Vida y cuentos de Edgar Allan Poe: la historia de terror de un poeta maldito

No soy, amigo lector, un hombre que se asuste fácilmente con las historias de miedo. Pero confieso que todo es cuestión de buscar la atmósfera adecuada para reproducir esa sensación. Quizás no debiera clasificarse a Edgar Allan Poe como autor de terror, si entendemos el terror como entretenimiento fabricado para una sociedad de consumo; el escritor americano abominaba de todo eso, y en el fondo, cuando escribía para la gente, no hacía sino convertir en literatura los fantasmas de su atormentada vida de artista maldito.

La literatura de Poe se enmarca en los años del romanticismo más boyante. Entonces, estaba de moda que el escritor fuese una suerte de antisistema, panegirista del sentimiento frente a los convencionalismos y a la rigidez del comportamiento decimonónico. El choque entre la apasionada adoración por lo sentimental y la realidad positiva materialista provocaba no pocos suicidios; la vida del romántico transcurría en la más absoluta desesperación.
En Estados Unidos, el movimiento que había trastornado Europa dejó algunos autores relevantes como William Cullen Bryant o James Fenimore Cooper. Pero Edgar Allan Poe viene a ser su exponente más claro.

Edgar Allan Poe, un narrador oscuro

La pasión de Poe por las imágenes necrofílicas es conocida de todos sus lectores. El americano llegó a convertirse en un maestro del romanticismo más negro: la muerte, lo oscuro, lo inesperado, los seres del inframundo, juegan un papel determinante en su obra. No en vano se considera que Poe fue uno de los precursores de la literatura simbolista francesa y la literatura de fantasmas: en él, los esqueletos, las calaveras y las situaciones límite se suceden en un ambiente de sudores fríos, circunstancias sobrenaturales, muertos que se levantan y encuentros con la Parca que han pasado a la Historia de la literatura.

Pero Poe fue algo más que un simple escritor de novelas de miedo. Nacido en 1809 en Boston, la vida de Poe no fue precisamente agradable: perdió a sus padres a corta edad, se dedicó al periodismo y nunca tuvo dinero, llegó a convertirse en un hombre de incontables vicios, incluidas las drogas, y murió con cuarenta años en circunstancias desconocidas. Aborrecido por todos, Baudelaire, su más obsesivo entusiasta y traductor, ensalza su figura en un artículo sobre Poe maldiciendo de los burgueses americanos que no supieron apreciar al artista:
“Hablad de Poe con un americano: confesará acaso su genio, y hasta puede que se muestre orgulloso de él; pero en tono sardónico, superior, que deja traslucir al hombre positivo, os hablará de la vida disoluta del poeta, de su aliento alcoholizado que hubiera ardido con la llama de una vela, sus hábitos de vagabundo. Os dirá que era un ser errante y heteróclito, un planeta desorbitado que rondaba sin cesar desde Baltimore a Nueva York, desde Nueva York a Filadelfia, desde Filadelfia a Boston, desde Boston a Baltimore, desde Baltimore a Richmond”.
Y es que Poe ha sido vilipendiado en numerosas ocasiones al interpretarse su obra en sentido moral, como si no estuviésemos hablando, claramente, no sólo de un hombre perverso (como si en la república de las letras hubiese algún santo), sino de un pobre enfermo. Borges, en un artículo del diario La Nación, nos da la clave:
"Detrás de Poe, (como detrás de Swift, de Carlyle, de Almafuerte) hay una neurosis. Interpretar su obra en función de esa anomalía puede ser abusivo o legítimo. Es abusivo cuando se alega la neurosis para invalidar o negar la obra; es legítimo cuando se busca en la neurosis un medio para entender su génesis".
Poe estuvo viviendo en casa de sus padres adoptivos, los Allan, y su nuevo tutor quiso que estudiara para abogado en la Universidad de Virginia. Como tantos otros artistas, su falta de interés por el estudio y los conflictos con su padre lo condujeron a entregarse al alcohol y al juego. Debido a su mala vida, Poe llegaría a convertirse en un excelente narrador del miedo; eran sus propios fantasmas, sus propios demonios, sus delirios de alcohólico y adicto a las drogas, los que en realidad describía en esos textos que hielan la sangre de los aficionados a la lectura. En su poema El cuervo, probablemente uno de los que mejor reflejan el estado de tensión en el que vivía el poeta y la inevitabilidad del sufrimiento, nos adentra en su mundo oscuro:
Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.
Y es que la cercanía de Poe con el mundo de lo tétrico alcanzaba límites insospechados; expresándose, en su esbeltez terrorífica, en ese símbolo del cuervo. Porque es el símbolo, lector, lo que da miedo; la rareza de que pueda haber, en este mundo complejo y aparentemente azaroso, algunas jugarretas del destino; poesía simbólica de un más allá desconocido, pero que por sus características revela estar muy cerca de los que han tenido esa iniciación en la búsqueda del más elevado sentimiento. Sentimiento que, por cierto, acabaría matándoles.

Edgar Allan Poe: el terror en su obra literaria

La primera vez que uno lee a Poe sabe con lo que va a encontrarse; sabemos que es literatura de terror y que lo lógico es que, subjetivamente, intentemos tener miedo. Pero su obra parece más fruto de cierto regodeo literario en lo lúgubre; hay algo de sensual para Poe en esas apariciones demoníacas; se nota, de algún modo, que es el día a día de Edgar Allan Poe.

Una de las notas habituales en los relatos de Poe es la introducción del narrador, relatándonos algún tema escabroso; es suficiente tal prolegómeno para insinuar al lector que lo que van a contarle es un hecho terrible. Consigue despertar la curiosidad por el resto de la historia. Además, supone a cuenta gotas la propia teoría literaria de Poe, haciéndonos entrever que su terror por la vida, aunque nos cuente una historia, parece traspasarse a la literatura en la descripción de algo negro que se acerca.

Otro elemento singular de su obra son las situaciones límite interminables, los monólogos interiores que describen en primera persona situaciones en las que sabemos que va a pasar algo, y el relator se regodea en detener el tiempo, mostrando con prolijidad de detalles lo que pasa por la mente del desdichado. Casi siempre por un hecho fortuito, relacionado con cualidades misteriosas que afectan a algún hombre, o alguna aparición, o algún hecho inexplicable relacionado con el mundo de los muertos. Poe, en sus bellas descripciones de lo lúgubre que se acerca, alcanza un manejo de la tensión narrativa incomparable al de cualquier otro escritor.

Y otro, sin lugar a dudas su seña de identidad, son los símbolos. En él, los elementos son mensajeros del remodimiento o puertas hacia un más allá más remoto. El gato, el cuervo, los pozos oscuros, la sangre, los pantanos tenebrosos. Todo son proyecciones del alma que construye una realidad plástica a partir de su propia angustia interior; en ella, los cambios elementos externos son signos de lo espiritual, llevando al hombre a cometer instintivamente acciones que no desearía.

Los 10 mejores cuentos de terror de Edgar Allan Poe

Aquí quiero destacar una lista de los 10 cuentos de terror que me han parecido más pertinentes y más me han intrigado. No es una lista exhaustiva y ciertamente se hace difícil una elección imparcial. Servirá para los que aún no conozcan profundamente la obra de Poe, así como para aquellos que, habiendo leído algunos de sus relatos, quieran recordarlo o leer otros que no conocían.


Si alguien quiere más relatos como estos, puede hallarlos en la página web de Ciudad Seva.
Siguiente
« Anterior