Llamarse Franco

Me llamo Franco, y sabe Dios que lo siento en el alma. Cada vez que alguien menta sin querer al tirano, yo me vuelvo como si una voz me llamase y al instante me doy cuenta de que no es a mí a quien se refieren, aunque jamás imaginé que podía engendrar mi nombre tal retahíla de condenas y desprecios. Para colmo, también me pusieron Francisco de nombre de pila, y mi madre se apellida Bahamonde, y cada vez que el profesor pasa lista y pronuncia mi nombre completo y solemne, oigo un murmullo de risas detrás de mi espalda y el que no se pone firmes extiende el brazo derecho o tararea el “cara al sol” en tono sarcástico. Hay profesor que, al identificarme y comprobar mis malas fachas, trata de contenerse la risa y otro al que parecen venirle multitud de interrogantes sobre mi familia e ideología, pero que por prudencia se contiene, aunque me observa de hito en hito con latente desconfianza.

A la verdad, yo le explico a todo el mundo que no hay nada de qué extrañarse. Mi padre es un humilde Juan Franco que trabaja en una tienda de disfraces y mi madre una tal Claudia Bahamonde a la que desde muy pronto le salió la vocación de funcionaria del Ayuntamiento. Ninguno de los dos es sospechoso de atentar contra nuestra Constitución, pues cuentan que sus padres lucharon por la República, aunque ellos apenas saben nada de alta política y lo único que entienden es que ahora se vive más tranquilo y su hijo Francisco puede asistir a la escuela pública y hasta postularse a entrar en la universidad como aspirante a médico o abogado, que son las únicas tareas que suenan bien a sus oídos y creen que harían de mí un tipo importante.

¡Pero si ellos supieran lo desgraciada que es la vida del estudiante! Estudio el cuarto curso de secundaria y es entre estas cuatro paredes donde mayor número de analfabetos funcionales he encontrado en mi corta existencia. Como además visto de jersey de cuadros y suelo decir palabras muy cultas que nadie sabe, el destino me ha marcado como el blanco de las bromas. Lejos está de mí la vara de mando que otrora sumergió a nuestros compatriotas en aquel aciago sueño de cuarenta años. Para mí queda el mote de dictador, los avioncitos traicioneros, las imprevistas bajadas de pantalones y todo lo que en vida no pudieron hacerle a ese señor de quien tantas maldades nos han contado. Se dijera que ahora, no encontrando otro en quien descargar la culpa, se vengan en quien lleva su mismo nombre y le toca acarrear con todas las barbaridades que cometió aquel señor tan desagradable. ¡Qué habré hecho yo para llamarme Franco! Y hay que ver cómo me odian, sin haber leído en su vida un mal libro de Historia, y dicen defender la libertad y la democracia de los tipos como yo, que no han hecho nunca mal a nadie, como no sea nacer con este antipático nombrecito.

Lo cierto es que ahora, cuando cumpla los dieciocho, tendré libertad para cambiarme el nombre y poner fin a esta insidiosa ocurrencia. Me pondré acaso Alberto, que me dará aires de hombretón de clase media, o me haré llamar Felipe o Indalecio, que se me antojan apelativos que de ningún modo pueden ofender a nadie ni dan pie a demasiadas burlas. Cualquier cosa antes que seguir siendo Francisco Franco, pues todos me han cogido la manía de llamarme “facha” y “carca”, aunque yo reivindico mi condición de persona dialogante de ideas moderadas, ¡y de centro!. Tal vez así pueda, algún día, sostener una discusión política seria si alguien de mi generación quisiese prestarse a ello. Lo cierto es que, pese al empeño de mis padres en que estudie una carrera que pueda hacer bien al mundo, yo siempre quise ser presidente, gobernar España... ¿sabe? ¿Eh? ¿De qué se ríe usted? No tiene nada que ver con mi nombre, le juro que no hay en mi ADN el más mínimo resto de falangismo. Verá usted, es que yo quiero mandar. Igual que soy el primero de la clase, quiero ser el primero de mi país. Acaso mi nombre me invalide para ello y me pase toda mi trayectoria tratando de sacudirme el sambenito que el destino ha colocado sobre mí. Pero me siento casi en la obligación moral de demostrar que alguien con un nombre tan feo y que pese a la temperatura ambiente camina por el sendero de los chicos responsables, puede ofrecer algo más a España que centralismo y mano dura. Siento en mí el impulso irrefrenable de reconciliarme con el pueblo, de pedir perdón, de organizar una campaña política contra mí mismo, en la que trate de convencer a la gente que yo de Franco no tengo más que el apellido. Y la franqueza, que no es precisamente una virtud de nuestros contemporáneos, y parece más bien uno de esos méritos que lo mismo puede crucificarte que darte una victoria en las urnas.

