Cafés literarios de Madrid: donde las palabras se convierten en humo y servilletas

Seguramente el lector lo habrá notado. Hay una atmósfera pajiza, vaporosa, en esos cafés madrileños de media tarde donde se escuchan de cuando en cuando, entre silenciosas pausas, ruido de platos y camareros. Las mesas suelen estar a veces en penumbra y la escasa clientela suele componerse de personajes que hablan de metafísica, escriben ideas geniales en servilletas o cuentan a su novia historias terribles.

En otros tiempos, herencia quizás de nuestros mentideros y corrales de comedias, se hizo realidad la costumbre de esas espirituosas reuniones poco recomendables para la gente de bien, los clubes y tertulias, políticas y literarias, un poco pasatiempo de madrileños perezosos y burgueses de provincias, intelectuales de medio pelo y aspirantes a escritores y políticos. Yo también he estado en algunos de esos espacios de sosiego donde la mente humana humea de forma metafórica junto al café negro que se eleva sinuosamente hacia el vacío.

Típicos cafés literarios de Madrid


Hay algunos con renombre y otros que no vacilan en destacar su aire vanguardista adornando las paredes con tomos de libros de plástico. Sin embargo, a mi modo de ver todo café que se encuentre en un recinto de intimidad tiene algo que invita a la creación artística, a la confesión literaria bajo la atmósfera de estampa amarillenta. Mencionaré aquí algunos rincones en los que he estado.

El Café Gijón

Es limpio, rojizo y extremadamente madrileño, con su aire novelesco y los rostros de Francisco Umbral y Camilo José Cela observándonos minuciosamente desde su luctuosa y solemne fotografía. Durante sus primeros años no fue gran cosa, pero ha sobrevivido desde la época de Cánovas y Sagasta, y por sus mesas han pasado hombres ilustres. Inaugurado en 1888, hace poco estuvo a punto de perder su terraza, situada enfrente, en el paseo. Yo he tomado varios refrescos en su interior, a eso de las once, muchas veces vacío de gente, aunque no de historia.

El Comercial

Ubicado en La Glorieta de Bilbao, también decimonónico (de 1887), aunque reformado. En él probablemente se inspiró Camilo José Cela para escribir su obra La colmena y ha sido y es tribuna de otros grandes de la literatura como Antonio Machado. Nunca se prestó la ocasión de ir, pero las veces que pasé por la plaza habré sin duda indagado por sus ventanas de refilón algún momento encomiable en el que bullía algún pensamiento digno de la estancia.

El café de Bellas Artes

Es harto conocido el Café de Bellas Artes, más moderno, de los 80, sito en la calle de Alcalá, donde algunas veces he tomado alguna tónica antes de cenar, en la terraza, contemplando a lo lejos la Puerta del Sol. Rincón de artistas y de simples personalidades que se hacen pasar por artistas, es más íntimo en el interior, ya que el paso de los coches enturbia cualquier pensamiento literario.

El café de Oriente

Tiene también mucho postín el de Oriente, al término de la calle Carlos III, desde el que se puede contemplar el Palacio Real. No solía frecuentarlo, aunque como los otros tiene su colorido y su gracia, sobre todo en las mañanas, cuando la gente desayuna, o cuando es de noche y la ciudad se llena de ese gentío pintoresco y variopinto de cuarentones madrileños, jóvenes de ideas traviesas, millonarios sin escrúpulos, pordioseros sin escrúpulos y turistas de rostro sorprendido con cámara de fotos.

Los que ya no existen


En las calles madrileñas, retrato descompuesto de otras épocas, se echan de menos, sin embargo, el café del Suizo, tantas veces mencionado en las novelas del siglo XIX, donde se dice que se hacían tertulias y se tomaban los conocidos bollos suizos con chocolate (hoy es una sede bancaria, ironías de la Historia). También fue famoso el Fornos, frecuentado por Azorín y Pío Baroja, situado entre las calles de Alcalá y Virgen de los Peligros, hoy sustituido por el Faborit, un café íntimo, juvenil, curioso, en el que he estado algunas tardes que necesitaba relajarme leyendo y tomando café.

Hablaríamos del café del Pombo de Ramón Gómez de la Serna, el de Levante o de la Flor y Nata, pero no es menester tanto estudio. Bastará una taza, una servilleta y un poco de penumbra para sentirse uno escritor. Guardan aún los cafés tan determinado embrujo en su música, en sus ruidos, en sus camareros, en sus cristales, en su atmósfera, su oscuridad, que se vuelven cobijo y templo de la conversación, cabildo de pensamientos nobles e ideas colosales mientras transcurre la vida. En esos momentos, cuando todo aparenta dar un giro, suele suceder en la mesa de un café. Cuando la decisión irrevocable está tomada, lo habitual es pedir la cuenta al camarero. Hasta que volvemos a otro café.
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