La venganza de don Mendo, de Pedro Muñoz Seca

Lector: es La venganza de don Mendo una obra de capa y espada que caricaturiza nuestra Edad Media, sus nobles, sus vasallos, sus batallas, su vestimenta, sus valores y su retórica, atreviéndose a poner sus manos sobre los principios más sagrados del teatro en verso e introduciendo divertidos y apropiados anacronismos. Escrita por Pedro Muñoz-Seca en 1918, no es una obra que pretenda acercar al espectador medio al castellano antiguo ni a los trajes de época, haciéndole más ameno el acercamiento con cómicos guiños que establecen un diálogo con la modernidad. Su motivación es burlesca, pero tiene un estilo que en nada se parece a las bazofias posmodernas que intentan pasar por simpáticas; a este género de teatro humorístico, que también cultivó con Pedro Pérez Fernández en Los extremeños también se tocan, se ha llamado el astracán.


Don Mendo es una historia donde hasta el último de los personajes aparece satirizado y nada se toma en serio. Ni el amor, ni la honra, ni la fama, ni la lealtad, ni ninguno de cuantos valores se han versificado en el teatro romántico como en las obras de Calderón o Lope&nbsp. Al unísono de todos los dramaturgos clásicos o que han tratado la España histórica, trabaja los tópicos porque es la única forma de caracterizar el carácter de unos hombres cuya alma sólo conocemos por sus libros y sus retratos. Los nobles, la dama, la dueña, el rey, la reina, el trovador, los moros... todos obedecen a la típica idea que cualquier hombre del siglo XX que haya leído los clásicos pueda haberse formado. Nada tendría sentido si concediésemos a esos personajes el beneficio de la duda; todos interpretan un papel, todos mienten y todos encarnan caracteres y conductas que podríamos identificar fácilmente en nuestro siglo. Sólo que ellos son más pintorescos, lo hacen todo con estilo y grandilocuencia y cada palabra que sueltan por sus bocas no tiene otro objeto que ridiculizar al tópico al que representan. Con la salvedad de la historia, que es una comedia trágica genial que no tiene desperdicio, los personajes carecen de la profundidad que se les habría dado en una novela. Son personajes creados de prisa, la primera imagen que nos viniera a la mente en una de esas sobremesas castellanas donde se acostumbra a hacer burla de todas las tradiciones de la patria.

El verso acompaña esa concatenación de episodios tópicos y humorísticos. Es tal la burla que se hace del teatro versificado, como del empeño inefable con que los dramaturgos se esforzaban en encontrar la más adecuada rima, que Muñoz Seca no tiene el menor pudor en trocar alguna letra en las palabras para que rimen, hilvanar rimas consonánticas en un mismo verso hasta lo ridículo e incurrir en una retahíla tras otra de cursilerías y redundancias. Muñoz Seca revienta y estruja a propósito los versos, ridiculiza a los personajes con estrofas que comienzan de forma sublime y acaban, como no queriendo la cosa, del modo más guasón, así como un poeta neófito, observando que no halla una palabra que concuerde, escoge arbitrariamente un adjetivo por acabar el maldito verso de una vez. Muñoz Seca es descarado, castizo, inconveniente, y lo que es mejor, sabe mezclar sus rimas disparatadas con la más fina ironía, echando gala de una campechanía que, así como Don Quijote hirió de muerte las novelas de caballerías, desacraliza la elocuencia y los valores de los clásicos en un tono muy español.

La adaptación al cine de Fernando Fernán Gómez (1961) es quizás la representación que más ha quedado imantada a mi retina, ya que representa a la perfección al hidalgo español; pese a lo fácil que resulta atropellarse en la famosa narración de la partida de las siete y media, su porte mayestático y la musicalidad de su voz le dotan de un aire entre caballeroso y bufonesco que resultan difíciles de superar. Otras versiones cinematográficas son, a mi juicio, menos jocosas, como la que realizó Gustavo Pérez Puig para Estudio 1 (1965) y que protagoniza penosamente Tony Leblanc, con el que por mucho que me esfuerzo no consigo reírme; véase también la que interpreta Manolo Gómez Bur, más cómica que la de Leblanc aunque le faltan maneras de marqués y el tono de su voz resulta excesivamente impostado.

La obra humorística de Muñoz Seca, que tan criticado fue en su época a pesar del éxito que cosechó –o, más bien, precisamente a su éxito–, no es la de un don nadie que, no pudiendo ofrecer al mundo una obra de importancia, malgastara su talento en halagar al pueblo con obrillas satíricas; él hace una parodia legítima. Como español de la vieja escuela, monárquico y católico, había de reivindicar a España con las armas de la ironía más cáustica, que cultivó hasta su trágica muerte en Paracuellos del Jarama. Como nota curiosa, sépase que, además de sembrar un germen teatral que años después derivaría en el teatro del absurdo, también nos dejó una herencia biológica, con nombre y apellidos: don Alfonso Ussía, nieto suyo. Herencia que, así como La venganza de don Mendo arrancó en su tiempo la hilaridad de los españoles, se preocupa de mantener viva una carcajada que ya dura más de noventa años.

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