La religión de Miguel de Unamuno: poemas sobre Dios y la eterna lucha entre fe y razón

A don Miguel de Unamuno no le bastaban las demostraciones racionalistas de la existencia de Dios. Ni Santo Tomás de Aquino, ni Descartes le satisficieron; su creencia no era fruto de la lógica, sino del anhelo de eternidad. La razón reclama para su fuero el derecho a formular juicio sobre todo lo que existe, conforme a parámetros científicos; el corazón exige la existencia de Dios porque lo necesita, porque quiere que lo haya, porque clama a Él desde las profundidades del alma, suplicando con fe o sin fe una vida que no se acabe.

No es baladí este deseo del alma de trascender, este hambre de eternidad. En su obra Del sentimiento trágico de la vida, Unamuno nos expone lo absurdo de la realidad ante el hecho evidente de nuestra muerte; de que aunque muramos y la historia nos recuerde, nosotros no estaremos aquí para verlo y disfrutarlo; le sobrecogía la idea de convertirse en nada, de fundirse con la nada. Él pensaba que la ética del hombre consiste en convertirse en pérdida cuando llega la muerte; que la humanidad entera dijese: “ojalá no hubiera muerto este hombre”.

La religión de Unamuno

Unamuno no amaba, sin embargo, el encasillamiento de los dogmas religiosos; le molestaba particularmente el espíritu jesuítico, que traía a la tierra el reino de Dios con sus presunciones de un mundo justo y una teología sobre la propiedad privada. También le preocupaban los misterios impuestos por la religión oficial, que alejan al hombre de la intimidad con Dios, sustrayéndole el derecho a la búsqueda. En su texto Mi religión, Unamuno nos lo describe con temperamento y consistencia:
Y bien, se me dirá, "¿Cuál es tu religión?" Y yo responderé: mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aun a sabiendas de que no he de encontrarlas mientras viva; mi religión es luchar incesante e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche, como dicen que con Él luchó Jacob. No puedo transigir con aquello del Inconocible —o Incognoscible, como escriben los pedantes— ni con aquello otro de "de aquí no pasarás". Rechazo el eterno ignorabimus. Y en todo caso, quiero trepar a lo inaccesible.
Su aspiración era llegar a Dios. Su fe se basaba en el más puro sentimiento filosófico heracliteano: todo cambia. La fugacidad de la vida, la vanidad de las cosas, nos interpela en nuestro diario discurrir. En el hombre, hay una conciencia de la mortalidad que lo sitúa ante un dilema ineludible. Cualquiera que sea su elección, el anhelo de eternidad estará presente.
"¡Todo pasa! Tal es el estribillo de los que han bebido de la fuente de la vida, boca al chorro, de los que han gustado del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal.

¡Ser, ser siempre, ser sin término! ¡Sed de ser; sed de ser más! ¡Hambre de Dios! ¡Sed de amor eternizante y eterno! ¡Ser siempre! ¡Ser Dios!"
Y sin embargo, Unamuno era un hombre de grandes luchas internas; su angustia vital se traducía en esa paradoja entre la razón, que aspira a autodivinizarse, y el corazón, consciente de su propia intrascendencia y necesitado del consuelo del Dios eterno.

La razón y el sentimiento en Unamuno

La lucha interior de Unamuno con su carácter racionalista era salvaje, terrible, desesperada. En su Oración del ateo, Unamuno nos presenta a Dios como idea, idea de la que, sin embargo, cuanto más se aleja el hombre, más siente el dolor de su ausencia.
Oye mi ruego Tú, Dios que no existes,
y en tu nada recoge estas mis quejas,
Tú que a los pobres hombres nunca dejas
sin consuelo de engaño. No resistes

