Paz en verde

Cuatro doses en el aire: arpegios, záganos y mil cuchicheos. Un árbol grande, roble, de tronco vigoroso, poblado de pájaros cantarines y pelmazos. A sus pies, unos zapatos. Marrones, discretos, polvorosos. Mis zapatos cómodamente cruzados conducen a través de unos vaqueros azules hasta mi compleja persona; dejémosla que piense. En estos momentos, con los ojos cerrados. ¿Observando qué? Ah, nunca se sabe lo que se observa cuando se tienen los ojos cerrados. Menos todavía cuando tu cabeza se apoya sobre la mano derecha y sientes el aliento en tu carne. Los rayos misteriosos del sol trapichean a través de las ramas del árbol. Los gorriones insidiosos vuelan sobre mi pecho, a punto de estrellarse. ¡Desgraciados! La hierba es fina, suave, como una alfombra persa y tersa, pero verde y agradable; aplicando el oído, creo que se escucha un bramido de carne, los gritos de alguien encerrado para siempre en el núcleo, quizás tan sólo el eco de un espíritu lejano... ¡Monsergas! La piel, verde y suave, de la tierra. El pálpito milenario de una madre, que no es madre, sino la alfombra de Alguien.
Discreto, escurridizo, con mil rostros, que a veces asoma con un susurro... Me han dicho que allí estaba y ahora no le ha visto nadie. ¡Señores! Dormir en una alfombra. Sueño de escritores que querían despertarse cada mañana en un planeta diferente. Mañana estaremos en Marte. Que quieren ser personajes de distintas novelas cada vez que se aburren por estos lares. Yo, como alma sin sombra o sombra de alma que pasea entre los paisajes. Alguien se ha dejado puesto el horno. Caballeros andantes, sirenas, ¡unicornios! Pájaros silbantes, ojos morados, turistas inglesas y blancas. Ojos que asaetean a cada paso. Me he sacado una espada del alma y he vuelto a ponérmela porque se me salía la sangre. El jardín verde donde sueña un pájaro dormido; se ha ido a donde los barcos zarpan, donde se oyen los ruidos del puerto, bajo la mar bravía iluminada por el sol que abastece a las aguas de brillos y terrores.
Párpado frío.
Bordes de línea, arrullos de agua, despertares. Deshechos de vida, desgranándose, desvencijándose, confundiéndose con el verde tibio de los alrededores. Sueño de luna, vientre carcomido en la noche morada, que se deshace en las páginas sanguinolentas. El hombre se despierta con un libro en el pecho. ¡Agua en el cielo! ¡Cielo en el agua! Y el aire de las noches, entre retratos infantiles, en las paredes blancas, con la ventana abierta y el corazón que late. Duro como el acero, el rostro de carne se endurece por segundos mientras se piensa. Se piensa a sí mismo, entre desperezos, manejando un sable. Me despierto con sonidos de acero, hace tres siglos, quién sabe dónde, quién sabe por qué, quién sabe hasta cuándo. Manejando un sable. Ahora regreso. Ese perrito de nadie se ha puesto a olisquearme. La prosa me invade.
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