Alejandro Dumas, el hombre y sus historias

La vida de Alejandro Dumas podría confundirse con la de cualquiera de sus novelas. Viajó a Suiza, Bélgica, España, Argelia, a la Rusia imperial, a la Italia de Garibaldi y a Tierra Santa. Escribió tres centenares de obras, entre novelas, libros de viajes y obras de teatro, y no pocos artículos. En el clímax de su erudición, hizo hasta un Diccionario de cocina. Tuvo amantes e hijos ilegítimos por doquier. Fue un hombre grande y orondo, de pelo rizado, que manejaba la espada como un demonio. Fundó varios periódicos que acabaron en bancarrota. Se hizo construir un castillo al que puso por nombre Montecristo. Perseguido por sus acreedores, acusado por uno de sus propios “ayudantes” de haberse enriquecido a costa de él, llevó un tren de vida más o menos romántico. Poco antes de que las tropas prusianas entraran en el pueblo de Puys, donde él estaba, Alejandro Dumas, viejo y enfermo, cansado de haber vivido y peleado tanto, a los 68 años de edad, moría de un ataque al corazón.

Hay en los escritos de Dumas una coincidencia que es imposible que pase inadvertida. Si bien es cierto que algunas de sus obras requirieron ayuda, como El conde de Montecristo o Los tres mosqueteros, los personajes, ambientes y peripecias pertenecen a un mismo escenario mental. Dumas era dramaturgo; sus largos diálogos en las novelas eran genial mixtificación de los dos géneros, porque hacía que sus personajes de novela parecieran actores de teatro; no necesitaba eternas descripciones para presentarnos a sus personajes; a lo sumo, nos hablaba de su pasado y después se retiraba a escribir otro libro, dejándoles que hablasen a solas. No de otro modo supo escribir narrativas tan absorbentes y dotar de un extraordinario perfil a sus Montecristo, D’Artagnan, Enrique de Navarra y otros, que le coronaron de éxito. Lo mismo que los personajes, dotados a veces de semejante personalidad romántica, las enrevesadas maneras en que ensaya la trama de su historia, descubren un mundo como el de esa atmósfera entre obsesiva y traviesa de Dumas de ensayar planes y salirse siempre con la suya.

Junto a los planes de Montecristo, nos introduce en la persecución en La reina Margot. Dos nobles, uno católico y otro hugonote, que llegan la misma noche a París, con distintas intenciones, y se alojan en la misma posada, acaban convirtiéndose en enemigos a muerte en la matanza de San Bartolomé. El dinero, la mala fe y el sentido del honor se unen a impagables momentos de desafío caballeresco y retorcidas tretas de los amantes para poder encontrarse. Nada describe mejor una época que las intrigas al amor de la lumbre, los diálogos reales en las cacerías, los desafíos a espada y las reuniones subrepticias de los amantes. Sin duda, para mí, junto a Los tres mosqueteros, la mejor novela del escritor francés.

El drama romántico de Dumas, basado en la historia más conocida o en las vidas reales de antiguos personajes, nos lleva con frecuencia a los siglos XVI y XVII. Su textos revivían la época anterior a la Revolución, aunque también hubiese hecho algunos dramas más contemporáneos. En todo caso, es una idealización de lo pasado que trata de recrear el romántico, desenterrando los viejos usos y valores ajados por las ideas de libertad e igualdad. Dumas, al contrario que Victor Hugo, no es un escritor moral, ni filósofo, sino un hombre de teatro, un ser shakespeariano. El amor, la guerra, la intriga, la traición, el odio y la miseria, embellecidos por el barniz de lo heroico, son la materia prima de sus obras. Entre estas, prevalece ese sedimento creativo de las historias que no se ven enterradas por el polvo de los siglos y siguen cautivándonos aún cuando somos jóvenes. Es el encanto que tienen los dramas románticos. La eternidad de un buen libro de aventuras.
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