a nuestro ruego y nuestro anhelo vistes.
Cuando Tú de mi mente más te alejas,
más recuerdo las plácidas consejas
con que mi alma endulzóme noches tristes.
Y en él también se refleja el contraste entre ese anhelo de eternidad que hay en el hombre y el apego incontrolable a las cosas de la tierra, del pecado, de la razón, esa que le causa tormento en su fuero interno. Expone en La unión con Dios algo semejante al capítulo siete de la Carta de San Pablo a los Romanos, en la que el hombre hace el mal que no quiere y no el bien que anhela.
Querría, Dios, querer lo que no quiero; fundirme en Ti, perdiendo mi persona, este terrible yo por el que muero y que mi mundo en derredor encona.
En su pensamiento dicen que todo es paradójico, pero la paradoja es una imposición de la metafísica: razón y voluntad se empecinan en una guerra en la que ambas se excluyen y pugnan ser fieles a su lenguaje y a su esencia. Con la razón no se cree, se razona; y con el corazón se cree, aunque por la boca, que es campo neutral y objeto de la discordia, se confiese para salvación.

Unamuno, pensador sui generis

Dicen que Unamuno era medio protestante por su pensamiento, y es cierto que tuvo amistad con John Mackay, discípulo suyo y conocido teólogo, así como con el pastor Atilano Coco fusilado en la Guerra Civil pese a los intentos del bilbaíno por salvarle la vida. Muchos católicos de su época lo acusaron de luterano y Blasco Ibáñez dijo de él: “Usted, Unamuno, con ese aspecto levítico, debe ir a Norteamérica a fundar una religión”. Y sin embargo, Unamuno no era protestante, ni católico, sino todo lo contrario. Un buscador de Cristo que rechazaba las definiciones, los esquemas escolásticos, las vanas apariencias doctrinales. Su respuesta es suficiente para acallar las bocas de los más entendidos:
"Ésos, los que me dirigen esa pregunta, quieren que les dé un dogma, una solución en que pueda descansar el espíritu en su pereza. Y ni esto quieren, sino que buscan poder encasillarme y meterme en uno de los cuadriculados en que colocan a los espíritus, diciendo de mi: es luterano, es calvinista, es católico, es ateo, es racionalista, es místico, o cualquier otro de estos motes, cuyo sentido claro desconocen, pero que les dispensa de pensar más. Y yo no quiero dejarme encasillar, porque yo, Miguel de Unamuno, como cualquier otro hombre que aspire a conciencia plena, soy una especie única".
Y este hombre, indefinible, que concebía a Dios de manera distinta cada vez que lo pensaba, es quizás el que mejor ha vivido en sus palabras la paradójica búsqueda de Dios, abocado a un vacío inerte que se manifiesta en ausencia, pero ausencia de alguien que se considera necesario para las razones del corazón. Esa amada noción de la mente humana que, a pesar de su grandeza, no es capaz de contener la realidad divina a la que alude.
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4 comentarios

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Noa
admin
08:16 ×

Unamuno, me parece un hombre de gran personalidad.

Me encantan éstas personas. Que quieren creen sobretodo cree en sí mismo, desde luego.

Un beso,

Noa

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KATY
admin
21:22 ×

Samuel Juliá,he quedado fascinada con todo el contenido que tienes, es para tener mucho tiempo, lo he puesto en favoritos, por que me ha impactado lo bien que relatas la Religión de Unamuno, yo también estoy en lucha con Dios desde que me levanto. Estoy pasando tragedias con mi esposo, hace un año. Enfermedad rara que no tiene cura... luchar para la medicación que ralentiza... pero al escribirme en privado, aunque me pongo poco, solo por Diana Navarro y en su momento para ayudar a Celia Flores la hija de Marisol/PepaFlores, quería dejarte mi huella. Me ha encantado como has relatado lo de Unamuno, me ayuda en mi interior. Gracias.

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17:21 ×

Pienso muy parecido a este gran hombre y creo que si todos nos sintiéramos respetuosos con los diez mandamientos, el mundo no necesitaría guerras, policías ni jueces y por eso creo en Dios porque si me equivoco no pierdo nada y si acierto , lo gano todo.

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Kayena
admin
14:15 ×

La verdad es que Unamuno revolucionó, en cierta medida, a la sociedad de su época. Pero, lo llamativo es que todos sus desvelos siguen vigentes en la actualidad.

Me ha parecido el tuyo un artículo soberbio, porque has puesto de relieve toda la esencia de este hombre.

Un beso.

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