Será solo un momento

Mi mujer me está apuntando con un revólver. No sé de dónde diablos ha podido sacar ella un chisme así. Siempre le tuvo miedo a los artilugios mecánicos. Una vez se pilló un dedo con unas alicates intentando partir nueces. No debería tener en las manos ese aparato, podría disparársele y herirse en un pie. Es a mí a quien apunta y su mirada me indica que tiene deseos de matarme. La pobre ha sufrido mucho. Primero fue Lucy, luego Antonieta y ahora Carlota. Las tres veces creí que había conseguido engañarla. Pero ella es muy lista. Siempre ha sido una mujer muy inteligente. La primera vez que la vi, en la boda de su hermano, tenía ya esa expresión melancólica en los ojos y ese color rosado de las mejillas. La verdad es que no sé cómo me enamoré de ella. Nunca me imaginé que hubiese resultado tan absorbente, tan insidiosa. Ella es una mujer muy práctica, nunca me amó del todo, pero aun así quiso casarse conmigo. Desde que nos casamos no dejó un solo día de llamarme a la oficina para saber qué tal me iba. Y yo con mi secretaria sobre las rodillas, ja... Siempre desconfió de mí, esa es la verdad. A veces cuando yo llegaba tarde a casa ella aparentaba estar dormida, pero yo bien sabía que tenía los ojos semiabiertos y la sentía temblar de indignación. Ella debió de oler mi aliento a alcohol aquella noche. Nunca debió abrir aquel paquete. No era para ella. Si es lo que yo le dije; cuanto menos investigues y menos celos tengas, menos sufrirás. Pero ella nunca me hizo caso. No ha sabido acostumbrarse a mí. Los hombres necesitamos un poco de aventuras. Nuestra vida no se limita a llegar a casa y darle un beso a nuestra mujer en la frente, cenar unos huevos pasados por agua y quedarnos dormidos en el sillón. Parece mentira; después de los ratos tan dulces que hemos pasado. Mírala ahí, con qué expresión me mira, mientras me apunta con esa pistola. Estoy seguro de que no apretará el gatillo. Se quedaría viuda y además la escucharían todos los vecinos. Ella no puede arriesgarse a eso; es mucho más inteligente. Desde luego que no he sido un buen marido para ella, pero la verdad es que ella tampoco se ha portado bien. ¡Está tan hermosa con ese jersey blanco y ese pantalón vaquero! No me explico cómo no me he fijado en ella hasta ahora. Parece una verdadera dama, defendiendo su honor frente a las vampiresas que intentan arrebatarle a su marido. Fíjate qué facciones tan duras, qué mirada tan despreciable. ¡Es soberbia! Y cómo le tiemblan las manos... Estoy seguro de que acabará haciendo una tontería. Siempre le ha gustado dar el espectáculo. Si no me ve suplicarle, no es feliz. Será mejor que me arrodille para que pueda dispararme mejor. Un disparo en la nuca será lo menos doloroso. No le daré el privilegio de encasquetarme una bala en el corazón. Eso es algo que un hombre no puede tolerar. Tiene que seguir latiendo de amor por ella, sí, aún después de haberme muerto... la seguiré queriendo. ¿La quiero? Bueno, de eso nunca se puede estar seguro. No hay duda de que es una mujer encantadora. Y encima se ha cargado a las otras tres. Lo ha hecho por mí. Porque me quiere. Lucy primero, apenas le dio a la pobre palomita una oportunidad; Antonieta se resistió algo más, pero la mató como a un conejo, agarrándola de los pelos; y ahora Carlota, mi última secretaria, vilmente asesinada en nuestro dormitorio. Qué mujer tan fuerte. Es lo menos que un hombre puede pedirle a su señora; que sea capaz de matar a sus rivales y obligarle a uno a hacer lo que a ella le dé la gana. La verdad es que se merece que la metan en chirona, no comprendo cómo todavía no han dado con ella. Una mujer así es un peligro para la sociedad. ¡Pero está tan hermosa con su jersey blanco! Mira, me está sonriendo la muy descarada. Creo que va a matarme. Sí, al fin ha decidido dar el último paso. Un hombre como yo, que ha tenido la insensatez de engañarla con tres mujeres distintas, no merece a alguien como ella. Será mejor que me arrodille y le pida clemencia. Así sabrá que soy un hombre que sabe reconocer cuándo ha sido vencido. Espera, le diré antes que la quiero, y así podré irme al otro mundo en paz. Te quiero, nena. No sabes cuánto voy a echarte de menos. Ya sólo falta un momento. Un simple disparo y todo habrá acabado. Cerraré los ojos para no ver cómo la habitación se desvanece. Dicen que es una cosa muy desagradable. Todo se te viene abajo, es como un vahido incontrolable. Venga, mujer, por qué tardas tanto. Sólo tienes que apretar el gatillo. Un simple movimiento con el dedo y todo habrá terminado. Has matado ya a tres mujeres. No hay ninguna diferencia. ¿Será que todavía me quieres? Oh, sí, sí. Estás dudando porque todavía me quieres... No sabes si hacerlo o darme un beso de despedida. ¡Venga, apresúrate, tengo prisa por llegar al otro mundo! Seguro que hay alguien esperándome. Estoy ansioso por ver desde el cielo cómo te echas a llorar sobre mi cuerpo frígido. Sé que estás enamorada de mí. Venga, sólo será un momento. Desgraciada, ¿por qué no disparas? Estás tardando demasiado... Oh, no. Eso ha sido un disparo. Un disparo... ¿Será la policía? Se ha matado. ¡Mi mujer se ha matado! Y me ha dejado aquí, para que cuando abra los ojos descubra horrorizado su cuerpo inerte junto a mí y ella pueda ver desde arriba cómo me echo a llorar sobre su cadáver. Pero no. No lo ha hecho por eso. Ella es mucho más lista. Quiere que me acusen a mí de haberla asesinado. Y del asesinato de Lucy, Antonieta y Carlota. ¡Esta mujer! Cómo ha sabido preparar su coartada, y me ha dejado a mí aquí arrodillado, con esta cara de imbécil, esperando a que la poli venga a detenerme. ¿Sabes lo que te digo? Que no voy a darte ese placer. Acabaremos los dos como Romeo y Julieta, muertos el uno junto al otro, e iré a buscarte al otro mundo, donde te seguiré queriendo y acaso te sea infiel con otras mujeres. Es mi forma de ser, ya me conoces. Allí no podrás matar a nadie, cariño. Bueno, dame la pistola. Acabaré con esto en un santiamén. Un disparo en las sienes y todo habrá terminado. La policía debe de estar al llegar. Debo darme prisa. ¡Suelta la pistola, condenada! Tienes la mano rígida... Deseas que tu dedo moribundo sea el que apriete el gatillo, ¿eh? Siempre has sido muy caprichosa. Pero, ¿sabes una cosa? Que ahora sé que me quieres, pequeña. No han pasado ni dos minutos y ya estás deseando que me vaya al otro mundo contigo. Mujer, si yo hubiera sabido que me querías de ese modo... Pero, ¿cómo un hombre puede enterarse de estas cosas? Moriré sobre tus labios, y cuando cierre los ojos, me reuniré contigo. Acabaré el trabajo. Venga, trae acá esa pistola. ¡Tengo tantas cosas que contarte! Espera. Será sólo un momento.
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