Cómo tiene que ser un político (según Azorín)

Hace poco más de un siglo, el insigne Azorín nos escribía en su obra El político las virtudes que deberían adornar a nuestros hombres de Estado. «Ha de tener fortaleza, arte en el vestir, no prodigarse...», señala. Y sigue reputándose el alicantino como el maestro que impone su cátedra sobre su dilecto alumno, abundando así en lo relevante como en lo superfluo, recreándose en tallar toda suerte de minuciosas ideas en la tabula rasa del cerebro de sus aprendices. Indagando en el vulgar estereotipo, fijó con extraordinaria belleza literaria a un príncipe maquiavélico del siglo XX, construyendo lentamente así el cuadro infinitesimal de ese hombre prudente que conoce el corazón de las gentes y habla con tino y elegancia, sabe escabullirse en el momento adecuado y ostenta firmeza en el ejercicio de sus humildes funciones patrióticas.

No se sabe si utiliza un tono jocoso o ciertamente considera apropiado tratar a los políticos como chiquillos a los que hay que indicar, por así decir, hasta el color de los zapatos que deben ponerse. Pero al mezclar las cuestiones más absurdas con la inteligencia en un mismo prospecto deja entrever acaso las similitudes entre el estadista y el maniquí. El autor nos pinta al político decimonónico de verbo atinado e infinita compostura; le indica cómo ha de gestionar sus pensamientos, sus relaciones, escabullirse cuando tiene que hacerlo y decir siempre lo que conviene. Le recomienda ante todo que sea culto, sin llegar a la afectación, y sencillo, sanguíneo, lo suficiente cercano a los hombres para conocerlos. A diferencia de los modernos asesores de imagen, Azorín pone cuidado también en el cultivo de la mente del político: le recomienda que lea a los clásicos para aprender a hablar, pero sin procurar una erudición que lo convierta en un estadista relamido y fatigoso. Que sobre todo esté al tanto de las lecturas que puedan serle útiles, como las “biografías, confesiones y libros de historia”, tratando de hallar casos reales de los que pueda aprender para su oficio.

La obra de Azorín, semejante a otras tantas de sus múltiples textos didácticos, posee una extraordinaria belleza descriptiva de la pulcritud y la exactitud que ha de caracterizar al político. El alicantino no duda de hacer referencia a viejos zorros de la historia española, como el duque de Lerma, que tomó el capello cardenalicio para eludir responsabilidades, o si no a aquel don Rodrigo Calderón, marqués de Sieteiglesias, corrupto y segundón que tuvo que pagar el pato, haciendo de su orgullo refrán en la misma horca. Y aunque no alaba su inmoralidad, sí describe y ensalza sus maniobras, sus poses, sus maneras de hacer en una industria que es sobre todo forma y olfato. En la tradición de Plutarco o Maquiavelo, nuestro autor adquiere un tono casi paternal en sus recomendaciones políticas; describe al gobernante por dentro y por fuera, tocando aspectos de su inteligencia social y emocional. Hay en él, como él mismo señala en su correspondencia, el deje doctrinario y didáctico de un Baltasar Gracián, autor del clásico El político, o un Saavedra Fajardo, con su Política y razón de Estado del rey católico don Fernando. Azorín no hace sin embargo un encomio de las virtudes de ningún gobernante, sino que nos propone un manual genérico, universal, de uso común, divulgativo, para los que aspiran a entrar en política y carecen de instrucción.

La obra se editó durante los años del regeneracionismo, en 1908. El alicantino tenía ya una notable experiencia política: había sido cronista parlamentario durante cuatro años y acababa de obtener un escaño en el Parlamento por el Partido Conservador, dirigido por Maura, ese “eminente hombre de Estado”, de quien se podría decir que es el particular Lorenzo II de Médicis a quien va dedicado este libro. A diferencia de lo que sucediera con Maquiavelo, el nexo de unión entre Azorín y Maura no eran tanto las diferencias como una genuina amistad. Para cuando se escribió el libro, el autor de La voluntad ya había superado su viejo ideal anarquista para embeberse en una búsqueda vital desesperada, enfocándose en las pequeñas cosas: la vida personal, la bondad, la cortesía. Ese carácter de hombre tímido y pensativo que lo llevó a los paisajes, a los pueblos, a España, y que ahora se traducía en la afabilidad flemática del diputado. Convaleciente de reuma, Azorín escribió este libro en la quietud de Monóvar, su pueblo natal, de donde absorbe ese estilo pausado, metódico, que caracteriza su discurso.

Fruto de su observación y elegancia natural, esta obra debería ser de obligada lectura en las facultades de ciencias políticas. Porque esas virtudes que ensalza Azorín son intemporales y sólo describen, en realidad, a los hombres sólidos, competentes, responsables y capaces que saben no sólo conducirse en la selva de la política, sino que tienen los arrestos para así también tomar el timón de un pueblo, conocer sus dificultades, sus rémoras, y en definitiva, ostentar su cínico y noble oficio sin perder el contacto con los hombres y las cosas, sabiendo comportarse, encarar con arresto a los enemigos de la nación y tratar con mano hábil los asuntos graves. Una postura que, ya de entrada, se topa con la mediocridad intrínseca de tantos políticos de nuestro siglo, muy lejos de la cotidianidad, la elegancia, la malicia y el metodismo con que el alicantino nos lo explica. Política barata, industrializada, sin alma, que carece de la personalidad tranquila, segura, inteligente, aunque bondadosa, del hombre de Estado de Azorín.
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