Un gladiador con arco y flechas

La leyenda siempre tiene la ventaja de que permite al cineasta el privilegio de la fantasía. Al contrario que películas tipo peplum de dudoso rigor histórico, el medievo para el cine y la literatura es una época oscura, donde lo mágico y lo terrenal a veces se confunden. Tiempo de caballeros, de damas, de hazañas y espadas largas, y en la Inglaterra del Robin Hood (2010), de arcos y flechas. Rusell Crowe, quien sabe dar la talla de hombre duro, parece todo el tiempo un actor disfrazado, que no consigue penetrar el personaje y en ocasiones parece más un James Bond despistado que un aguerrido arquero desertor. Otras, el eterno gladiador que entiende la lucha como un deporte violento, una oportunidad de lucirse, que siempre hace a desgana pero con un empeño que a veces consigue hacer creer que la guerra es tan sólo un juego para niños un poco mayores.

La película tiene sus puntos de emoción, sus batallas, sus escenas aceleradas, sus ligeros toques de humor forzado para hacer saltar al público de la butaca (en mi caso, sin éxito). Duración larguísima y desproporcionada; guión estándar, anodino, de gente a la que no le importa la mentalidad ni las maneras de la edad media y rellena con ocurrencias comercialotas pretendidamente intemporales: olvídense de la eterna lucha entre normandos y sajones, por lo visto demasiado intelectual para que el espectador común sepa apreciarla en toda su crudeza. No hay sexo explícito, pero sí un mensaje político, muy anglosajón en lo interior, con su referencia a la carta de igualdad de derechos de 1215; muy pacifista en lo exterior, como si la cruzada de Corazón de León fuese obra de viejos neocones. Profundizar más en la comparación sería arriesgado. En nuestro caso, el príncipe Juan tiene que hacer a la fuerza de villano, o cuasi villano. No es un pico de oro, pero da el papel de niñato repelente que ansía jugar con el poder. Un Cómodo, vamos, aunque menos baboso. Nuestra Lady Marian no es la hija intrigante de un Marco Aurelio cansado y viejo, sino una amazona digna de una balada medieval: fuerte, delgada, hermosa, guerrera, una diva (Kate Blanchet) que nada tiene que envidiar al acaramelado perfil de Olivia de Havilland en el Robín de los bosques (1938). Lo que sí que falta es un Basil Rathbone como Dios manda y no ese calvorota francés psicópata digno de una película de 007.

Robin Hood ha pasado a la historia de los buenos revolucionarios, los ladrones románticos y aventureros, que reúnen humildad y nobleza al mismo tiempo, y hacen suspirar a las damas en sus palacios cuando les mentan la historia de los proscritos de Sherwood. Aquí no hay nada de eso; hasta el orondo sheriff de Nottingham es tan sólo una anécdota cutre, no hay torneo de arqueros ni emboscadas divertidas, y el sentimentalismo épico deja lugar a un realismo político y bélico elemental, entremezclado con una de esas tópicas historias de misterio que rodean a un protagonista lleno de preguntas sobre sí mismo. Si hubieran cambiado el nombre de Robin Hood por el de cualquier otro, nadie habría notado la diferencia. Este filme, que aprovecha el nombre de un ladronzuelo filántropo como reclamo, podría haberse llamado de cualquier otra forma y el público habría respondido igual: nos gusta la acción, nos gusta la leyenda histórica y, sobre todo, nos gusta Russell Crowe cabalgando a lomos de un caballo con ánimo de cortar cabezas. El espectador inteligente acaba percibiendo en todo momento la embaucadora jugada de Scott. Nos ha cambiado al héroe de una película de aventuras por el antihéroe de un filme político-bélico. Un Robin Hood indigesto, desmitificado, que no parece el héroe de leyenda que le confiere su grandeza a la Edad Media.

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