Don Juan Tenorio frente a la muerte

Suele ser tradición del Día de Todos los Santos que se represente en el teatro el Don Juan Tenorio. Sabemos que es cosa de muertos; quizás porque en estas fechas todos piensan en el mundo de ultratumba y tenemos miedo de que un día se nos aparezca nuestro propio don Gonzalo. Pero nada hay sin duda tan español que este donjuán, que ya no es sólo una manera de ser español un poco harta y bizarra, sino que ha llegado a ser, más si cabe en nuestros días, una manera de ser hombre.

La leyenda de don Juan está en El burlador de Sevilla (1625) de Tirso de Molina, en la ópera Don Giovanni de Mozart, en el Don Juan Tenorio de José de Zorrilla. Pero ha dado pie a numerosas obras en el teatro y otras muchas artes. El Don Juan ou le festin de Pierre, la tragicomedia en cinco actos de Moliere, y Le festin de Pierre, de Thomas Corneille. El Don Juan de Marana, de Alejandro Dumas, y la obra de Antonio de Zamora, El convidado de piedra. La versión satírica de Byron, en la que Don Juan no es un burlador, sino un hombre que se deja seducir fácilmente por las damas. Ahí está si no la erótica de Guillaume Apollinaire, titulada Les exploits d’un jeune Don Juan. También lo encontramos en Bernard Shaw, y una lista interminable de autores desde Pushkin hasta Tolstoi que hicieron también su propio drama del Don Juan.

Don Juan, la muerte y el amor
La obra era en su origen un drama religioso, típicamente barroco, y hablaba de la fugacidad de las cosas y el tardío o temprano juicio que han de enfrentar los hombres por sus actos. Era una obra moralizante, desgarradora, para mostrar a los hombres el final terrible, no obstante apoteósico, del infame burlador. “¡Muy largo me lo fiáis!”, decía él, cuando le amenazaban con el infierno. Llama a todos la atención la idea de ver al hombre carnal, insolente, mayestático, enfrentarse con el poder del inframundo, el fantasma de don Gonzalo, contra el que ya no puede hacer nada ni con la espada ni con el verbo.
Este es poco
para el fuego que buscaste.
Las maravillas de Dios son investigables,
y así quiere que tus culpas pagues;
y si pagas desta suerte,
ésta es justicia de Dios:
"quien tal hace, tal pague".
En esta obra de Tirso, Don Juan se fue a los infiernos diciendo que “no debía honor a doña Ana”. Cuando José de Zorrilla la escribió en 1844, quiso darle un giro romántico en el Acto III a su relación con Doña Inés para salvar al Don Juan. Éste, cuya vida estaba llena de crímenes e infamias, puede aún ser redimido por el amor de doña Inés.
Misterioso es que en comprensión
no cabe de criatura
y sólo en vida más pura
los justos comprenderán
que el amor salvó a don Juan.
Don Juan es un referente de la literatura, pues representa al héroe malvado, al cínico, dotado de todas las virtudes naturales y desprovisto de toda espiritualidad. Es un hombre que defiende su honor de caballero, pero que no respeta el de los demás hombres y menos el de las mujeres. Atrevido, irreverente y galán, el personaje ofrecía muchas posibilidades; más allá de la leyenda, nos sumerge en los miedos del hombre que se cree inmortal por sus cualidades personales y, no obstante, lleva la semilla de la muerte en su alma. Nosotros somos Don Juan; cada escritor le ha caracterizado de un modo u otro según le parecía, pensando tal vez en sí mismo; por eso el Don Juan en los infiernos de Baudelaire, insolente hasta la muerte, afronta el infierno con indiferencia.
Cuando pasó Don Juan las aguas subterráneas
y a Caronte pagó el obligado óbolo,
una sombra mendiga, ojos fieros de Antístenes,
con brazos vengativos empuñó los dos remos.

Mostrándole sus senos pendientes, sus vestidos
abiertos, mujeres agitadas en negro firmamento
como una gran manada de ofrecidas víctimas
con un largo mugido detrás de él arrrastrábanse.

Sganarelle riéndose le reclamaba el pago,
En tanto que Don Luis con un trémulo dedo
mostraba a todo muerto que erraba en la ribera
aquel cínico hijo que burlara sus canas.

Tiritando en su luto, la casta y magra Elvira,
tan cerca de ese pérfido que fuera esposo, amante,
aún le reclamaba la suprema sonrisa
donde brillara, dulce, la promesa lejana.

En su armadura rígido, un gigante de piedra
la nave timoneaba y hendía la onda negra.
Pero el héroe, impávido, apoyado en su estoque,
la estela contemplaba sin dignarse a ver nada.
A pesar de Baudelaire, todos los donjuanes acometen el mismo destino trágico; en el momento más inoportuno, el pecador recibe la visita de un invitado tenebroso.
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