Qué es escribir y qué tiene que ver con la vida

Andan muchos por ahí que se jactan de enseñar a escribir, porque se creen dueños de poderosas técnicas persuasivas u oráculos de alguna mística y universal relación entre el orden de las palabras y los sentimientos humanos. No seré yo quien trate de desenmascarar aquí a estos mercaderes de la pluma. Al fin y al cabo, los libros siempre han sido una suerte de negocio para el que los escribe y el que los promociona; los públicos son devoradores de las modas que se les imponen; la imaginación convenientemente encuadernada, y provista en pequeñas dosis, suele levantar grandes grupos de fanáticos, que se adhieren a un género o corriente literaria que al cabo termina siendo el mero producto de consumo prefabricado a la sazón para satisfacer una sed comercial. Escribir, como bien saben nuestros lectores -incluso si a veces matamos el tiempo con estas novelas de entretenimiento- es una tarea mucho más compleja que hilar personajes y acontecimientos. Es una exploración del espíritu humano.



Tan compleja y profunda como es la persona, tanto así se revela su voz narrativa y la intrincada concatenación de los hechos descritos. Al principio sucede lo que todos decimos; los escritores despreciamos el vil metal, las prebendas de los poderosos, incluso la fama, y como nuestro querer es puramente artístico y nuestro comentario desinteresado, juzgamos mal las críticas y las recomendaciones. Tratamos de encontrarnos a nosotros mismos en la literatura; traspasar nuestras cuitas, que creemos únicas e irrepetibles, a un pedazo de papel. Una vez que lo hemos hecho, sentimos el fugaz alivio del hombre que acabara de salir de la consulta de un psicólogo o de un confesionario (aunque "ningún refugio vale de nada"). Con el tiempo, nos volvemos más sofisticados; nos da vergüenza reconocernos a nosotros mismos en los párrafos tristes. Sabemos que además la chirriante exaltación de las penas superfluas del sentimentalismo molesta y aburre a quien la lee, porque aunque ellos nos comprenden, sabemos que juzgan sus desgracias pasajeras como muy superiores y particulares que las nuestras. Será cosa del narcisismo. Entonces nos revestimos del aura de algún personaje, contamos alguna historia ficticia, nos dirigimos a lugares misteriosos y remotos y expresamos de forma más o menos amorfa el relato onírico e irreconocible de nosotros mismos. Nos refugiamos, de algún modo, en esa expresión distorsionada del hombre interior que es la literatura.

Yo todavía recuerdo cuándo empecé a escribir; me senté ante un cuaderno de anillas y empecé a hacer variaciones sobre una historia policíaca para aprender alemán que escuché en unas cassettes de mi hermana y que ella me traducía. La atmósfera sugerida a través del diálogo de voces para mí incomprensibles fue suficiente para desatar mi imaginación. Yo quería ponerlos rostro, nombres, pasado y desenlace; y hacer que la historia acabase de algún modo, como a mí me parecía. Después de eso recuerdo el relato de un hombre a caballo que recorría un cementerio y encontraba a un par de amigos que le conducían a una posada (nunca llegué a terminarlo). También desapareció con mi viejo ordenador aquel relato. Sobre los doce años, me viene a la memoria que escribí una oración romántica, retórica, con unas preguntas tan trascendentales y equívocas de las que ahora me avergüenzo; aquel fue mi bautizo de fuego. Más tarde escribí un lamento; me venía a la mente la imagen de una ventana abierta, un granero, el campo, una chica del colegio a la que puse el nombre ficticio de Amelia; era un relato en segunda persona, incoherente, como todo en el amor, y más en aquellos años. Después vinieron los artículos, las reflexiones, mis intentos desesperados por recuperar el espíritu pintoresco y crítico de nuestros escritores del XIX. Clarín, para más señas, en sus artículos burlescos y tiránicos sobre literatura y política, fue mi inspiración. Mi estilo ha ido labrándose de historias personales, de lecturas, de aventurillas, de esos momentos oscuros en los que te acercas a una hoja de papel y escribes cosotas muy gordas en las que pones al universo y a la posteridad por audiencia y testigos. En fin, que escribir es un largo proceso donde uno arroja un montón de papelotes a la basura que no le gustan. Sólo con tiempo y un extremo perfeccionismo se logra alcanzar un dardo cínico, un verbo incisivo, una voz poética existencialista y unos símbolos que significan algo en tus paisajes interiores.

Todo es cuestión de imágenes, lector; incluso la voz estimulante de un personaje elocuente puede sugerirnos una personalidad, una presencia, un cuerpo vivo. Los juguetes, las películas y las interpretaciones teatrales nos enseñan esa forma de entender el arte en la que no hay nada superfluo sin que por esto tenga que haber necesariamente nada barroco y sublime; los amigos y los enemigos, y sobre todo, las personas que dejan una huella impresa en nuestros ojos, son las que nutren nuestras identidades, nuestras imágenes, nuestras voces. Recuerdos debidamente concatenados en este galimatías que llamamos existencia. Un caótico discurrir de pensamientos y sueños, tan soberbios o tan rematadamente ridículos como nosotros seamos; el hombre, al construirse a sí mismo, va también puliendo su sentimental palabrería hasta que sólo queda una voz melancólica y reflexiva. El diálogo eterno con las imágenes del mundo. La prosa.

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2 comentarios

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Ana C
admin
17:35 ×

Hola Samuel!!!

Es hermoso lo que narrás con respecto a tu experiencia como escritor. Creo que nos vamos formando a través de todas las pequeñas cosas que nos pasan y que nos llegan desde afuera y desde adentro tal como lo expone Borges.
Un gran saludo!
Ana C.

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17:33 ×

La vida nos hace ser escritores, y ser escritores nos hace vivir. Espero que te vaya muy bien :)

Un beso!

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