La religión de Cornelia

A los veintiséis años, Cornelia decidió inventarse una religión. Primero escogió el nombre de su dios, Agrocosa, que sería femenino, sensual y filántropo, como una moderna Venus con tintes judeocristianos. Luego creó una estatua de escayola en el salón de su casa de soltera y la colocó sobre la mesa de la tele, que decidió arrojar violentamente por la ventana. Aquel salón dejaría de recibir visitas porque desde aquel momento sería el templo de Agrocosa y la puerta permanecería oculta tras unas cortinas de seda violeta. Todos los días, a eso de las ocho de la noche, Cornelia entraría al templo idolátrico y se arrodillaría ante la diosa Agrocosa, permaneciendo en esa actitud estática y mística hasta la mañana siguiente.

Al cabo de unos días, Cornelia reparó en que a su nueva religión, el agrocosismo, le faltaba algo. ¿Qué era una religión sin feligreses? ¿Cuál era su libro sagrado? ¿El agrocosismo debía de ser pietista y contemplativo o era necesario introducir los cantos religiosos y una ceremonia mágica en la que se bailase desnudo a la luz de las velas? ¿Cuál sería su cielo, su nirvana, y cuál sería la forma de obtenerlo? Sin duda al agrocosismo aun le faltaban muchas cosas para constituir una verdadera religión que fuese capaz de traspasar el balcón de su casa. Así que se sentó en el sofá, e inspirada por la estupefacta escayola de Agrocosa, escribió en un cuaderno los pormenores de la doctrina del agrocosismo.

Para convertirse en practicante del agrocosismo sería necesario cumplir con una ceremonia iniciática que consistiese en preparar un pastel de chocolate, arrojárselo a la persona que más se amase en mitad de la cara y tirar de las orejas de un guardia de tráfico, haciéndose cargo por supuesto de la correspondiente multa. Una vez pasada la primera prueba de fuego, el aspirante a agrocosista debería venir a su casa y rendir culto personal a la diosa durante ocho horas y treinta cinco minutos. Después debería ir a comprar una televisión y arrojarla por el balcón en presencia de Agrocosa. Cumplido dicho ritual, el agrocosismo contaría con un seguidor más.

Los agrocosistas deberán cumplir fielmente un estricto código moral. Serían fiestas los dos primeros domingos de cada mes... y se adorará a Agrocosa los martes desde las ocho de la mañana a las doce de la noche. Se entonarán cantos védicos, la Bulería de David Bisbal entre medias y al final de la ceremonia el himno del Real Madrid. Por último se leerá el libro sagrado de principio a fin, que sería por ejemplo aquel mismo cuadernillo que Cornelia estaba escribiendo, que se dividiría en capítulos y testículos. Las bodas y entierros se celebrarían en aquel mismo templo de Agrocosa, y sólo podrán casarse los hombres y mujeres mayores de 51 años y morirse tan sólo los que hayan cumplido los 75, después de rellenar un correspondiente impreso modelo 035.

Cornelia se quedó pensativa y se le ocurrió que el cielo y el infierno de aquella religión debían ser algo original, espectacular, divertido, y decidió que los agrocosistas subirían a la Tierra de los Funcionarios, donde todo el mundo tendría trabajo y el dinero nunca se acabaría y pondrían hacérsele al recién llegado toda clase de bromas, humillaciones y perrerías propias de esa noble profesión. Allí vivirían por toda la eternidad saliendo al patio a fumar y cotilleando hasta el infinito de los chismes que aconteciesen a los mortales. Tendrían cámaras instaladas por todo el mundo y en el momento en que les apeteciese podrían utilizar sus poderes mágicos para emitir vídeos comprometedores en todos los canales del mundo en horario de prime time. Cornelia sonrió emocionada, orgullosa de que se le hubiese ocurrido aquella genial idea y pensó que aquel sería el principal atractivo para predicar el agrocosismo. Los que no siguiesen esta religión serían simples ciudadanos de segunda, objeto de las burlas de los funcionarios, condenados a perderse en un laberinto de edificios administrativos y rellenando impresos inútiles, confesando secretos personales, una y otra vez, para que luego se perdiesen accidentalmente y tuviesen que volver a rellenarlos. Una eternidad de nervios, sudor y tensión aguardaría a aquellos pobres diablos que no quisiesen rendir culto a la diosa Agrocosa.

Cornelia terminó de escribir el libro y salió a la calle a predicar la buena nueva. Antes había llamado a sus amigas de la peluquería, que se mostraron muy interesadas por su mensaje y prometieron apresurarse a superar las pruebas para convertirse en agrocosistas. Cornelia visitó todos los edificios administrativos de la ciudad, deteniéndose ante los mostradores, mirando fijamente a los ojos de aquellos hombres deseosos de una eternidad funcionarial, cautivando corazones que se iban tras de ella como imantados. Por fin, cuando llegó el gran día en que todos habían cumplido con los rituales que marcaba el Cuadernillo Sagrado, Cornelia reunió en su salón como tres mil personas con sus respectivos televisores de plasma recién comprados y dio la orden de arrojarlos por la ventana. “¡Por la gloria de Agrocosa!”, exclamaron a una. En la calle sonó un estruendo descomunal, las alarmas de los coches se dispararon y los tres mil agrocosistas, allí todos apretujados y acalorados, se arrodillaron ante la diosa Agrocosa, no sin pegarse muchos pisotones y oler las partes nobles de quienes tenían delante.

