Como pájaro triste que canta bajo la luna

Enhoramala dirijo a ti estas palabras sin saber si alguna vez llegarás a leerlas. Tú que alguna vez quisiste y ahora no quieres. Tú que habitas en el limbo de lo desconocido. Tú que eres imagen blanca, estática, sonrisa detenida. Pensar que podrías estar ahí detrás sobrecoge lo mismo que sentir tu ausencia; vagos recuerdos que estrangulan al escritor de pasatiempos, que ya nada quiere ni espera.

Eran tus letras el espejo de un paisaje verde y destemplado; bastaba pensarte para escuchar alrededor la tormenta. Cuando tú salías, las ardillas se ocultaban en los árboles y los topos en sus agujeros. Eras como una lluvia lánguida de suspiros que espiraba como el viento; una mirada triste en el aire que se proyectaba sobre los transeúntes nublados que aún andaban por las calles. Tus ojos trepaban por lo desconocido recorriendo fachadas hasta las chimeneas, mientras el agua emanaba en tromba por los desagües y el parque se llenaba de barro y plastilina.

Sería inútil describir tu gracejo; ese silencio inmortal de alma atribulada, de alma rota, de alma a la que se ha arrancado el alma. Esa mano gélida que se extiende hacia la nada; esos pies que andaban resignados por las baldosas; esa mirada muerta llena de cadáveres. Harta de mundos. Desprovista de sueños para dos. Sueños que se desvanecen y se creen luego imaginados, contrarios a la esencia, que ya solo es hojarasca. Voz con música de violines enardecidos, de calma bruta después de la borrasca eterna de los tiempos.

Sombra de niña que desciendes a los sótanos por la escalera con tan sólo una lumbre; a donde se escuchan los cantos horribles de los muertos; a donde se mueven los objetos amparados por la noche; a donde te han dicho que no fueras. Tienes los ojos muy abiertos al pie de la escalera, con la lámpara en la mano. Sólo tú sabes lo que miras, en tu aventura de muerte, con tus relojes y juguetes rotos. Se te escucha hablando sola en el silencio vulnerable; se adivinan cuchillos largos en las esquinas. Risas negras que se aproximan, mientras te ríes con muñecos que no existen.

No vuelvas el rostro, espejo de la lluvia, eterna luz blanca y frágil. ¿Quién soy yo para decirte nada? Aunque no leas nunca esta carta. Anda libre en tus delirios de muerte; que se haga más grande el bosque de los pájaros misteriosos; que des mil vueltas sobre ti hasta que no sepas dónde te hallas; en tus valles de incertidumbre y sombra. Donde los árboles milenarios tienen brazos, donde los animales hablan por las noches, y cuando crees que estás a punto de salvarte, aparece la Parca entre las malezas.

Serás otra vez alegría en el blanco y vientre de plata. Espejo de historias de charol y comentario feliz entre montañas y tejados. Mano cálida en la inocencia de un minuto, que palpita entre silencios y sonríe sin motivo. Otra vez serás ojos de palabra en los paisajes; bufido de calma y primavera. Pies de osa pensativa que camina entre misterios, constructora de sueños imposibles. Sea en un más allá inesperado, o en este mundo de brujas. Sola, acompañada o en el deshielo de las cosas. En mi cordura o en mi extravío. Con lluvia o sin lluvia. Con mí o sin mí. Serás de nuevo luna. Con hábitos de nieve, con versos en los labios, con color en las mejillas, con ojos chispeantes de luminaria cristalina. Y yo el pájaro triste que navega por tus cielos.

P.D.: la luz ha fenecido en todos esos parajes donde el mundo duerme y hace frío. Por las ventanas, también ellos parecen tener miedo.


                                                             Pájaro.
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