El grito de la lechuza, de Patricia Highsmith

Los románticos hablaban de la literatura de ficción como un refugio ante las miserias de la vida; nos hacían soñar con mundos imposibles y amores despampanantes que terminaban con una muerte heroica y terrorífica. Incluso Poe, que hizo lo que nadie en el cultivo de la tensión narrativa en sus relatos, nos atosiga una y otra vez con suspiros, lágrimas, sudores fríos y finalísimos desenlaces. Otros, como Zola, vieron en el género de la novela un método para la explicación científica de la realidad social. Pero tanto románticos como naturalistas no han dejado de estimular al ser humano con el acicate de la ilusión poética, obligándonos a penetrar en una atmósfera alternativa, microscópica, que se quiere necesaria para la comprensión del ser humano. En la novela negra del siglo XX no hay comprensión del ser humano que valga; todo es metódicamente repugnante, sin héroes, ni villanos, ni hombres pintorescos y castizos.
Todo transcurre en una nube de alcohol, fiebre, miserias pasionales, coches, pistolas, pornografía, asesinatos, grandes ciudades norteamericanas, hombres violentos y de pocos escrúpulos que matarían a su madre por unos dólares, mujeres mezcladas en asuntos turbios y detectives chulescos y melancólicos con cara de whisky. Es la antítesis de lo poético; lo degradante llevado a la categoría de cotidiano; la exaltación de un morbo sui generis; a su lado, puede que incluso la vida real parezca algo hermoso y hasta divertido.

En El grito de la lechuza, de Patricia Highsmith, nos encontramos una novela que difícilmente puede catalogarse de novela negra, sino a lo sumo de policíaca o de asesinatos. En ocasiones parece, además, algo lenta y demasiado previsible. No es que sean las lágrimas, ni los gritos estridentes, lo que aquí importa, como en tanto relato sentimental; pero tampoco es que se aprecie ese pausado discurrir de los acontecimientos que van enredándose cada vez más y esa apelación a la inseguridad y la decadencia moral de nuestras ciudades. Aunque tiene sus toques de intriga, la vasta psicología de los personajes, el drama amoroso y cierta explicitación de la maldad hacen que esta novela no se parezca en nada al género que cultivaron Raymond Chandler y Dashiell Hammett. Su énfasis narrativo en el misterio tampoco desagrada, sin embargo. Uno desearía, como en las películas de Hitchcock, poder interpelar al personaje, que se saliera un momento de la novela y nos dejara contarle lo que la autora ya nos ha revelado. Y es que no resulta difícil al lector sentirse a veces identificado con los personajes de los que lee, que juzga raros y misteriosos, y en los que le gustaría convertirse aunque sólo fuera por unos momentos para hacerles actuar de otra manera. La novela nos confirma, aunque sin implícito paisaje chandleriano, en nuestro pesimismo antropológico: el hombre, lector, está corrompido. Y es tal el grado de abyección al que puede llegar, que en este drama policíaco no parece en ningún modo forzado, pero tampoco realista; es la constatación de lo vergonzoso, de lo miserable, que está presente, pero no se le ve, y ni el más hábil científico social podría sonsacar ni por asomo con esa rigidez académica en sus juicios. No, es que aquí no se trata de comprender al ser humano, ni de mantener la calma, sino de horrorizarse ante su podredumbre y escupir en el suelo. Seguir arrastrándonos, con resignación, hacia un final que se anuncia desagradable. O ha de continuar para el que sobreviva. Porque en esta novela... hay un asesinato.

La lectura de El grito de la lechuza es ágil y hasta cierto punto apabullante. Los personajes, ingeniosamente trazados, carecen de excesiva profundidad. Todo comienza con un ingeniero aeronáutico bastante extraño, que todos los días, al salir de su trabajo, acude en su coche a una casa apartada en Pennsylvania, se queda sentado al volante y se pasa horas y horas espiando a una muchacha llamada Jenny Thierolf, a la que viene a ver de vez en cuando su novio Greg. Así un día, y otro, y otro. La observa cocinando e irse a acostar, y se marcha a su casa. El velo del absurdo se va desvaneciendo a medida que conocemos un poco más al protagonista, Robert Forrester, sus depresiones, su triste divorcio, el transcurso incomprensible de su existencia decadente. Y una historia que va entretejiéndose hasta convertirse en insidiosa pesadilla, en una de esas desagradables circunstancias en las que todo lo que puede salir mal sale peor todavía de lo esperado. El ser humano se convierte en metáfora de la abyección; incluso la sociedad, con su absurdo culto a las apariencias, acaba antojándose podrida hasta los tuétanos. Demasiada gente que no está bien del cerebro, llena de inquina y de retorcimiento, en unas horas de sufrimiento que sólo pueden terminarse llegando al final de la obra. Aquí la muerte juega un papel determinante, con su signo de mal agüero; aunque Highsmith añade trazados de drama sentimental, incluso pasional (no es tan cruda, insisto, como mi admirado Chandler), no es la fina ironía lo que aquí nos mantendrá despiertos. Tampoco la intriga, que acaba haciéndose previsible, aunque nada sea lo que parece; es el retrato de la maldad humana individual, del rencor y la ignorancia, lo que nos asombrará constantemente. Una obra neurótica, retorcida, que recuerda por su espíritu maniático al diálogo de Extraños en un tren. Particularmente entretenida en su fondo, consigue que a su lado todo parezca, cuando menos, color de rosa.
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