Pero Cornelia, que contemplaba orgullosa aquel fervoroso espectáculo, no estaba todavía satisfecha. Hacía falta un enemigo a quien odiar, un demonio cuya acción les sirviese como guía para saber si sus actos estaban siendo los adecuados o por el contrario ofendían a Agrocosa. Así que, una vez acabada la ceremonia, predicó un martes acerca de la existencia de los guardias de tráfico, aquellos seres malvados que cuando iban deprisa con el coche les ponían una multa o no les permitían aparcar en determinados lugares. Cornelia predicó la insumisión contra los guardias de tráfico y dijo en un éxtasis de fervor religioso: “Siempre que un guardia de tráfico os imponga una multa, oh fieles siervos de Agrocosa, significa que vais por buen camino”. A partir de aquel día, cuando veían un semáforo en rojo o escuchaban la sirena de un coche patrulla, apretaban todavía más el acelerador y aparcaban delante de los vados y cruzaban las líneas discontinuas sin el menor pudor. Cuanto más guardias aparecían, más orgullosos se sentían de estar yendo por el buen camino y tomaban la persecución de la policía como señal inequívoca de que sus actos eran buenos a los ojos de Agrocosa.

Cornelia creyó que todavía los siervos de Agrocosa no eran lo suficientemente fervorosos en las ceremonias de los martes. Así que, tras haber predicado contra los guardias de tráfico, dijo que debían atacar también todos los establecimientos de televisión que hubiese en la ciudad y que siempre que el dueño de alguno de esos establecimientos se opusiese debían entender que era la señal de que iban por buen camino y que sus actos eran buenos a los ojos de Agrocosa. Después de destrozar los establecimientos donde se vendían televisiones y otros electrodomésticos, algunos de los más antiguos agrocosistas estimaron que algo no andaba bien. Algunos de los feligreses dijeron que habían visto guardias de tráfico, también agrocosistas, ayudándoles a destrozar los establecimientos de televisión y en aquel momento, creyendo algunos que debían hacer siempre lo contrario de lo que hacían los guardias de tráfico, habían incumplido el mandato de destrozar las televisiones. Cornelia, contrariada, resolvió que no era compatible ser agrocosista y guardia de tráfico al mismo tiempo, como tampoco agrocosista y vender televisiones. Aquellos que lo hubiesen hecho debían ser arrojados por el balcón en presencia de Agrocosa. Los agrocosistas quedaron satisfechos con la sabia respuesta de Cornelia.

Pero con el tiempo, los agrocosistas volvieron a consultar con Cornelia. “Cornelia, algunos de los nuestros tienen dudas acerca de cómo será la Tierra de los funcionarios y cómo podremos ofrecer por televisión vídeos comprometedores de las personas que queramos si ahora nos dedicamos a destrozarlos todos”. Cornelia abrió los ojos y, llena de ira, decretó que se arrojara por el balcón a los responsables de aquel terrible razonamiento, y así lo hicieron. Tras sofocar estos primeros brotes de herejía, Cornelia se sintió satisfecha con la religión que una tarde, a los veintiséis años, decidió fundar en el salón de su casa para matar el aburrimiento.

Pero con el tiempo, los agrocosistas volvieron a reunirse con Cornelia y le dijeron que el movimiento agrocosista había destruido a los guardias de tráfico, que habían desaparecido de la ciudad, y que el señor alcalde también se había hecho agrocosista y que los agrocosistas, al no tener guardias de tráfico que les sirviesen como testimonio de que sus actos eran buenos a los ojos de Agrocosa, sentían que al apretar el acelerador o aparcar sobre la acera estaban haciendo algo prohibido, así que habían dejado de hacerlo. Igualmente, si no podían tirarles de las orejas, como decía el rito iniciático, nadie podía convertirse al agrocosismo. Asimismo, cuando dejó de haber televisiones en la ciudad, los aspirantes a agrocosistas ya no podían arrojar una televisión por la ventana como prueba de buena fe. Los agrocosistas fueron todavía más duros en sus quejas ante Cornelia. “Pronto, el movimiento agrocosista superará las 100.000 personas y no todos cabrán en el templo de Agrocosa, que es tan pequeño como el salón de cualquiera de nuestras casas”. Desde aquel día, Cornelia supo que se estaba fraguando un cisma en el seno del agrocosismo y la herejía se extendía a medida que el movimiento agrocosista triunfaba en la ciudad.