Si me siguiera llamando de esta manera chistosa, todos creerán antes o después que tengo alguna relación sanguínea con el caudillo, que por algún fortuito azar he resucitado y que trato, en forma de artero demócrata, de quitarles la libertad por la vía constitucional. ¿Cómo diablos podré convencerles de que aquellos tiempos ya pasaron? La sombra de un hombre que yo nunca fui me persigue hasta extremos insospechados. A veces, me despierto en la cama creyéndome que en realidad soy Francisco Franco, digo el dictador, y reconozco que en el fondo el pueblo debe de tener razón. Un tipo como yo tendría que estar lo más lejos posible de la política, no vaya a ser que el nombre acabe enseñándome maneras despóticas de tratar a la gente y avive antiguos recuerdos. Muchos son los hombres tenaces y académicamente preparados que han tenido la suerte de llamarse Rodríguez, Guerra o Sarmiento. Si intentara enfrentarme a ellos, en dos días la prensa me destrozaría: que si Franco esto, que si Franco lo otro, es imposible que los votantes depositaran su papeleta con tranquilidad. Me imagino la escena entre dos colegas: “Oye, ¿y tú a quién le vas a votar?”, “¿Yo? ¡A Franco!”. Y en un futuro, después de haber pasado a la Historia, la gente empiece a decir aquello de “con Franco vivíamos mejor”. ¡Señor, qué repelús! ¿Y por qué ese señor caudillo, que tan gordo me ha caído siempre, ha de destruir mi futuro después de muerto? Lo dicho, en cuanto cumpla los dieciocho, me cambio el apelativo, y si es necesario renegaré de mi árbol genealógico, jurando solemnemente que no hay resto de impureza franquista en mi sangre de apasionado demócrata. ¡Yo soy nieto de republicanos, puñetas! Mañana, mañana seguro que verá la luz una nueva era donde los hombres decidirán llamarse como más les guste, y uno podrá cambiarse los apellidos como quien se muda de pantalones, pues no es cosa de buen gusto llegar a este mundo y en cuanto uno tiene uso de razón enterarse de que se llama igual que un señor tan odiado.

Y qué cosa tan siniestra. Porque al final, cada mañana, cuando me miro en el espejo, trato tímidamente de descubrir en mi rostro las facciones del dictador, y siento un profundo miedo, porque me creo por un momento una suerte de reencarnación suya y que en cualquier momento me va a salir la vena autoritaria y me voy a contemplar con voz de mando y en traje de militar. ¿Habré de llevar conmigo este sambenito el resto de mi vida? Si es lo que yo les digo, que de llamarse Franco a ser franco existe un trecho importante, pero en este ingrato mundo de la política he descubierto que ya no se estilan tan exquisitas precisiones. Uno que ha tenido la desgracia de llamarse con el nombre que no correspondía o de haber llegado demasiado tarde al mundo. Ay, si cuando repartieron los nombres me hubieran preguntado cómo me llamaba.
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4 comentarios

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M.Flores
admin
10:21 ×

Genial, genial, gen.... Me he reído pero también este relato irónico y también engarzado, es para llorar.
Besos.

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capriyunliuz
admin
16:00 ×

jaja pobresillo sin dudas incomodo para el franco frente a la sombra de franco, me ha parecido muy interesante y entretenido :D... abrazos y saludos

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19:19 ×

M. Flores:

La ironía siempre tiene ese punto de tragedia. No quisiera encontrarme en el pellejo del personaje. Aunque, a mi modo de ver, abunda.

Besos.

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19:24 ×

Es una sombra muy larga, querida Capri. Y una etiqueta muy fructífera en las batallas mediáticas españolas.

Besos y abrazos!

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