Cómo encontrar tu estilo literario

Estilo literario
Al principio, lector, a todos nos pasa que entramos en la adolescencia literaria; no encontramos nuestro estilo; como los chiquillos cuando aún no saben qué ropa es más acorde con su personalidad, experimentamos mil maneras enrevesadas buscando nuestra forma, convirtiéndonos a veces en meros esclavos de las modas. Si lees a Balzac, escribirás como Balzac; si a Gabriel García Márquez, como Gabriel García Márquez; y si a Pedro Antonio de Alarcón, aunque no tenga uno idea de qué es el realismo literario, creeremos que nuestra mano es la suya y pensaremos lo que él pensaba y diremos las cosas como él las diría.

El mundo está lleno de plagiadores de la personalidad que no saben que lo son; aman hasta tal extremo al autor que acaban de leer que su sueño literario se convierte en ser como él; imitan hasta tal punto sus maneras que no se salen de sus temáticas, sus personajes se parecen sospechosamente y, con esfuerzo, si quisieran, podrían convertirse en una mera reedición; pero, en el fondo, lector, no todo es tan malo como lo pintan. Lo llamamos “influencia”, y no hay escritor que haya aprendido a serlo sin haber leído; todos necesitamos una impronta, un maestro, que nos preste su mano mientras la nuestra es todavía torpe y se le escurre la pluma de entre los dedos. Porque un día, sin apenas darnos cuenta, escucharemos una voz audible, singular, en nuestro interior; la nuestra.

Cuando eso ocurre, se dice que se ha sobrepasado la adolescencia literaria para entrar en la juventud. Tenemos un espíritu libre, una voz propia, una manera particular, nuestra, de decir las cosas; entonces, es cuando aprovechamos los paisajes poéticos de nuestro mundo cotidiano; la lluvia, los campos, los pájaros, los tejados, el calor, las manos. Pero no porque nos hayamos convertido en los trovadores de la mañana; antes, son meros elementos auxiliares del gran espectáculo del mundo, el gran tema de nuestro tiempo; nuestro yo. Nuestro sentimiento está en el trono; si esta mañana se ha desperezado y pensó que el mundo era una mierda con la sonrisa en los labios, entonces se sienta y lo escribe; me dará detalles infinitesimales sobre su compleja psicología; que no es esto, que es lo otro, que sí, pero que no; que necesito expresarme y que el mundo se ha detenido, ¡oh, Señor!, para escuchar mi voz. Sí, esa voz. Sabes que te sientes a gusto escribiendo y eres tú y nadie más el que está ahí, hablando desde el papel.

Y con el tiempo, esa voz va trastocándose en pequeñas figuras de barro; al principio, algo inocente, rebelde. Conviertes un sueño en el relato de otro, un personaje que te acabas de inventar, pero que ya no se parece tanto a ti como en tus relatos de antaño; has ido poniéndole un poco de allí y un poco de allá, los múltiples yos que te gustaría ser o que te dan miedo, lo que amas o lo que detestas, en ese hombre, de carne y hueso, de 38 años, con traje gris, que se llama Claudio, trabaja para una editorial y tiene a su padre en la cárcel por un misterioso motivo que su mente nunca nos revela mientras pasea de vuelta a casa mientras llueve, un piso de soltero un poco triste y abandonado. Renuncias a la epopeya, al heroísmo de tus textos primerizos, siempre en primera persona, siempre sobre sentimientos, gozando de esa minúscula llama de individualidad que ha empezado a arder en tu interior. Escoges al ser detallado, complejo, igual que tú en estos momentos cuando lo escribes; ya no eres tan joven; tus sentimientos viven almacenados en un baúl y has aprendido a sacarlos sólo cuando estás en tu habitación; vives en el mundo; tienes responsabilidades; y mientras haces uso de la razón, en tu alma se tejen mil interrogantes que se transforman en sueños surrealistas que tratan de explicar esa realidad extraña; hay como un magma que a veces rebosa de tu cerebro. Sabes que está ahí, amorfo, rojizo, enardecido, temperamental, durmiendo el sueño de la poesía. A veces hace mucho daño; por eso lo escondes.

No puedo más que especular, lector, sobre las demás fases de la escritura; yo mismo estoy en ese proceso. Ir acumulando imágenes en la retina que luego se transformarán a modo de torrente de palabras en un texto más complejo, descargando en el papel esos intrincados interrogantes del alma, en forma de vidas empaquetadas, transmutaciones de uno mismo; en el fondo, esquemas novelados de la realidad con pretensiones científicas: creamos nuestro clon, lo echamos a andar, y dejando que viva en su propia atmósfera, asistimos al espectáculo de su existencia. Sufrimos con él, amamos con él y nos divertimos con él; vivimos sus mismas experiencias, su falta de valor o su arrojo, sus esfuerzos por enfrentar el mundo en el que lo hemos abandonado a su suerte; queremos que nos resuelva las dudas. Y, sin embargo, ese experimento científico, a veces inconsciente, que es la literatura, sólo despierta nuevos interrogantes. Nos anuncia, bajo otras formas, el mismo mundo que ya conocíamos.
Siguiente
« Anterior

1 comentarios:

Click here for comentarios
ana maria
admin
02:05 ×

INERESANTE

Congrats bro ana maria you got PERTAMAX...! hehehehe...
Responder
avatar