To kill a mockingbird (1962)


Es una película tierna, de ambientación gótica, que recuerda a aquellos tiempos que nunca conocimos, cuando los niños eran niños y jugaban en las calles de los pueblos, inventándose historias de miedo y emprendiendo peligrosas aventuras nocturnas. El telón de fondo: el racismo sureño, la política y los asuntos sociales. Pero desde los ojos de Scout (Mary Badham) todo parece más inocente, un mundo demasiado extraño, a veces hostil, que a medida que toca va tornándose un poco más sorprendente. Fue dirigida por Robert Mulligan, un director de televisión empleado en la CBS y muy afín a la corriente del New American Cinema. Basada en la exitosa novela de Nelle Harper Lee, y galardonada nada menos que con el Premio Pulitzer, en la pantalla se nos revela de forma conmovedora con un magistral Gregory Peck interpretando al humilde y heroico abogado de provincias, Atticus Finch.

Más allá del alegato político antirracista, muy en la línea de los años 60, cuando se producía el “gran apartheid” en Sudáfrica, el relato cinematográfico es una estampa estéticamente agradable porque uno casi no puede imaginarse de otra forma, después de verla, a unos niños americanos cuyos terrores y odios infantiles parecen los nuestros, y por eso mismo, atroces, reales, delicados en su sencillez rural. Eran unos tiempos en que las viejas historias de la América profunda convivían con las leyes de la modernidad. La acción se sitúa en la ciudad ficticia de Maycomb, en Alabama, años posteriores a la Gran Depresión. Su oscura decoración refleja un drama singular que, sin embargo, acaba convirtiéndose en un simbólico fragmento de historia americana. Tom Robinson (Brock Peters), un pobre campesino negro del sur, es acusado de violar a una mujer blanca y Atticus, en un acto de poderosa mansedumbre, se atreve a defenderle ante los tribunales con la fuerza de la palabra y el razonamiento.


No es una mera película de juicios, aunque a todas luces pueda verse en toda su crudeza el desarrollo de un proceso judicial. Tampoco debe decirse que deje de lado la belleza sentimental y psicológica de unos personajes por su empeño en transmitir un contenido moralizante trasladado a la pantalla por un alma sensible. Es un bildungsroman, como dicen los alemanes, en el que los personajes, de exquisita sencillez, conservan en su interior la chispa de esa fotografía en blanco y negro de cuando eran niños, terrible y melancólica, con sus juegos de niño emparentados con los asuntos turbios de los adultos. Personajes bien tallados, sureños, pueblerinos, envueltos en una atmósfera de recuerdo, de narración, sentimental, respetuosa, agradecida, por la simpatiquísima Scout, que nos habla desde la edad adulta, recordando a su padre como un valiente, aunque ella no entenda nada.

Por momentos, la fotografía romántica recuerda a La noche del cazador, de Charles Laughton, o al Oliver Twist de David Lean, pero con un toque country mucho más acentuado. Atticus, erigiéndose cual Abraham Lincoln en defensa del inocente, trabaja a la vez de padre viudo y defensor de la verdad: sin estridencias, ni ademanes revolucionarios. Es, ante todo, una película autobiográfica, la de la niña Scout; una historia bien contada, donde todo, hasta la maldad, se observa a través de los ojos de una niña, pequeña, con mirada de curiosidad, que juega en el pueblo con su hermano mayor Jeremy y su amigo Dill, buscando aventurillas por el pueblo y temerosos de encontrarse con el misterioso Boo, un vecino que les causa un pavor irracional, fruto del miedo a lo desconocido que caracteriza a los seres humanos y que todos arrastramos. Se aprecia no obstante esa elegancia infantil de los niños pequeños cuando descubren cosas, que empiezan a palpar la vida racional, aunque nos cuenten una historia cruda, moral, política, para gentes mayores. Mayores que en algún momento, quién sabe, fueron niños.

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