Acuarela de Madrid: libros y lluvia

"Y son las gotas: ojos de infinito que miran al infinito blanco que les sirvió de madre". Federico García Lorca.
Nada es lo mismo con las baldosas mojadas, el olor fresco y grato de los álamos manchados de agua, el tintineo delicado de la llovizna anotando sus semicorcheas en nuestro paraguas. Se desata en el aire la fuerza ultraterrena de lo artístico; unos mismos edificios, calles, automóviles y personas adquieren el colorcillo clásico, azulado, sombrío, de la nostalgia. Los rostros parecen más limpios; los ojos, casi siempre abiertos y pensativos, ahora parecen pequeñitos y escrutadores, como si temieran que fuesen a inundárseles de agua las pupilas. Bajo los impermeables negros y amarillos, las gentes andan cabizbajas guareciéndose del tiempo, pero también como si el tiempo se hubiera detenido un instante. Es fácil imaginarse los relojes antiguos en las casas, dando las doce, los madrileños sentados en el sofá escuchando la radio y viendo la lluvia caer por la ventana. Es fácil pensar en miradas cálidas, frentes aplanadas, niños jugando en el suelo con sus mascotas, madres habladoras, la sopa humeante que rebosa de la cacerola.

Allá abajo, en el Paseo de Recoletos, se aprecia la estampa castaña de los libros viejos en las manos secas y blancas de los bohemios transeúntes que los hojean cuidadosamente. Abrigos negros, gente con sombrero y gafas, mujeres extranjeras y rubias con los ojos muy abiertos. Anónimos que pasean y pasan. Adentro, en la oscuridad, los libreros. Intelectuales algunos, otros arteros trotamundos, casi todos han absorbido el airecillo castizo que otorga haber pasado días y meses encerrados entre volúmenes vetustos y polvorientos. Brota música de algunos puestos: clásica, de los años sesenta, algún cantante de jazz. Abundan los ejemplares de Austral, las novelas policíacas de Agatha Christie, Raymond Chandler, Ellery Queen, Patricia Highsmith y otros. Buenas encuadernaciones de clásicos del ensayo filosófico y obras literarias. “Cuanto más viejo, más caro”, dice uno de los dependientes. Se ven ejemplares de la Revista de Occidente, dirigida por Ortega y Gasset, de La Codorniz, y hasta algún ejemplar antiguo del periódico ABC. Obras de coleccionista, a veces escondidas entre otros muchos ejemplares de tapa gruesa y título descolorido. Libros con páginas ajadas, deshechas y pálidas, que al pasarlas casi parece que te vas a quedar con ellas en la mano. En las primeras páginas tenemos el porqué: editado en 1912, 1924, 1932, etcétera, cuando no de fechas algo más antiguas, del siglo XIX, cuyo precio suele ser de infarto, una suerte de tabú para los que sólo contemplamos la exposición y ni se nos pasa por la mente introducirnos en el lujoso vicio del coleccionismo, pasión de historiadores fetichistas y exaltados literatos.

Bajo el aguacero, es imposible que no se escuche en nuestra cabeza el allegro non molto del invierno de Las cuatro estaciones de Vivaldi. Aunque en primavera, al ver tanta gente hojeando y manoseando libros, se diría que algo fuera a ocurrir de pronto, como si se hubiera encendido la llama en el pensamiento de alguien. Llueve ahora más fuerte. Allá arriba, el cielo anubarrado conforma la techumbre imperfecta del paisaje. Huele a tierra mojada, o lo que es lo mismo, a París. Las fuentes y estatuas impertérritas, apagadas, grises, sufren desde hace horas los chubascos. Los árboles agitan sus ramas nerviosos. Los pájaros se esconden. Se diría, en estos momentos, que en alguna buhardilla de Madrid un artista contempla el espectáculo por la ventana, planteándose abordar su gran obra al piano. Un concierto, solitario, que conmemore la grandeza de estas horas inciertas que transcurren en la ciudad mientras la gente sale a caminar con sus paraguas y chubasqueros. Tiempo de apoteosis. Escuchad el ruido. El cielo se derrumba.

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3 comentarios

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M.Flores
admin
19:24 ×

Maravilloso, que bien escrito, qué nostálgico. Describes perfectamente el ambiente de la lluvia, lo viejo y los libros. Lo conozco bien pues voy a Madrid a menudo. Tengo un hijo periodista, ahí instalado. Malos tiempos para la profesión.
Besazos, amigo.

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21:56 ×

Gracias, M. Flores.
Dices bien, son malos tiempos, aunque en el periodismo siempre fueron muchas las aspiraciones, muchos los trabajos y muy escasos los dineros. Es una vida, sin embargo, apasionante.

Besos, pues.

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Ana C.
admin
02:47 ×

Vivaldi... ¡Mi compositor favorito! Muy linda tu descripción. Saludos!
Ana C.

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