanas, meses. Y que siempre está ahí, cuando te despiertas. Y cuando te duermes. Que tan pronto como dejas de hacer una cosa vuelve a aparecérsete. Su voz albina, su mirada perdida en el aire, su sonrisa de melancolía y tragedia, que me dice y se desdice, que no significa ni se inhibe, consumiéndose en vacío.

Despertarte junto a los gatos negros del pensamiento. Y mirar por la ventana, donde el sol te contempla con gesto apático y sigue haciendo su trabajo. Los interrogantes cantan en el aire, mecidos por el bufido de la gramática. Las ventanitas cerradas, invernales, esconden mundos y horrores. Más miradas, más maniquíes de hierro, más títeres de sal, más estatuíllas angustiadas de cera carcomida. Suena entre los edificios el gemido del saxofón, el desvarío poético de un anónimo que humea entre las tablillas de la noche. Sangre, yagas, sinsabores, convertidos en pálpito borracho que divaga por los aires. Que sube a los tejados, donde duermen los deshollinadores, contemplando la ciudad en negro, componiendo sus poemas negros, sus anhelos de ceniza.

Subes por las escaleras al desván. Donde están los trajes deshilachados, los juguetes rotos, el gatito de los ojos verdes. Y te sumerges un instante en el arcano olor a polvo de veinte años de desorden. Entre los entresijos de una familia compleja, llena de escombros, donde apenas mueves una cosa de sitio crees que te van a salpicar las voces de la historia. De los espíritus traspapelados. Y sientes en la cara la brisa de las montañas, sombrías, ibéricas. Contemplas las estrellas creyendo que puedes tocarlas con la mano. Mientras las luces de los hogares te disparan desde enfrente, con su néctar de plata, su calor de fiebre y armonía. Tratando de decirte algo.

Viene el invierno. Los gigantes fieros que pisotean y espachurran el recuerdo. Las tenazas inquebrantables de una lucha intestina. El horror de un momento, que te sorprende cuando descubres a un poeta subido a una farola. Con los ojos perdidos, dando vueltas, como buscando algo. Desde allá arriba, saluda al mundo con desdén, dialoga con los conceptos metafísicos, se sacude el polvo de la podredumbre de los peatones que aún andamos por la calle. Escupiendo versos en la acera. Y me lanza, como Nerón, una cerilla encendida, esperando que todo el mundo va a quemarse y sólo él, subido a su farola, se va a salvar. Quiero cantar bailando sobre las llamas del infierno. Vete a la mierda. Y aún lo dice riendo, el muy borracho.

La calle se ha vuelto gris como un túnel que no se termina. Donde de vez en cuando aparecen transeúntes sumergidos en sus abrigos de charol. Me asaetean los pensamientos de un francotirador esquizofrénico apostado tras la ventana de un séptimo piso. Trato de ocultarme, pero es inútil. Me alcanza su estocada sin música. Fluye el monólogo del viento, los pies que caminan interminables sobre la nada, la sombra que se pierde en el blanco de una luz inmarcesible, los violines y los ruidos de la vida, que poco a poco se pierden, se acaban, mientras caminas desapareciendo en el reverso de la página, cayéndote del libro. Cuando todo se ha terminado, todavía están tus pensamientos. Y alguien más.
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2 comentarios

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M.Flores
admin
14:25 ×

Brillante texto, de veras, lo leí tres veces, es de un desgarro y de una belleza que descarna las entrañas a duro que sea uno. Gracias por escribirlo porque me ha dado la oportunidad de leerlo. Y hoy he crecido un poco a nivel emotivo con esta lectura.
Besos, besazos, amigo.

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17:37 ×

Gracias, M. Flores. Los seres humanos tenemos circunstancias parecidas, sentimientos parecidos y utilizamos palabras parecidas para describirlos, aunque vivamos en mundos diferentes. Cuando leemos algo de otra persona que nos transmite algo, en realidad es porque las imágenes de las que habla las identificamos de algún modo con lo que somos y hemos vivido. Con nuestro universo personal de palabras y cosas.

Me alegra que te haya gustado, pero con respecto a lo que el texto significa para ti... ¡a mí que me registren!

Saludos y besos.

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