La vida en los tejados

Arriba, por la noche, en los tejados, debe de suceder algo. No hay más que echar un ojo a las chimeneas bañadas de sombras, donde es fácil imaginarse que en algún instante, de pronto, van a salir los deshollinadores de Mary Poppins. No hay más que contemplar, por un momento, esa selva de antenas escuálidas y retorcidas, formando la arboladura de un barco anclado en la bahía; aquella es la mesana; la otra, la mayor. Este de aquí es el trinquete. En lugar de navegar sobre el mar, permanecen casi inmóviles bajo sus aguas, zarandeadas por el viento que las atenaza con su bufido. Todo sucede en los tejados por la noche.


Es donde los gatos maúllan cobijados por las formas oscuras, iluminando su derredor tan sólo con sus peligrosos ojos de misterio. Se diría que alguien va moviéndose de teja en teja, y de cuando en cuando, se echa sobre la superficie inclinada a contemplar las estrellas. Luego, investiga en los desvanes buscando comida. Salta por encima de las rejillas. Apoya la cabeza sobre la chimenea para echar un cigarrillo. Vive la noche en el único lugar soportable, el único lugar que te da una panorámica de la ciudad, con sus colmenas, sus luces misteriosas y sus sombríos escondrijos.

Es en los tejados desde donde mejor se ven los fuegos artificiales. También, el lugar más idóneo para tener una pelea con un viejo enemigo, mientras la ciudad duerme. El espíritu pintoresco de la cresta de los edificios le deja a uno la cabeza llena de pensamientos. Allí también es donde se pueden intercambiar confidencias sobre el porvenir. Porque parece que mirando la ciudad desde lo alto es como se tiene una perspectiva más espiritual de las cosas. Dios nos ve de un modo parecido.

Si alguien quiere huir, el tejado es casi siempre la mejor forma de hacerlo sin salir por la puerta. Recuerdo aquella admirable escena de Charlie Chaplin en El Gran Dictador, haciendo títeres en la cornisa con la cabeza metida en un cubo y cargando con los palos de golf de un comandante nazi renegado. También, aquella otra en que Batman, el hombre murciélago, huía de la policía volando de azotea en azotea con su tanque negro. Todos de niños hemos querido alguna vez subirnos al tejado por la noche y permanecer allí durante mucho tiempo.

El tejado siempre huele de otra forma. Allá arriba, se respira el aire fresco mezclado con el olor a cal de un muro descolorido. En ocasiones, nos llegan los efluvios de un mar próximo, las corrientes de aire del este y el oeste, rasgadas por la presencia inmóvil de esas protuberancias de los edificios. Uno imagina siempre ese toldo medio rasgado con el que el vientecillo nocturno se divierte, como preludio de alguna circunstancia. También se escuchan las conversaciones lejanas de los aldeanos, reunidos en sus hogares, a veces, con las ventanas abiertas y las luces encendidas.

Allá arriba, en el tejado, donde todo está en sombras, se adivina la presencia de las cucarachas arrastrando sus patas por las baldosas y el murmullo de alguna que otra cigarra. También, es donde las señoras de la limpieza cuelgan las sábanas que más tardan en secarse. En la terraza de mi casa, había un tendedero fantasmal. Los tejidos blancos y grandes son lo más próximo a un espíritu; y cuando el viento los sacude, ya no queda la más mínima duda. A los niños nos daban mucho miedo aquellas sábanas.

Cuando subimos las escaleras hasta arriba, con intención de rascar la pintura del cielo, nos encontramos en ese escenario de incómodos recovecos. No hay forma de dormir allá por la noche, ya que todo es desproporcionado e imperfecto. En algunas casas, incluso, se han hecho compartimentos para cada uno de los inquilinos. En las noches de verano suben la barbacoa para hacer una comida familiar al borde del precipicio; es lo más parecido a una montaña, la manera más cómoda de sentir que uno no vive en una guarida prehistórica, sino en una colmena, llena de historias, luces y terrores. Alguien duerme a pesar de todo en los tejados. Pero no subáis a buscarle. Seguramente, vague en el silencio de la noche hasta encontrar una chimenea vieja a la que abrazarse.
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