El club de los poetas muertos. Poesía en las aulas

Difiero con quienes piensan que El club de los poetas muertos (1989), de Peter Weir, es una obra hermosa. A mí me ha resultado extraordinariamente dura. Y no por sus partes más sentimentalmente palpitantes, como la relación entre Neil y su padre, sino precisamente por su encarnizado elogio del arte, su encumbramiento del estilo, el intríngulis de la película. El señor Keating es un profesor de Literatura inglesa recién llegado que se pasea con una sonrisa en los labios por un colegio elitista de Nueva Inglaterra, como diciendo: “Así no se hace”. Sabréis mucho de matemáticas, de métrica y de zarandajas, pero de literatura no tenéis ni idea. La poesía no se estudia, se siente. La poesía es soltarse, abrir la boca, dejar hablar al espíritu que llevamos dentro, una vez superadas las barreras de la linealidad y la simetría, la timidez y el conformismo. Poesía, queridos lectores, es encontrar lo que llevamos dentro. Arranque de una vez esa estúpida página de su libro.

La historia que nos cuenta el guión es algo parecida a la de Los chicos del coro. Un maestro, en el sentido socrático del término, algo díscolo, que les mete ideas raras en la cabeza a los muchachos. “Carpe diem”. En eso se resume la máxima horaciana del profesor Keating. Pero esta obra es algo más que una reflexión sobre los métodos de enseñanza imperantes, la vocación o la vida. Aquí el problema no es que los alumnos se porten mal o sean problemáticos, sino todo lo contrario; es que son una pandilla de empollones rígidos y esclavizados por sus padres que nunca han dejado salir sus emociones ni han saboreado el veneno del placer que supone, siquiera por un momento, hacer lo que te da la gana.

Como pueden imaginarse, la búsqueda del estilo propio es algo que no cuajaba en los esquemas del colegio. Acción-reacción. Un pequeño fuego puede provocar un gran incendio; es preciso apagarlo cuanto antes. Fahrenheit-451. Disciplina. Contra la disciplina se rebela la voluntad creadora del hombre: niños traviesos que se escapan de noche a la cueva tenebrosa de un bosque romántico a cometer un intolerable pecado: ¡jugar a ser poetas! Como esos poemas antisistema que no tenían cabida en la república de Platón, como esas novelas de caballerías que volvieron loco a Don Quijote, como esas novelas románticas que trastornaban a las mujeres francesas casadas metiéndoles ideales en la cabeza. Un peligro, sin duda alguna. Como ese misterioso club de los poetas muertos.

Y, sin embargo, es en la experimentación, en la búsqueda de uno mismo, donde el artista encuentra su propio yo. El arte no se ha mejorado a sí mismo a lo largo de la historia por la repetición invariable de las tradiciones; había hombres descerebrados, locos como el señor Keating, que ensayaban nuevas cosas, destruían todo lo que no nacía del espíritu artístico, buscaban poesía aquí y allá, y la encontraban. El club de los poetas muertos nos invita a encontrar nuestro yo poético; puede contemplarse, acaso, en la belleza de los paisajes verdes del exterior o en la estrechez de una alcoba, que los muchachos de la escuela están empezando a ver algo más que lo que ven sus ojos, algo con cuerpo y forma, una libertad que se les está escapando. Decía que la película me ha resultado extraordinariamente dura. Porque hacer poesía es despellejarse; no quitarse la ropa, que es una metáfora ya muy sabida, sino arrancarse la piel a tiras. Y sangrar. Hacer poesía es un acto de autoflagelación poética. Una epilepsia voluntaria. Liberarse también es sufrir. Conviene hacerlo. De vez en cuando.


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