Así sonaba la voz de Unamuno y Valle-Inclán

Siempre me he preguntado, lector, cómo eran las voces de los grandes genios de la literatura. De ellos sólo abrigamos una idea dilatada a través de sus escritos y retratos; leemos a Larra, a Galdós, al propio Clarín... pero son sólo sus palabras escritas lo que ha llegado hasta nosotros; sus voces han caído en el olvido porque han muerto todos los que les conocieron. En la voz se esconde, a mi juicio, sin embargo, la más completa esencia del alma; la voz expresa lo más recóndito del ser humano, añade matices a la palabra escrita y denota cierta vinculación con el mundo del espíritu.
Basta si no ver cómo un personaje lugareño, sin experiencia de la vida, embebido en el léxico de los libros que recibe por correo postal o recoge él mismo de la biblioteca, acaba con el paso de los años entresacando de sí mismo una poderosa voz poética, aprendiendo alguna gracia en la dicción, un poco de habilidad en la oratoria, incluso, algún pensamiento digno de interpretar en tono teatral ante una audiencia. Porque la ilustración y la poesía hace hombres, en contenido y forma, a los que habrían sido analfabetos.

Indagando por páginas como A media voz o Palabra Virtual, he escuchado las voces de algunos escritores hispanos del siglo XX que, por su cercanía a los aparatos de grabación sonora, han dejado para la posteridad no sólo sus obras literarias, sus cartas, sus discursos en los ateneos y en los cafés, sus artículos periodísticos, sino también sus producciones sonoras. Dirán que ya conocemos sus voces –la voz inaudible de sus almas– y que ya no necesitamos escuchar al hombre que inventó, por ejemplo, al Augusto Pérez de Niebla, al rector de la Universidad de Salamanca y una de las mentes filosóficas más preclaras que ha tenido España. O que con las Luces de Bohemia y las Sonatas nos basta y ya no tenemos necesidad de ponerle sonido a la imagen quevedesca de ese “eximio escritor y extravagante ciudadano”, más conocido por nosotros como Valle-Inclán. Pero es en sus voces como nos acercamos un poco más al individuo y comprendemos mejor la estampa; imaginamos por un instante esos rostros en blanco y negro, revestidos de un aura de excelsitud e inmortalidad, moviendo castizamente sus labios en una atmósfera antigua, articulando un depurado lenguaje castellano, como interpelándonos a nosotros, desde el otro siglo, desde la otra vida quizás, poniéndole acorde a unos versos que desatan la imaginación. A modo de convidados de piedra, nos recuerdan que hubo un tiempo en España en que los escritores declamaban con solemnidad y orgullo. He aquí su almas:
1. La voz de Miguel de Unamuno. Suena militar, discursiva, académica, exaltada, en su declamación del Dorium, Duero, Dourum, pero con un deje de debilidad sentimental que permite entrever un espíritu inquieto, contradictorio, que sabe algo más de lo que dicta y siente algo más de lo que se deduce de las meras palabras. Pinta imágenes soberbias en cada verso, pero además de imágenes, se diría que reconstruye mundos históricos con la fuerza de su dicho. Es la voz de un hombre al que le duele España (escuchar aquí).
2.La voz de Ramón María del Valle-Inclán. Interpreta aquí su poema El pasajero, con castizas dotes declamatorias, lengua suelta, llena de solemnidad y sentimiento, que a veces declina, como en el último verso, a modo de susurro. Se diría que pinta a un mayestático y recalcado marqués de Bradomín, pero habla de la muerte (escuchar aquí).
He destacado aquí dos que me conmueven particularmente, aunque no dudo que al lector le pique también la curiosidad por escuchar las voces de los poetas del 27, quizás más conocidas, como las de Rafael Alberti, Pablo Neruda, Vicente Aleixandre o el mismo Miguel Hernández, magistrales en su estilo y técnica. La legión de voces literarias que se conservan no nos priva, sin embargo, de lamentar que otras se hayan perdido en el aire de los años; no hablemos ya de sus gestos, ni de su presencia viva, que es cosa que con las décadas y los siglos va convirtiéndose en especulación y hasta leyenda, cuando en su época pudo parecer corriente en el panorama de las letras, o semejante a la de nuestros intelectuales vivos y venerados. Quizás porque aún conservan ese aire conspicuo que les impide ser inmortales. O porque no lo son tanto como aparentan, o porque todavía no cesan de escucharse sus voces en tertulias y columnas de periódico. No existe hoy casi la posibilidad de desaparecer del mapa; que se pierda algo de nosotros en la sociedad de la información. Aunque, a medida que los escritores se vuelven indudablemente imprescindibles, como Mario Vargas Llosa, es como si nos interpelaran ya desde las páginas de la literatura estando vivos. El mundo enmudece cuando hablan los escritores viejos.
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