Una distopía freudiana de Aldous Huxley

En Un mundo feliz todo es sexo, placer, aburrimiento. El dolor está prohibido. Es de mal gusto haber tenido madre. Es obsceno, más bien. Las personas nacen -perdón, las personas no nacen, sino que son incubadas en probetas- con un condicionamiento genético que les hace insensibles al devenir de las cosas, a la propia idea de la muerte; son miembros útiles de una sociedad sin alma, sin competencia, sin el anhelo narcisista de posesión. "Todo el mundo pertenece a todo el mundo", repiten inconscientemente, como un catecismo. El soma nos hace olvidar nuestras neurosis, nuestros apegos, nuestro ancestral tendencia hacia el sufrimiento. Ha de ser usted feliz por decreto, cumplir con su papel, una vez derrumbados los cimientos de la vieja civilización occidental, escenificada en la Inglaterra de entreguerras. Constricciones, desgracias, pobreza, gente que se atreve a pensar por sí misma... ¡como si el mundo pudiera soportarlo! Dos mil quinientos años de dolores de cabeza. Ya hemos tenido bastante. En la sociedad de los alfa, los betas, los gammas, los deltas y los epsilones, sueño húmedo de Platón si hubiera conocido los beneficios de la clonación genética, todos cumplen al fin, perfectamente, la función que mantiene a una sociedad unida. La gente no tiene necesidad de superar su condición, de mejorarse, ni tampoco de abandonar la comunidad. Todos son mecánicamente felices, o no saben lo que es la felicidad, que para el caso es lo mismo. ¡Alabado sea Ford! ¡Y Freud! ¡A la mierda Shakespeare!



Huxley se adelantó a Orwell en el sueño de la distopía (publicó la obra en 1932, y Orwell en 1949), aunque hacía ya tiempo que Stalin había desatado su furia sobre los kúlaks y el nacional-socialismo comenzaba a apoderarse del alma alemana. Su obra no es tanto política, sino psicológica y sociológica, aunque sí describe las bases de un totalitarismo consumado. Se trata de la aniquilación de la conflictividad humana. De los sentimientos negativos. De las propias necesidades. Es el reino de la estabilidad ("Identidad, comunidad, estabilidad"), donde se han logrado neutralizar sistemáticamente las emociones, los instintos humanos más bajos, el súmmum de una sociedad estática, cerrada. Los niños son criados en grupo para evitar que desarrollen la individualidad; hombres y mujeres pueden mantener relaciones libremente, bajo la costumbre de no comprometerse nunca con ninguna persona, que es fuente de sufrimiento. Todo es perfecto. Y el Maestro se emociona cuando narra a los principantes las virtudes del sistema. Sólo Bernard Marx manifiesta algo parecido a una idea de disconformidad, de afición al pensamiento libre, a la libertad de elegir lo que no produce placer, reconociendo las virtudes del sufrimiento, de la angustia vital. Representa al Winston Smith orwelliano de esta historia, pero con un airecillo algo menos patético y fracasado. Es un hombre que debería sonreírle a la vida, pero como induce su amante Lenina, algo debió de pasarle en el condicionamiento. Piensa que las cosas deberían ser de otra manera. Las personas no son dueñas de su voluntad. Aunque a él también le parecen repugnantes algunas palabras caducas del Salvaje, ese hombre débil, cristiano, con madre, con sufrimiento, con sentimientos amorosos de los antiguos y lector de los clásicos

Hay un bienestar de la cultura absolutamente indignante. Porque no hay cultura. Las ideas de religión y literatura son cosa del pasado. La imaginación va más allá del mundo práctico, mecánico, de un placer sin poesía, realizado racionalmente. Hemos descubierto, por así decirlo, los misterios del mundo, y ya nada tiene gracia excepto la repetición consciente de lo mismo. Repetidamente felices. Una y otra vez. En un mundo en el que se ha matado al padre para acostarse con la madre, que ya no es madre, sino la humanidad toda. El Salvaje, a quien vencen las miserias de Romeo y Julieta, nos devuelve a esa realidad antigua, antipática, de los remilgos, los deseos reprimidos, la oposición, la afirmación del yo, la voluntad creadora. Vuelta al sufrimiento. Regodearse en lo imposible. Elevar los sentimientos humanos a lo legendario. Ser, a lo Nietzsche y contra Nietzsche, morales y mortales, extremadamente débiles. Pero oponiendo la debilidad a una sociedad solidificada, invariable, aborregada, feliz. Una mortalidad que es fuerza; un sentimiento que distingue a quien lo posee porque es el único capaz de conocer la tristeza y la alegría, el bien y el mal, la voluntad de poder, sufriente, sanguínea, frente a la estandarización de un superhombre, épicamente esclavo, convertido en máquina de placer y satisfecho en su ignorancia, inconsciente de la belleza de lo fugaz, lo trágico, lo humano.
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