La libertad del éxodo: Los diez mandamientos (1956)

Tras el telón rojo, se esconde la epopeya. Cecil B. De Mille, el hombre que llevó al cine la historia sagrada, nos cuenta el éxodo de Israel no como un mero alegato antiesclavista, sino como el nacimiento de una gran nación, temerosa de Dios y con una misión espiritual, que bajo los designios divinos se libra de sus opresores, se compromete con una Ley y va en busca de su Tierra Prometida. Moisés representa la voz del liberalismo moderno enfrentándose al absolutismo orientalista y arbitrario: «El hombre debe ser regido por la Ley; no por la voluntad de otro hombre». Y en ese sencillo axioma, el patriarca hebreo de Los diez mandamientos (1956) nos retrotrae a una época más cercana, en la que las tensiones entre el poder del estado y los derechos individuales se hacen evidentes. «Deja a mi pueblo en libertad», es la orden taxativa del enviado de Dios, en pleno ejercicio del derecho de resistencia y la libertad negativa contra un Ramsés orgulloso y endurecido.

Una superproducción con excelente banda sonora de Bernstein, llena de trompetas y cuernos, en la que se realza la apoteosis de la guerra de los egipcios contra el Dios de Israel. Al principio se diría que se nos cuenta la historia del héroe de un pueblo, o como dicen los incrédulos, su legislador. Más allá de la lujuria y las delicadezas de la corte del gran Seti, el príncipe Moisés se siente atado a los de su sangre, los de su raza, que son los hijos de Abraham. Una patria que aún no se ha formado, porque vive bajo el yugo de la esclavitud de los egipcios y que ni siquiera sabe todavía cómo llamar a su Dios, «el que no tiene nombre». La lucha de Moisés por descubrirse a sí mismo será la búsqueda de sentido a la historia de Israel, que desde el instante de la zarza ardiendo transcurrirá de un modo lineal hacia un fin predestinado. Los hijos de Israel, bajo la ley de Dios y el liderazgo de Moisés, pueden decir que ya son un pueblo. Pero antes del nacimiento de la idea de nación han de experimentar su particular Revolución Americana, que no empezará con el motín del té sino con la mano poderosa de Dios convirtiendo el báculo de Moisés en serpiente y las aguas del Nilo en sangre, y a la postre, con la matanza de los primogénitos egipcios. Una historia nacional que no estuvo exenta de dificultades, pues los hijos de Israel prefirieron en no pocas ocasiones el abrigo de Egipto a las penurias del desierto, pero a duras penas fueron curtiéndose y perfilándose como un pueblo de hombres libres.

Acompañada por la misma voz en off del director, Los diez mandamientos tiene la grandeza de otras grandes producciones, como Ben-Hur (1959) o Rey de reyes (1961), pero posee además esa extraordinaria belleza que parece ligada al drama del pueblo maltratado y errante a quien Dios sin embargo ha escogido entre todos los demás. No es ésta sólo la historia de un hombre, el Charlton Heston republicano y libertador, haciendo aquí el papel de profeta épico atravesando el desierto hasta las faldas del Sinaí. No es tampoco la hilvanación de personajes e historias secundarias: no es la historia de Josué, la joven promesa belicosa y fiel que sigue los pasos de Moisés; de la atribulada Lidia, sometida sin esperanza a los deseos de los egipcios; de Nefertari, la instigadora del mal retratada como una suerte de Jezabel; del villano Datán, representando al traidor, y en fin, no es la conjunción de un puñado de personajes heroicos bellamente interpretados y declamados. Ésta es en cambio la historia de un pueblo, o más bien, la epopeya de un pueblo. Al modo del Nabuco de Verdi, aquí es el poderoso el que ha de rendirse a la autoridad divina. Yul Bryner, en su papel de hermano y luego Faraón, nos muestra cómo el ansia reprimida de poder acaba revolcándose en el fango de su propia terquedad y aceptando, en el apoteosis bíblico, la grandeza suprema del Dios de los hebreos.

Unos años después de que la Resolución 181 de Naciones Unidas aprobara la partición de Palestina, aquel homenaje al pueblo judío manifiesta el asentamiento de una nación que volvía a construirse. Y una vez más, sustentada en el principio de la libertad del hombre frente al poder terrenal. Como intuyó Lord Acton en sus Ensayos, la historia de la libertad nace y se nutre del legado de aquel pueblo elegido por Dios que, fundado en la religión y no en una autoridad política con poderes divinos, tuvo una historia y una ley, la Torah, que representa su simbólica acta fundacional, su Constitución. Si bien habría mucho que discutir y matizar en la tesis actoniana, subyace en el Israel mosaico no obstante un pesimismo antropológico semejante al de las sociedades complejas y que es fundamento de la civilización judeo-cristiana. La película de De Mille trata de aunarlo: «El hombre debe ser regido por la Ley; no por la voluntad de otro hombre». En Los diez mandamientos, los valores occidentales y los del pueblo judío se unen en una misma y paralela voluntad de ser libres; en la configuración de una misma forma de rechazo del absolutismo y la cimentación del estado sobre unos mismos principios. Dios y no el hombre.
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1 comentarios:

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Anónimo
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