Cuando los televisores dejaron de fabricarse, el número de agrocosistas se detuvo en 100.316 y aquellos serían tan sólo los elegidos que habrían de llegar a la Tierra de los funcionarios. Hubo muchas discusiones aquellos martes. Cornelia dijo: “Debéis comprenderlo. En la Tierra de los funcionarios no hay sitio para todos. Debe haber gente que trabaje y pague tributos para que nosotros seamos funcionarios”. Algunos miembros del movimiento agrocosista, tras un sesudo examen del Cuadernillo, descubrieron que no había nada que prohibiese que se fabricasen y vendiesen televisores de manera controlada con el solo fin de destrozarlos en las ceremonias de iniciación, de manera que elevaron la propuesta a Cornelia, que le pareció la solución idónea. Pero muchos agrocosistas interpretaron que aquello de fabricar televisores era muy peligroso, puesto que tal como Cornelia había predicado debía atacarse tales establecimientos, de manera que nadie se atrevía a vender televisores con fines religiosos. Cornelia se vio obligada entonces a predicar a favor de los televisores, que habrían de ser útiles para cuando estuviésemos en la Tierra de los Funcionarios. Muchos la creyeron, pero a otros les pareció sospechoso que Cornelia, y lo que es peor, la diosa Agrocosa que habla por su boca según los agrocosólogos, hubiese debido de contradecirse a sí misma. Las maquinaciones contra ella se multiplicaban.

Cornelia tuvo todavía que resolver el problema del tráfico, en el que los conductores comenzaron a ponerse nerviosos por la falta de normas de circulación. Cuando corrían, nada pasaba. Cuando aparcaban en sitio prohibido, nada. Los guardias de tráfico desertaron. Ni grúas, ni multas, ni pitidos. Muchos se volvieron locos pensando que la diosa Agrocosa les había abandonado y que, hiciesen lo que hiciesen, no sabrían si iban por el buen o el mal camino. Los miembros que habían propuesto que se volviesen a fabricar televisiones dijeron lo mismo sobre los guardias de tráfico, que el señor alcalde debía elegirlos entre los que aún no hubiesen abrazado el agrocosismo. A Cornelia le pareció buena idea, pero el alcalde no quiso hablar del asunto, pues los guardias de tráfico eran los enemigos de la religión y debía hacerse siempre lo contrario de lo que ellos quisieran, que en este caso era trabajar, y desde que suprimió el cuerpo le habían montado infinidad de manifestaciones, por lo que se sentía muy dichoso de que Agrocosa lo tuviese en tan alta estima.

Cuando Cornelia supo que el alcalde se había negado, decidió predicar a favor de los guardias de tráfico, que también eran funcionarios y merecían más que nadie llegar a la Tierra de los Funcionarios. Muchos se enfadaron con aquel último sermón, que contradecía los principios del agrocosismo y algunos acusaron a Cornelia de falso profeta y hereje. Cornelia ordenó arrojar por el balcón a la disidencia, y el agrocosismo perdió fuerza en la ciudad. Muchos renegaron de su fe, otros fundaron una nueva religión en el salón de sus casas y Cornelia, que había visto cómo sus feligreses la abandonaban y observaban con menosprecio, maldijo a todos aquellos que habían renegado de Agrocosa. Pero ninguno pudo perdonarle, ni siquiera sus amigas de la peluquería, que se atreviera a decir que los guardias de tráfico estarían en la Tierra de los Funcionarios, donde según habían dicho algunos agrocosólogos no habría coches ni carreteras.

Cornelia, herida en su amor propio, se quedó sola en el salón de su casa. Agrocosa la observaba con sorna, como esas vampiresas que miran con menosprecio a las mujeres a las que acaban de arrebatar un marido. Cornelia se fue derecha hacia ella, le largó un indignado sermón, la trató como a uno de esos feligreses a los que tenía en su mano derecha. Al darse de espaldas, Agrocosa habló: “Maldita seas, que has suspendido el culto a Agrocosa”. Cornelia, para quien aquella voz impertinente ya resultó demasiado, cogió la estatua entre las manos, meditó un instante y la dejó caer por el balcón, recordando al Dios de sus padres. Agrocosa se partió en mil pedazos. Cornelia se enjugó una lágrima y se sentó en el sofá. De pronto, un estruendo subía por la escalera. Al instante una turbamulta de guardias de tráfico, vendedores de televisión y agrocosistas renegados derribaron la puerta y se abalanzaron sobre ella, dejándola llena de magulladuras y porrazos. Resultó aquel atentado en que un tribunal acabara expulsándola de aquel infausto pueblo, acusándola de no sé qué acto de blasfemia, en el que ella reincidió una y mil veces más durante el juicio. Desde aquel día, algunas personas siguen celebrando el culto a Agrocosa en la antigua casa de Cornelia, deseando que llegue el ansiado día en que el todo el mundo se hiciera funcionario.
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