La política y los literatos

Hay un vicio en esto de escribir: que el hombre se oculta de los asuntos del mundo, buscando las soledades donde la musa te susurra al oído y nada hay de racional que distraiga su atención. Se forma entonces el tipo peculiar del literato; inconsciente de las cuestiones pragmáticas, los otros códigos ajenos al lenguaje de su íntima locura, el literato olvida que las demás cosas merecen analizarse al candil de la razón y no a partir de la mera apreciación estilística o el capricho de la voluntad.

No ha de jugarse con la política como si fuera cuestión de poses poéticas, de dedos levantados, de frases bonitas, de héroes, de villanos, de patrias que salvar y damiselas en peligro. Eso es, por vida de, retórica sofística de unas lides que tienen más relación con las hojas de números y los anteojos de contable que con la pluma y el verbo del juntaletras. Hay, cierto es, grandes estadistas que han levantado a una nación con la fuerza de su palabra y la excelencia de sus ideas. Pero estos grandes hombres de visión mesiánica, a quienes los intelectuales de rigor han exaltado, si han dejado muchas frases para la posteridad, a veces fueron simple producto de su tiempo y otras una personalidad casada con unos ideales, a veces tan malvados, que muchos hubiéramos preferido a un gobernante un poco menos romántico y revolucionario. Y es que la belleza de las palabras suele coquetear demasiado con la fantasía, hasta el punto de que lo que al pensamiento le parece absurdo y pretencioso a la mente obsesiva del artista pueda parecerle el no va más de los ideales.

Esto es lo que nos han dejado las gentes de la farándula, que me cuesta mucho denominar artistas, y más artistas de culto, como pretenden, pues no se explican, en su vanagloria, que sus obras sean admiradas por tan reducido grupo de personas. Así las cosas, los literatos son los más celosos genios de la adulación, y siempre hay alguno que, habiendo picoteado en muchos ámbitos de la cultura, sin pretender adquirir nunca el más mínimo rasgo de sabiduría, se encarama en lo alto a la búsqueda del favor político o se convierten en plumillas de cámara, biógrafos de la mediocridad y elogiadores de lo que a ninguna persona seria ni graciosa le importa y por eso llaman selecto y vanguardista. Son estos los primeros que ponen el grito en el cielo, los más veloces analistas políticos y sociólogos de andar por casa, los que se quedan a gusto, puñetas, cuando les ponen un micrófono en la boca. Creen que por haber alcanzado fama y hasta cierta autoridad en su arte, todo el mundo ha de escucharles y seguirles cuando se refieren a los asuntos públicos. Insulsos las más de las veces, nos incitan con su enorme verborrea a no permanecer ajenos, a unirse a la causa, pardiez, que es cosa muy noble y nos divierte enfrentarnos a nuestros enemigos.

El arte fue cosa siempre en nuestro país de mecenazgos y obediencias, pues de la pobreza y la desgracia suelen salir los grandes talentos. Así Quevedo se debía a cierto duque de Osuna, y el mismo Cervantes dedicó el Quijote a su valedor el conde de Lemos. Y es que el oficio de escribir nunca fue un negocio como tal, ni siquiera para los buenos y conocidos, lo que ha hecho difícil distinguir las buenas obras de arte de las malas, pues muchas veces hasta que el autor no muere éste no recibe más que el menosprecio de sus contemporáneos. Tras esa eventualidad se refugian muchos ingenios incomprendidos, magos en su propia opinión que han hecho carrera de su insuficiencia. Avispero de pretenciosos y aspirantes, no hay quien en esto de la literatura lleve la batuta de mando ni siente cátedra salvo la inclemente aristocracia de la crítica, dominada también en cada época por los egos y desapegos.

Cuando el arte se comercializa y se masifica, todo se vuelve arte, y los literatos —los buenos y los malos— acaban conformando una pequeña cohorte de aprovechados con mucho que decir sobre todo lo que desconocen. Todos conocemos el mantra: seres poco prácticos, con la cabeza llena de pájaros, nada aportan a la humanidad salvo esas insulsas noveluchas llenas de mentiras. ¡Miradlo, nos ha salido poeta! Y cuando dicen poeta, quieren decir holgazán, aunque en este mundo haya poetas verdaderos y otros que, bajo el ropaje de su asombroso mal gusto, usurpan el nombre de artista para disimular su gangrenoso parasitismo. Los poetas son personas que cuentan hermosas mentiras. Mentiras que componen, sin embargo, la expresión más profunda del espíritu humano y dejan entrever, a su manera, el tono y la manera de un pueblo y una época. Y es que los literatos, pasado el trance de su arte, debieran recuperar el aire clásico del ciudadano, el ilustrado, que lejos de engañar a sus contemporáneos con el recreo de sus fantasías, es ejemplo de discreción e inteligencia. Responsable, como lo es ante su espíritu creativo, del correcto manejo de las hipótesis, los datos y —ay, Dios mío— los números.
Siguiente
« Anterior