El extraño (1946) de Orson Welles

Puede que no sea el mejor trabajo que ha hecho Orson Welles, pero es una película de cine negro. Tiene todo lo que hace grande al género: sombras tenebrosas, perfiles retorcidos, escenas acadabrantes y un poco de humor a lo Edward G. Robinson. En 1946, cuando se rodó, el recuerdo cercano de la guerra, los campos de concentración y el horror del Holocausto convertían la temática nazi en un poderoso pretexto para seguir explotando el expresionismo cinematográfico. Este film era, de algún modo, el símbolo de la psicosis que produjo en los vencedores saber que algunos jerifaltes del Tercer Reich habían huido. Pero, sobre todo, significaba una particular y apoteósica sentencia de Hollywood contra los doctrinarios del nacional-socialismo.

Me gusta el perfil que le ponen a Charles Rankin (Welles) de hombre frío y calculador. Este intelectual respetable y profesor universitario, con bigote y a punto de casarse con la hija de un magistrado de la Corte Suprema, es un tipo obsesionado con la mecánica de los relojes. También juega a las damas, y es asombrosamente eficiente en todo. El tipo de hombre capaz de haber masacrado a miles de judíos en las cámaras de gas. En realidad es alemán y se llama Franz Kindler. Pero ahora vive en un pueblecito de Connecticut llamado Harper, de esos en los que todo el mundo se conoce y la gente cotillea en las reuniones sociales. Kindler lleva una existencia aparentemente normal y nadie sabe nada de su pasado, ni siquiera la mujer con la que va a contraer matrimonio, la increíble Loretta Young. Hasta que un día llega a verle un hombre misterioso, un hombre extraño que acaba de salir de la cárcel.

Como todo en estas películas, hay detalles que tratan de generar ese ambiente cercano de los pueblos misteriosos. El campechano hombre de la tienda, los invitados en casa de los Rankin, los estudiantes jugando en el “bosque”. El reloj de la torre, sobre todo. Bajo estas pinceladas sencillas, que insinúan la idiosincrasia de un lugar, de vez en cuando asoman momentos de tensión narrativa, definidos por la indefensión de los personajes ante alguna circunstancia imprevista. La historia poco a poco va sumergiéndonos en un drama psicológico, plagado de simbolismos, en una atmósfera freudiana muy acorde con la época.

Welles en ningún momento se sintió satisfecho con el acabado. Incluso hubo un pequeño prólogo, filmado en Sudamérica, que la compañía decidió cortar en la edición para hacerla más ágil, aunque se cargó su estructura circular. Después de Ciudadano Kane (1941) y El cuarto mandamiento (1942), para Welles suponía tan sólo la última oportunidad de conseguir congraciarse con el público comercial norteamericano y firmar un contrato con la RKO. No pudo ser. Pero el caso es que, a pesar de no ser tan de Welles como Welles hubiera querido, el filme posee algunos momentos inolvidables, tiene un desarrollo impecable y una escena final legendaria, metafísica, de esas que a uno le darían ganas de ver una y mil veces. En su recato narrativo, esta película nos muestra, amén de una bella estampa costumbrista, el impacto cognitivo de una realidad caprichosamente simbólica. Es la justicia del cine. No hay que darle más vueltas.


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